Gonzalo Perera
Desde el año 2011, dos meses antes de la elección general, en Argentina tienen lugar las elecciones PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), que sirven como elecciones internas en las diversas circunscripciones y cargos en disputa (nacionales y provinciales, ejecutivos y legislativos) y que a su vez operan como una suerte de filtro, ya que, la candidatura que sea, para presentarse en octubre debe conquistar más del 1,5% de los votos válidos dentro del ámbito donde compite. Es decir que una candidatura presidencial que no alcance el 1,5% de los votos válidos presidenciales a nivel nacional, en octubre no puede postularse, por ejemplo.
Hasta allí lo que marca la ley. Además, las PASO constituyen un hecho político en sí y sus resultados tienen incidencia en la agenda política. Incidencia que no es de fácil previsión ni pasible de interpretación lineal. En primer lugar, las lógicas de una elecciones internas o primarias son distintas a las de las elecciones generales. Como es bien sabido las candidaturas que gritan más fuerte, son más agresivas o “camiseteras”, suelen ganar en las internas, pero perder en las generales.
Pero los resultados de las PASO ameritan algunas observaciones, que, como es obvio, formulamos con el mayor respeto hacia el pueblo argentino y sus decisiones, y, sobre todo, tratando de extraer aprendizajes para este lado del charco.
El gran ganador de la jornada fue el economista Javier Milei, a quien calificar de ultraderechista resulta un eufemismo. Con altísima exposición mediática, con posiciones tan urticantes como manifestar acuerdo con la venta de órganos (pero oponerse a la interrupción voluntaria del embarazo), con “originalidades” como proponer dolarizar la economía y cerrar el Banco Central, con propuestas de cerrar ministerios y distintas dependencias estatales (sin percatarse, que eso implicar tener menos cargos para repartir entre quienes juntan los votos y no lo hacen por amor), su discurso parece un franco delirio. Cuando empieza su oratoria triunfal reiterando enfáticamente su decisión de terminar con el infame concepto de justicia social, por el cual se destruye la natural desigualdad, etc., por momentos uno se imaginaba a Bolsonaro recomendándole que fuera más prudente en sus declaraciones. Obtuvo el 30,04% de los votos válidos presidenciales, es decir que más de siete millones de argentinos votaron un discurso cavernícola, con disculpas hacia quienes gestaron el arte rupestre. Pero, cuidado, en Argentina para ganar en octubre en primera vuelta se debe alcanzar una meta mucho más sensata que la vigente en Uruguay, pero de la cual Milei está aún lejos: más del 40% de los votos y más de 10% de ventaja sobre el segundo partido (dicha ventaja en las PASO fue de menos del 2%). En una eventual segunda vuelta, como es obvio, hay que tener más del 50% de las preferencias. Ergo, más allá de su noche de gloria, a Milei le falta convocar mucho más para ganar. Desde la posición tan extrema en la que se encerró, no parece que eso sea tarea sencilla. Y con el riesgo obvio que surja entre sus contrincantes la consigna de votar contra Milei para salvar la Argentina de una catástrofe segura.
Con el macrismo expresado en dos sabores (Bullrich y Larreta) con 28.27% de los votos presidenciales, Patricia Bullrich se impuso claramente. Patricia no sólo de nombre sino por cuna (es parte del linaje Pueyrredón), con una juventud donde integró o coqueteó (según la biblioteca que se lea) con el movimiento montonero, luego apoyó a Menem, De la Rúa, Macri y se diferenció de Larreta por adoptar una posición mucho más dura y de derecha. Entre el delirio de Milei y la rancia derecha que encabeza Bullrich, suman 58,31% de votos, y eso, a quienes amamos a la Argentina y a su gran pueblo, nos duele en el alma.
El candidato del actual oficialismo, Sergio Massa acopió 27, 27% de los votos y ya como candidatura “testimonial’ pero que “pasó el filtro” en cuarto lugar aparece Schiaretti con 3,83%, que, si bien recibió apoyos diversos, apuntó al peronismo no kirchnerista.
Estas cuatro formulaciones diferentes, que suman el 89,41% del electorado nacional en las PASO, hacen aparecer en un quinto lugar a la primera expresión política que se autodefine de izquierda: el “Frente de Izquierda y Trabajadores-Unidad”, que con dos candidaturas consiguió acumular el 2,65%, algo más de 625 mil votos, donde la pugna interna la ganó la diputada de origen trotskista Myriam Bregman.
Sin embargo, si uno mira la oferta electoral argentina (en las PASO recientes y en cualquier otra instancia), si hay algo que NO falta, son listas que se autodefinan de izquierda. El problema es que, justamente, son muchas listas y no acumulan, sino dividen.
Eso corresponde solamente al pueblo argentino manejarlo, pero es un dato de la realidad que nos lleva a reflexionar, ya en nuestro Uruguay, sobre lo que significa la Unidad.
La Unidad es un valor en sí misma. No es sólo un gesto de inteligencia táctica, pues es evidente que, si se juntan 10 listas con cien mil votos, seguramente unidas logren bastante más que el millón que suma el caudal de cada una, porque potencian su convocatoria, eliminan la confusión propia a la multiplicidad de listas parecidas y hacen mejor uso de los recursos de que dispongan, etc… No, la Unidad es un valor en sí mismo y si fuera necesario argumentarlo, diría que la Unidad requiere amplitud. Requiere, por ejemplo, que si dos grupos políticos, sobre una plataforma de cinco puntos discrepan en solamente uno, sean capaces de acordar sobre los cuatro puntos en que coinciden y dejar el restante para seguirlo discutiendo fraternalmente, hasta que aparezca una síntesis superadora en la que ambas partes se sienten identificadas. Y esa amplitud requiere un acto de madurez. Porque el infantilismo es una enfermedad que suele aquejar a la izquierda, desde siempre. Porque a veces se entiende que lo más radical es ser capaz de elaborar una plataforma donde cada palabra parece prender fuego el papel y donde se proponen 183 medidas por las cuales se nacionalizan hasta las lapiceras. Aunque después ese ígneo documento no lo apoye ni el tan mentado loro. Por lo cual el efecto concreto que tendrá será ninguno. Mucho más radical que esa verborragia, es ser capaz de levantar una consigna o dos, que afecten claramente nudos del poder y que sean llevadas adelante por grandes masas, que puedan hacerlas pasar del papel a la realidad, alterando así la estructura del poder.
La Unidad no es fácil, a veces implica actos de gran responsabilidad. Porque nadie está libre de olvidar por un momento que lo que se une en décadas se puede quebrar en horas.
El movimiento popular en Uruguay tiene tesoros que deben cuidarse: la unidad de la clase trabajadora y la unidad de las fuerzas políticas de izquierda son dos claros ejemplos Que deben defenderse a toda costa de los peores enemigos, entre los cuales, en primera línea, siempre están las maniobras de la derecha y los desbordes de nuestros propios egos: la Unidad implica sacrificar los 10 minutos de fama, la autoría de la magna proclama o el discurso iluminando a las masas.
Al querido gran pueblo argentino salud, convencidos de que sabrá reencontrarse con lo mejor de mismo y que nos unen lazos tan profundos como el viejo proyecto federal artiguista.
Y aquí, entre todos nosotros, recordémonos que no hay nada más radical que la Unidad del movimiento popular gestando un cambio concreto, profundo y real.
Foto de portada:
«No hay nada más radical que la Unidad del movimiento popular gestando un cambio concreto, profundo y real». Foto: Mauricio Zina / adhocFOTOS.























