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No fueron las perillas, fue el malla oro

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Por Gonzalo Perera

En marzo (precisión importante) expresé mi opinión respecto a la conveniencia de tomar medidas mucho muy drásticas de confinamiento social; lisa y llanamente una cuarentena sanitaria (como opinaba el Sindicato Médico y numerosos profesionales de la salud) radical, donde salvo excepciones muy bien delimitadas no se pudiera circular por las calles y durante un período no excesivamente prolongado (no más de dos meses). Las opiniones sobre qué conviene o no hacer pueden ser discutibles y obviamente, porque en este país viven la mayoría de mis afectos y yo mismo, no me agrada en absoluto el curso que ha seguido la evolución del COVID-19 en el Uruguay en el último mes. No me agrada tener que hablar de este tema, pero hay algunos argumentos de aquel entonces que, a la luz de los hechos actuales, debo traer a colación. Como los fundamentos de esa opinión.
El primero es de lógica pura. La población uruguaya no está acostumbrada a permanecer encerrada períodos prolongados. Me tocó conocer pueblitos de montaña en Europa, donde durante muchos meses las temperaturas son de congelamiento instantáneo y en primavera por sus bosques andan especies predadoras de cuidado. A un habitante de un pueblo así, pedirle que se quede en su casa durante un tiempo largo y no salga salvo para cosas mínimas, no cuesta nada, porque la propia Naturaleza lo ha acostumbrado a vivir con la capacidad de circulación limitada. Pero el pueblo uruguayo no vive en esas condiciones y está acostumbrado a circular libremente en todas las estaciones y a casi cualquier hora. Era obviamente imposible que en el Uruguay voluntariamente la gente se encerrara por un período prolongado, era claro que se iba a cansar, fastidiar y poco a poco, a empezar a mover y circular más. Y eso, en todos los países del mundo, ha coincidido con disparar olas de contacto, por más tapabocas que se usen y distancias que se intenten guardar. Si hay gente circulando, si el virus también circula y sino hay vacuna, es obvio que la historia se complica.
He comentado incluso que a mí me tocó vivir dos veces cuarentenas sanitarias, y que realmente es muy feo. Pero si son cortas, se toleran. Lo que no se tolera es un “ni fu ni fa” (en Uruguay jamás hubo cuarentena masiva durante esta pandemia, sino exhortación a quedarse en casa) que limita un poco, pero no tanto, la circulación, que además poco a poco cae en ambigüedades y contradicciones (que salga al aire libre, que no salga al aire libre, que se transmite el virus por el aire, que no se transmite, que es demasiada gente en una plaza, que no es demasiada gente en la expo Prado, etc.) y que en última instancia termina agobiando y llevando a salir como sea.
Pedíamos una restricción muy severa, la más radical posible, a la circulación, acompañada de una renta universal básica que no obligara a nadie a tener que circular para poder sobrevivir. Eso implica que el Estado se haga plenamente responsable y colabore a pagar los platos rotos. Por un tiempo no muy largo, es perfectamente viable. Y un país que no tiene (como Argentina o Brasil) ciudades enormes, sino una demografía bastante distribuida, con un Sistema Nacional Integrado de Salud de cobertura universal (parte la herencia), con buenos recursos humanos y técnicos con la posibilidad de multiplicar de forma muy sustantiva sus laboratorios y capacidades de testeo gracias a su infraestructura sanitaria, educativa, académica (otras partes de la herencia), jugando esa carta tiene grandes chances de salir adelante.
Pero optamos por la teoría de la libertad responsable y la libertad compartida. O sea, el gobierno decidió que la responsabilidad, que es del Estado en materia de salud, la cargara sobre sus espaldas cada ciudadana y tuviera que decidir su propia suerte. Optó por no considerar la renta universal básica. Optó por las medidas de “sí pero no”, quedarse en casa pero sin apagar los motores de la economía, quedarse en casa si no es albañil, quedarse en casa si no se es pobre y tiene que salir a pelearla, porque más que el COVID 19 mata el hambre. Pulularon la ollas populares, la solidaridad, la gente se la bancó todo lo que pudo. Se bancó las perillas, el malla de oro, las conferencias eternas. Y no se lo bancó un rato. Del 13 de marzo a hoy son más de 8 meses y 20 días. Es una barbaridad. En un acto de genuina desidia (Arbeleche, aquí si corresponde el término) se dejó postergar una eternidad una situación que obviamente era insostenible.
Pero además, en setiembre, cuando la situación parecía estar controlada, se cometió el grave error de empezar a transmitir señales de que “se estaba terminando”, desde diversos actores del gobierno y de su entorno. Se empezó a habar del “día después”. Se decía, claro está, que todavía había que cuidarse, que no había terminado, pero a una población encerrada durante una enormidad, viviendo algo para lo que no está preparada durante un muy largo plazo, se le empezó a mostrar la luz al final del camino. Quiero pensar que nada tuvo que ver el rédito político que pensó el gobierno que le daba estar “venciendo a la pandemia”, con comentarios profundamente irresponsables sobre la “excepción uruguaya”. Esa macana fue de dimensiones astronómicas. Pasó lo obvio, la gente se movió cada vez más, alentada además por el mejor clima y todo cambió.
Se complicó tanto como para que un sábado y un domingo la cantidad de casos diarios superara largamente el total de casos activos en el país poco tiempo atrás. Se complicó como para que, al momento de escribir esto, la tasa de casos activos en el Uruguay sea de 42 cada cien mil habitantes y en el departamento de Rocha, donde hasta hace poco no había casos, la tasa sea de 72 cada cien mil habitantes, cifras ya francamente altas y que comienzan a poner en naranja el mapa del Uruguay, último color antes del rojo de la pérdida completa de control. Cuando vienen las fiestas, cuando las familias quieren reunirse después de mucho tiempo sin poder hacerlo, cuando en departamentos como Rocha es vital que venga mucha gente a hacer turismo.
El presidente Lacalle Pou no se equivocó al poner en escena el personaje del hombre de Estado que todo controlaba con sus perillas. Se equivocó al creerse el personaje él mismo. Se equivocó en sus excesos de confianza y apresuramientos Se equivocó al apostar al malla oro, a reactivar los motores del economía para cuidar las cuentas bancarias grandes mientras le pedía a la gente que se distanciara, se quedara en casa, mensaje claramente inconsistente por donde se lo mire.
El presidente acaba de anunciar medidas adicionales hasta el 18 de diciembre. Honestamente, temo que sean tardías pues se parece mucho a apagar un incendio con un vaso de agua: cierre de bares y restaurantes a las 24 horas, suspensión de deportes en escenarios cerrados, no realización de actos de fin de cursos, retorno al teletrabajo en oficinas públicas.
Deseo desde lo más profundo de mi corazón que estas medidas funcionen. Porque no puedo desearle nada malo a mi gente, a mis afectos, a mis vecinos. Pero tengo un inmenso temor de que las macanas eufóricas, los actos de desidia sanitaria y de transferencia de responsabilidades al ciudadano de a pie, ya no se corrijan tan fácil.
Porque lo que falló no fueron las perillas, fue la apuesta al malla oro, que como no pocas veces se corta solo y deja al pelotón al borde de quedarse sin aliento y dudando de si podrá llegar a la meta.
Falló el triunfalismo precoz, falló el malla oro.

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