Lo humano, lo sagrado

0
98

Por Gonzalo Perera

En la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, a la derecha de la nave central, se encuentra la estatua de San Pedro Apóstol, conocida popularmente como “El Pescador”, construida en bronce oscuro por un autor no definido y antes del año 1300. Es pasaje obligado de todo visitante, y tiene una marcada peculiaridad: mientras que el pie izquierdo se encuentra perfectamente definido hasta el mínimo detalle, el derecho está completamente erosionado. Claro está, por una cuestión de tradición, es en ese pie que los peregrinos durante siglos han puesto su mano y sus esperanzas, angustias, dolores, temores, gratitudes. Y durante siglos, día tras día, grandes cantidades de manos apoyadas o tenues caricias, tienen el poder de erosión de un océano. Me recuerdo parado en frente, mirando ese tan marcado contraste, y teniendo una aproximación hasta entonces impensada sobre lo que realmente es la dimensión de lo sagrado.
Mirando ese pie tan demolido en comparación a su par, me dije que la estatua entera no era, en el fondo, más que una masa de bronce. Pero que todos los sentimientos que cargaban las manos que allí se posaron, toda la humanidad que por allí pasó sintiendo intensamente el momento desde todos los matices de la experiencia humana, eso sí que era sagrado.
La verdadera consagración de una persona, de un lugar, de un símbolo, no la hace una bula papal, un decreto presidencial, ni ninguna resolución administrativa: la hace la gente y su Historia.
Tabaré fue un ser humano. Que viniendo de un hogar trabajador de La Teja, trabajando, formando una familia, estudiando, fue creciendo. Que desarrolló en su barrio una tarea social inolvidable desde El Arbolito y Progreso. Que casi fue presidente de la AUF. Que se volvió referente en temas oncológicos. Que fue el primer Intendente de Montevideo frenteamplista. Que fue el primer Presidente de la República frenteamplista. Que se dice que es uno de los dos líderes políticos electos dos veces presidente desde 1985, lo cual es cierto, pero incompleto. Porque Tabaré fue el único electo dos veces en elecciones absolutamente normales y además, con las restricciones impuestas por la doble vuelta electoral (que no fue necesaria en el 2004). Porque sin chicanas, pero por honor a la historia, el Dr. Julio María Sanguinetti en 1984 fue electo presidente con grupos políticos proscriptos (por ejemplo PCU, Movimiento 26 de Marzo), con lideres de todos los partidos proscriptos (por mencionar sólo tres: Seregni, Wilson Ferreira y Jorge Batlle) y desde un rol, nunca más literal, de “caballo del comisario”. En 1994 fue reelecto por ser el tercio 1,7% más grande del electorado. Quizás habría ganado en una segunda vuelta, pero no debió pasarla. Tabaré ganó dos veces sin comisarios, ni caballos y con la instalación de la segunda vuelta. Parecido no es lo mismo.
Tabaré fue un ser humano que asumió responsabilidades muy complejas. Como tal, ciertamente a juicio de cualquier persona pensante, tuvo grandes aciertos con los que se acuerda totalmente. El MIDES, el Plan de Emergencia para rescatar el país de la mitad de niños pobres y la mitad de pobres niños, y también toda la batería de políticas sociales que se desgranaron una tras otras a partir de ese mojón en la historia del Uruguay.
El Sistema Nacional Integrado de Salud, garantía de cobertura universal, el despliegue del nivel de asistencia primaria a través de las RAP haciendo de la salud y la convivencia en una comunidad lo que son: una misma cosa.
La reinstalación de las mesas de negociación colectiva por rama de actividad, la agenda de derechos, el Hospital de Ojos como derecho a ver, aunque la billetera sea flaca.
La apuesta a la Ciencia y la Tecnología, la descentralización de la UDELAR. Apuestas a la salud, al crear y al saber, claves para haber logrado sostener por casi 9 meses una resistencia férrea ante la pandemia COVID-19, aunque esté ahora entrando en instancias preocupantes.
La descentralización de la política, con los “gobiernos de tercer nivel”, los municipios, los que están en “primer nivel”, a la vuelta de la esquina del ciudadano que puede y debe plantear sus inquietudes. La lucha por la salud en el tabaquismo y el histórico David contra Goliath que llevó a doblegar a Philip Morris.
El Uruguay del Plan Ceibal, sin duda uno de su mayores legados, y tantas, tantas cosas más, pero que seguramente muchos pueden expresar mejor …
Tabaré, como ser humano, también fue criticable, falible, no vamos a envolvernos en las sedosas túnicas de la hipocresía justo en este momento.
Pero, retomando las líneas del principio, aquí no se trata de hacer un asiento contable entre aciertos y errores. Aquí es cosa juzgada y laudada.
El velatorio y entierro de Tabaré tuvo su impronta personal: máxima sobriedad republicana, centro en la familia, negativa a los honores que por derecho le correspondían.
Pero tuvo otra impronta. La de la gente y sobre todo, la de la gente de pueblo, de abajo. Que en el peor momento de la pandemia y sin descuidarse, salió a despedirlo, porque necesitaba decirle GRACIAS al primer Presidente que lo sintió que lo entendía.
Porque el mayor logro de Tabaré fue llegar muy alto sin olvidar jamás cómo se ve la vida desde un hogar obrero donde todo es cuesta arriba y mucho esfuerzo, y aún así, a veces no alcanza. La gente que lo lloró, la gente le dijo: “Te entregamos sueños, nos devolviste realidades”. La gente transformó su casa en sitio de peregrinación laica, dejándole incluso las banderas por él mismo firmadas.
La gente laudó algo mucho más importante que las coincidencias o discrepancias, que, como se ha dicho, todo ser pensante tiene de las unas y de las otras. La gente reconoció a uno de los suyos, le agradeció que siendo Presidente no se le olvidara y que le hubiera dejado todo su esfuerzo y capacidad para traducirlo, como lo hizo, en su vida concretita, la de todos los días, la que acalambra los pies, dobla la espalda o duele en la cabeza.
El Uruguay humilde y trabajador decidió que quien tan sobriamente se iba, cubierto por la bandera del Frente Amplio y de Progreso, era no sólo uno de los suyos, sino el que nunca se olvidó de los suyos.
En un sistema republicano, la sacralización no es un concepto simpático, pero el entrar por la puerta grande a la Historia puede ser su versión laica. Y quien lo decide, como ocurriera con los pies de “El Pescador”, no son las autoridades, las normas, el protocolo, los decretos, los discursos.
Es la gente, es la gente de a pie, el más jodido y luchador. El que la pelea contra viento y marea día a día, el que deposita esperanzas, temores, angustias, sueños, a sola condición de no defraudar su confianza. Esa gente emitió su dictamen y aún lo sigue haciendo.
Las últimas apariciones públicas de Tabaré lo mostraban decaído físicamente, con su hablar, siempre sereno y pausado, más pesado, con señales claras de lo que estaba viviendo, que con valentía y claridad definía como su etapa final. Sabia mejor que nadie quién estaba del otro lado y cómo estaban las fichas.
Creo que muchas veces, a lo largo de los años, escuché respuestas de Tabaré que me parecieron formidables. También sé que otras veces no me gustó lo que oí. Pero quizás por esto, al final de cuentas, entre su dignidad y la tan nítida respuesta popular, lo único que puedo manifestar es GRACIAS. Quizás por eso, se me piantó mucho más de un lagrimón.
Me recordaste que no hay nada más sagrado que lo que lo humano elige, incluso hasta erosionar.
Gracias, Tabaré.