La fecha del 26 de julio recuerda un hecho histórico fundamental en la historia de Cuba. El sólo hecho de mencionar que lo que en 1953 era el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, luego del triunfo de la Revolución se transformó en el Centro Escolar 26 de julio, es una buena imagen para sintetizar el enorme impacto de aquella fecha en la historia de la isla. Pero siempre se corre el riesgo de perder de vista que ese episodio es un hito universal, que marcó a toda la Humanidad. A título de breve repaso, obviamente no exhaustivo, pasemos revista a algunos ejes temáticos en los que la Revolución marcó al mundo entero.
Por ejemplo, el pasado 18 de julio se cumplieron 104 años del nacimiento de Nelson Mandela. Si la derrota del oprobioso régimen del apartheid en Sudáfrica pasó por décadas de luchas populares y varios desafíos internacionales, entre los cuales quebrar el soporte al régimen brindado por el fatídico eje Reagan-Thatcher, pocos apoyos fueron tan profundos, perseverantes y decisivos como el de Cuba, aislando desde Angola al régimen. Entendamos que toda solidaridad con las causas de los pueblos del mundo es bienvenida. Cuando el apartheid ya se caía a pedazos, hubo grandes festivales de rock y pop contra el régimen en muchos países, los principales grupos del circuito comercial de música internacional expresaron su admiración por Mandela, etc. Pero si todo apoyo a una causa justa se recibe con gusto, no se puede comparar la solidaridad de último minuto, que además vende discos, entradas, transmisiones televisivas, etc., con la solidaridad de larga data del pueblo cubano, que no dudó en llegar a regar la propia sangre. Lo dijo el mismo Mandela, cuando a modo de pregunta retórica, se planteaba a sí mismo que habría sido de su pueblo sin el permanente sostén de la Cuba revolucionaria.
Actualmente, centenares de millones de personas en el mundo, múltiples organismos internacionales, asociaciones, ONG’s diversas, claman por la necesidad de detener y revertir el declive de las condiciones ambientales en nuestro planeta, pues ponen en riesgo la supervivencia humana. Está muy bien que así sea; por supuesto que es saludable que un problema de semejantes dimensiones despierte reacciones en una gran diversidad de comunidades, con sus distintas formas de pensar y tradiciones culturales. Pero vaya si estaba un poco solo Fidel Castro Ruz en 1992, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Río de Janeiro, cuando abrazó la causa ambiental, pero vinculándola en su esencia con la irracionalidad explotadora del sistema capitalista global, legando su frase: “Pagar la deuda ecológica y no la deuda externa, desaparecer el hambre y no el hombre”.
Cuando el mundo entero clamaba por vacunas contra la Covid-19, algunos grandes laboratorios multinacionales comenzaron a ofrecerlas a precios completamente inaccesibles para los países más pobres, generando reacciones de indignación insospechables de comunismo, como la del Papa Francisco. En paralelo, el complejo BioCubaFarma desarrollaba con ciencia y biotecnología largamente cultivadas en la isla, varios complejos vacunales, incluso de distintas vías de asimilación (las variantes de “Soberana”, “Abdala” y “Mambisa”), no sólo para resolver las necesidades del pueblo cubano, sino las de todos los pueblos que las requerían. Esto puede parecer inverosímil, si no se tiene en cuenta el largo recorrido de la solidaridad cubana en materia de salud. Porque los colectivos médicos cubanos (y de especialistas en salud en general), han estado asistiendo a todo país del mundo que vive una catástrofe natural. Tanto, que cuando el huracán “Katrina” asoló las costas de EEUU, allá fue la ayuda solidaria cubana. Y cuando USA enviaba tropas y barcos de guerra al Haití devastado, Cuba mandaba médicos y ayuda humanitaria. Y cuando en Uruguay algunas miradas ya nada veían, la solidaridad cubana y el Hospital de Ojos fueron la respuesta, para las decenas de miles de personas que quedaban fuera del negocio de las grandes clínicas oftalmológicas privadas y afines.
Para un país con larga tradición de asilo político como Uruguay, donde la mayoría nuestros abuelos o bisabuelos llegaron huyendo de la violencia, de la guerra, del hambre o de la persecución, las penumbras de la dictadura nos pusieron, por una vez, del otro lado del problema. Hijas e hijos de esta tierra debieron partir al exilio, porque en ello les iba la vida, ante diversas amenazas. Recalaron en distintas latitudes, pero, particularmente para los que tenían militancia en organizaciones revolucionarias varias, no siempre aunadas en sus visiones estratégicas, una tierra fue particularmente generosa, haciendo que pudieran seguir sus vidas allí: Cuba. La isla fue brazos abiertos para todos los compañeros, en el más amplio sentido del término. A tal punto, que varios militantes uruguayos de hoy, de cuarenta y pico años de edad, crecieron y se educaron en Cuba, y no necesitan que nadie les explique cómo es la solidaridad cubana: gracias a ella son quienes son. E insistimos en su diversidad, que hace más auténtica y profunda la generosidad.
Naturalmente, los seres humanos también precisamos el arte. Por ejemplo, la música, ya sea para calmar nuestras angustias o enojos, liberar nuestras emociones más profundas, bailar nuestras alegrías, disfrutar de nuestros amores. Cuba unió la enorme riqueza de la tradición musical de sus calles, de su folclore, con la formación académica rigurosa y regó música para toda circunstancia y preferencia. Desde la emoción y picardía en la vieja trova santiaguera, a la sutileza y complejidad de la nueva trova, a su fascinante música bailable, a su extraordinariamente talentosa tradición jazzística, etc. Quien no cantó a Compay Segundo o Ibrahim Ferrer, seguro se conmovió con Silvio Rodríguez, o bailó con Juan Formell y Los Van Van, o se deslumbró con Jesús “Chucho” Valdés y su Irakere, ovacionado en los principales templos del jazz del mundo. Para no hablar de la danza, ya sea clásica, folclórica o callejera, de los colores de su pintura, de los versos de sus poetas, de la creatividad de sus novelistas.
Pero, además, la especie humana se cuida, sana y socializa a través del deporte. La Revolución cubana legó no sólo estrellas del deporte en diversas ramas, sino, sobre todo, una población formada y educada en la cultura deportiva, con lo que ello beneficia a la sociedad en todo sentido. Desde el ajedrez al box, desde el béisbol al vóleibol o al atletismo, la cultura deportiva que Cuba ha desarrollado y, como siempre, compartido con el mundo, ha sido una bendición.
Podríamos seguir por páginas, pero es hora quizás de hacerse una pregunta muy simple: ¿Cómo habría sido mi vida, su vida, nuestras vidas, las del mundo entero, sin todo lo que nos ha legado, aportado, regalado, la Cuba de la Revolución? ¿Cómo hubiera sido el mundo si aquel 26 de julio de 1953, en vez de intentar tomar por asalto el entonces Cuartel Moncada, aquellos jóvenes hubieran apostado al conformismo o a no jugarse hasta el extremo en su compromiso con la dignidad y la justicia?
No tengo la menor duda que, incluso mucha gente que ni siquiera es de izquierda deberá reconocer que, sin la bella, única e inclaudicable Cuba revolucionaria, el mundo sería un lugar bastante peor, más áspero, egoísta, frustrante y desabrido.
Desde el mundo entero, al 26 de julio y su legado: Gracias, ¡cambiaron nuestras vidas!
Gonzalo Perera






















