Lenin y el siglo XXI

0
192

Mariano Fernández.

 

Este es el primer artículo que escribimos en conmemoración de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, a 150 años de su nacimiento, fecha que tiene profunda significado para los y las revolucionarias. Como previo aviso, le contamos al lector que en lo que viene tendremos una serie de entregas que profundizarán en la vida y obra de Lenin; nos resulta, de todas formas, importante hacer mención en marco del mes de su aniversario y la importancia de la entrega número 500 del semanario “EL POPULAR”.

Una pregunta medular cuando nombramos a Lenin hoy en día es: ¿tiene alguna importancia su nombre en el siglo XXI? Ya ha pasado más de un siglo desde la Revolución Bolchevique y la experiencia de construcción del socialismo en Europa del Este, que concluyó previo al nacimiento del presente siglo. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde la actividad revolucionaria de Lenin, la caída de la URSS -también el muro de Berlín- y la inmensa herencia de procesos de liberación nacional con perspectiva socialista en Latinoamérica; no olvidemos el proceso del hermano pueblo cubano, que aún se sostiene y muestra pese a todas las trabas, la posibilidad de organizar la sociedad de forma distinta con una visión central: el ser humano.

¿Cuál es la herencia de Lenin que tenemos los jóvenes del siglo XXI?

Quienes escriben estas líneas entienden que la lectura y desarrollo del pensamiento de Lenin en el corriente siglo es una necesidad acuciante, dada la crisis estructural del capitalismo continúa mostrando las contradicciones a superar, la deshumanización como forma, podríamos decir, de desarrollo de la sociedad.

En estas condiciones llega Lenin a nuestras manos, a nuestros ojos, con varias interpretaciones polarizadas. Por un lado, la sacralización de la figura de Vladimir Ilich, que obstaculiza justamente lo necesario para la etapa: utilizar el método marxista como guía para la acción, “inyectar el esqueleto de carne y sangre” -al decir por él- de forma creativa.

Por otro lado, la satanización de su pensamiento. Un Lenin filtrado por la visión contra revolucionaria que llegó al simplismo de “dictador que tomó el poder”. Como si poco tuviera que ver la necesidad e impulso de la sociedad para cambiar su situación, como si Lenin no fuera contundente en expresar la necesidad de una democracia real, para la liberación de todas y todos.

Esta idea de Lenin como un oscuro líder autoritario es bastante preocupante, porque se ha transformado en sentido común generalizado (al menos hasta cierto punto), en tanto los medios de formación de opinión hegemónicos han operado en ese sentido.

Entonces regresar a Lenin no es regresar a su momificación en Moscú y reproducirlo como un calco.

Regresar a Lenin debe tener componentes de responsabilidad con nuestro pueblo. No lograríamos entender a Vladimir Ulianov si lo separamos de la lucha por la emancipación de los y las explotadas, y tampoco lo comprenderíamos desde una visión reducida a la guerra académica; él está vivo en el movimiento histórico y los procesos de transformación de la sociedad.

Justamente el movimiento histórico nos hace afirmar que, efectivamente, el mundo ha cambiado. Somos conscientes de ello, sería necio negarlo. Aunque nada es simplemente “nuevo”, ni sucede “porque sí”, sino que todo contiene los procesos contradictorios de su desarrollo histórico (pensemos en materia económica y cultural la nefasta táctica neoliberal y su actual debacle).

El mundo actual se muestra como aquello que Ilich ya nos decía en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” (1916), el capitalismo tiende a la monopolización de la riqueza, su centralización en cada vez menos manos y la conformación de un sistema mundo globalizado o sea capitalismo globalizado. Las pruebas cotidianas a través de la tecnología o la pandemia mundial que estamos viviendo, son esclarecedoras. No es tan clara la forma en que funcionan los  capitales financieros, qué sucede a nivel de la economía y cómo se da la distribución de la riqueza; esa información no se socializa aunque sus leyes ya nos son conocidas.

¡Qué fácil es pedir un préstamo simplemente con alguna identificación, pero qué difícil es para las personas de los países más avanzados (“vanguardia” en el deber ser) acceder a la salud!

 

En Lenin podemos encontrar respuestas

 

En esta invitación a leer a Vladimir Ilich, en el marco de su aniversario, es interesante presentar tres ejes que ocuparon gran parte de la vida del revolucionario y su relación con el hoy: La cuestión científica y filosófica del análisis de la realidad, la organizativa y la política.

En tanto pensar, el análisis científico y filosófico de la actualidad adquiere con el marxismo una perspectiva militante. Entendemos que un elemento a tener en cuenta de los factores subjetivos que representa el siglo XXI es el individualismo y el elemento espontáneo, el “dejarse llevar”, como forma coherente de vida. Siguen existiendo espacios de encuentro, del común, pero estos relacionados principalmente al consumo; pensemos cuánto más habitados están los shoppings que un comité o un sindicato.

Esto se enlaza con la cuestión de la espontaneidad y la organización. Vemos que hoy en día el culto a la espontaneidad es cada vez más halagado; y cuanto más individual es una acción, más reconocida debe ser. En 1902, Lenin escribe el “¿Qué hacer?” y en uno de los capítulos discute con el espontaneísmo de los “economicistas”, quienes planteaban que la acción sindical espontánea generaría conciencia socialista en los obreros. Pero, como vemos en la actualidad, el capitalismo es quien nos educa; nadie nace revolucionario y socialista por naturaleza.

Por ello se apunta tanto a la necesidad de una organización. Esta debe penetrar en la sociedad, introducir el pensamiento que ponga en disputa la visión hegemónica del capitalismo, generar lo que Lenin llamó en el  “elemento consciente”, el cual no surge espontáneamente de la práctica. Para eso es necesario organizarse, generar espacios de construcción que contemplen las necesidades de las amplias masas. Aquí llegamos a una cuestión central, la propaganda: la creatividad para la comunicación, que Lenin tomó como elemento central para la construcción del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. Hablaba de la necesidad de editar un diario que informara, pero que también organizara. Tenía en cuenta ya por aquellos años que quienes tienen el poder, también manejan la información; de ello tenemos que aprender, analizar el papel que juega en el mundo de la comunicación y la tecnología. No es casualidad que escribamos esto para EL POPULAR, el semanario que denuncia lo que otros callan.

Nuestro homenaje a Lenin es estudiando e invitar a estudiarlo. No para generar un saber académico aunque bien valdría la pena dar allí también la batalla, si no para latir en el corazón de quienes estamos convencidos de transformar la realidad  que “sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria”.