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El gas de Lito

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Por Gonzalo Perera

Cuando a fines del 2004 Uruguay tomó la decisión de dejar atrás el país de la mitad de niños pobres y la mitad de pobres niños, cuando decidió secar los ríos de lágrimas que inundaban el aeropuerto de Carrasco de familias despidiendo a sus integrantes más jóvenes que se iban a buscar dónde poder vivir, cuando decidió abandonar las frivolidades de tipo “we are fantastic” para enfrentar, y en serio, la inmensa emergencia social en la que estaba sumido, cambios muy profundos comenzaron a gestarse.

Obviamente, no todo lo profundo que uno podría desear, pues siempre en los proyectos humanos hay errores, siempre se encuentran cosas que se debieron hacer con más energía, otras con más cuidado, otras más radicalmente. Pero es absolutamente claro que en un muy breve lapso, de apenas un quinquenio, el Uruguay cambió, y, para cuando a fin del 2009 el país renovó su apuesta a la inclusión frente a la motosierra de Lacalle Herrera, ya no era el de la crisis del 2002.
No lo era objetivamente y no lo era subjetivamente. Porque si hay algo que caracteriza a los procesos de grandes cambios, ya sean negativos o positivos, es su impacto y su vínculo con elementos psicológicos muy profundos de las comunidades. Una sociedad en debacle como la del 2002 se deprime, puede tomar decisiones trágicas, puede ir hacia el “sálvese quien pueda”, o hacia la solidaridad de las huertas vecinales, etc. Lo cierto es que cuando la realidad parece cada día cachetear y fuerte, el ánimo, la autoestima, las emociones de cualquier ser humano al que le toque sufrirla, se afectan. Aunque no más no sea por llegar al punto de levantarse cada día al borde de la resignada angustia. pensando cuál será el nuevo golpe que se recibirá desde la realidad cotidiana. Por el contrario, cuando la sociedad se endereza, se encamina, cuando se empiezan a tener mejores condiciones de vida, de trabajo, de contención y atención, la mayoría de la población se da cuenta que es una persona, que tiene derechos, que no está condenada a sufrir, que puede incluso llegar a disfrutar, aunque sea modestamente, pero disfrutar al fin, de esta compleja aventura llamada vida.
Los cambios valen en sí, por lo que cambian la materialidad objetiva de una sociedad, pero también por lo que significan, por lo que impactan simbólicamente, por cómo actúan sobre la imagen que cada persona, y la sociedad en su conjunto, tiene de sí misma.
En estos días me venía a la memoria un hecho acaecido en el primer gobierno del Frente Amplio, cuya incidencia material, siendo para mí clara, quizás no haya sido espectacular, pero influyó mucho en la autoestima, en los factores anímicos. Me refiero al entonces famoso “asado del Pepe”, cuando mediante gestiones del entonces ministro de Ganadería Agricultura y Pesca José “Pepe” Mujica, algunos cortes de asado se comercializaron en el mercado interno a precios accesibles. No despreciaría su impacto material. Amplios sectores de la población, durante la crisis de “we are fantastic”, sin dejar de comer, se vieron obligados a una dieta muy pobre en proteínas. El acceso popular a una rica fuente de proteínas, con ese precedente, no me parece un detalle a despreciar. Pero, además, el asado en Uruguay tiene connotaciones fuertemente sociales. El asado, sobre todo a nivel popular, es reunión de familia, de amigos, es jugar al truco, mirar o escuchar fútbol, intercambiar cuentos, etc. Es un elemento vinculante, congregante, que hace al vivir en sociedad y en un marco de disfrute. Recuperar esa posibilidad, vaya si impacta sobre la autoestima, sobre el estado de ánimo, sobre las ganas de salir a pelearla todos los días. No basado en ninguna estadística ni dato macroeconómico, sino en la experiencia como vecino de a pie, que empezó a ver que por fin había que hacer cola para comprar carne. Porque esa medida además era parte de un conjunto: se habían aumentado salarios y pensiones por encima de la inflación, el MIDES comenzaba a incluir a las multitudes olvidadas, etc.
Pero, una y otra vez en estos últimos días, esa medida me hizo recordar como algo aparentemente sencillo y puntual puede impactar, no sólo directamente, sino a través de su incidencia en el ánimo colectivo.
Y si en estos días tanto pensé al respecto es porque estuve viendo el otro lado de la realidad, la cara oscura de luna. El mensaje de su vida no importa, nada menos.
Todos sabemos que el Uruguay vive nuevamente una enorme crisis social. Provocada por las políticas neoliberales, potenciada por la pandemia del COVID-19, llevada al paroxismo por la Ley de Urgente Consideración en sus 135 artículos medulares, el Manifiesto Neoliberal Salvaje.
Adicionalmente, en estos días se vive un intenso frente de frío, con temperaturas polares, incluso en zonas bajas, a apenas 50 kilómetros de mi casa. Pero ese último detalle es menor frente a la obvia necesidad de mayor gasto en energía para calefaccionar los hogares y en consumo de alimentos de mayor ingesta calórica/ termodinámica elemental, más allá de toda ideología.
Pero como con el COVID-19, si sobre el fenómeno objetivo debe tomarse la base científicamente constatable, sea la pandemia o la ola de frío polar, la sensibilidad y la opción de clase del gobierno que responde ante ellas, es ideología pura.
No nos pueden escapar, ni a usted ni a mí querido lector, los posibles juegos de roles, del “bueno” y del “malo”. No se nos puede escapar que una figura de un excepcional carisma como el Lito (nadie dudará que es excepcional) pueda asumir para sí el rol del malo que sube un precio para que Azucena no se vea tan envuelta en desidia y desapego; Alvaro pueda hablar de que fue a Canelones a ver si llovía en Las Piedras y Luis…bueno, sobre Luis, si uno ignora que últimamente no habla, que más bien hablan Sanguinetti y Manini Ríos, que no necesariamente lo apoyan, que últimamente parece el presidente más personalista, siendo objetivamente el presidente que conquistó el cargo con menor proporción de votos propios, seguramente tenga un gran…¿apoyo? A propósito, Luis, puede aparecer a último momento como el salvador de la feroz afrenta y restringir el aumento a los ciudadanos que reúnan las condiciones X, Y, Z.
Si así no fuera, habría que pedirle a Luis que caliente su casa y cocine con garrafas de 13 kilos. Y si así fuera, habría que pedirle que, por una vez, imagine la situación del ciudadano de a pie y de a garrafa, que no juegue con angustias populares graves, y que guarde la gran expresividad del rostro del Lito para mejores anuncios, como el fin del Universo.
Si el primer gobierno del FA quedó signado, entre tantas cosas, por el asado del Pepe el último gobierno filo fascista del Uruguay hará historia por el gas del Lito. Para quienes lo quieren relacionar con crisis pasadas, cabe indicar que hay coincidencias y que puede apuntarse a su nombre tanto su singular suerte como su carisma y amplitud.
EL Lito de Luis es un alter ego. Luis sonríe y jopea, Lito todo lo contrario. La política es la misma, tan bilateral como unimodal.
Pase lo que pase con el precio del gas, no hay duda que ni Lito ni Luis lo precisan. Para la gente de a pie, otra es la realidad. De acuerdo a toda encuesta el gas es la fuente energética principal para escapar del frío. Amenazar su precio, es ideología pura.
Todo gobierno tiene sus bemoles y slogans. El “gas del Lito” es una acción de absoluto desprecio a los sectores más populares, de parte de quien con su gesto los engalana.
El gas del Lito, ubica al Lito en su lugar.

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