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Un año que ahorra explicaciones

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Por Gonzalo Perera

Dentro de los chistes de circulación popular, probablemente todos hayamos oído que los años que sólo tienen las cifras 0 y 2 parecen una maldición gitana, puesto que en el 2002 quebró el país y en el 2020 se infectó el mundo. Obviamente no se trata de cifras, no se trata de fechas, se trata de realidades muy profundas y objetivas. De hecho lo vivido en 2020 (y durante algún tiempo más, me temo) nos ahorrará un montón de explicaciones en el futuro para describir cómo funciona el sistema capitalista.
Las fechas en el fondo son meras convenciones. Por supuesto que nos merece el mayor de los respetos el significado que algunas fechas tienen para los creyentes de diversas religiones, que a fines de diciembre o principios de enero tienen celebraciones a las que adjudican un sentido muy profundo, como lo es la Navidad para los cristianos de diversa denominación. Pero mi comentario apunta en otra dirección: para desearle Feliz Navidad a mi familia que reside en Melbourne me tendré que conectar con ellos cuando a mí aún me faltarán 13 horas para escuchar la misma frase. Los husos horarios, los días, los calendarios, son todos construcción humana, basadas en datos de la Naturaleza, pero con importante espacio para las convenciones, acuerdos, decisiones necesarias para organizarse y entenderse mejor, pero que podrían haber sido diferentes y nada muy sustancial habría cambiado.
Pese a ello, es una reacción muy natural el que al terminarse el 2020 se tienda a pasar raya y hacer una suerte de balance y formularse los mejores propósitos para el 2021, pero, lamentablemente, seguramente el 1 de enero del 2021 seamos casi exactamente los mismos que el 31 de diciembre del 2020, más allá de nuestros deseos y proyectos. Los cambios reales rara vez son “a partir de tal día y de manera radical”, más bien suelen comenzar ahora mismo, y continuar día a día y paso a paso, hasta que en algún momento, por aquello de que “el cambio cuantitativo acumulado deviene cambio cualitativo”, se llega a una etapa diferente.
Por lo tanto, más que balance del 2020 lo que queremos es compartir, es por un lado, lo que vivieron los muchísimos que la pasamos mal, y por otro, lo que vivieron los muy pocos que la pasaron muy bien, pero tratar de allí visualizar las bases mismas del sistema en que vivimos.
Todo el mundo se vio el 2020 convulsionado por la pandemia de la COVID-19. Muchos países además hemos vivido el retorno del neoliberalismo al gobierno. Otros han vivido además guerras, catástrofes naturales, etc. Pero solamente el COVID-19, infectando a casi 75 millones de personas en el mundo y más de 10 mil en Uruguay, cobrando la vida de más de 1,6 millones de personas en el mundo (más de un Montevideo entero) y casi un centenar en Uruguay, da bastante material para analizar.
Porque la ha pasado muy mal mucha gente, muchísima gente, en todo el planeta. Primero, obviamente, las víctimas fatales y sus familias y seres queridos. Pero también quienes tuvieron que confinarse durante períodos prolongados o prolongadísimos, sufriendo por ello variadas consecuencias. Entre las cuales quedarse sin laburo o la fuente habitual de ingresos, pasando penurias muy básicas, dependiendo de, en países como el nuestro donde el gobierno pecó de la más flagrante desidia frente a la emergencia social, pura y exclusivamente de la solidaridad ajena. Debiendo muchas veces, si se tenía algún bien enajenable, venderlo, para por lo menos “tirar” un poco más. Sufriendo en muchos casos los efectos psicológicos del confinamiento prolongado que se manifiestan de múltiples maneras. Entre quienes viven solos, valga la redundancia, haciendo aflorar la dureza de una soledad prolongada, que por más Zoom o WhatsApp que uses, un abrazo sigue siendo un abrazo. Angustia, ansiedad, depresión, recurso a escapismos de potencial adictivo, etc. Pero entre quienes viven en familia o en pareja, el estar confinados períodos prolongados difícilmente no genere roces, choques por pequeñeces cotidianas, las que acumuladas en el tiempo socavan cualquier vínculo. Mientras la publicidad televisiva muestra familias perfectas sonriendo todos juntos armónicamente en preciosos hogares, todos sabemos que la realidad es muy diferente: alcanza simplemente con mencionar que muy poca gente vive en preciosas casas o apartamentos. Y el que no se pudo confinar porque tenia que salir a pelearla, sabía que podía contagiarse, que si se contagiaba podía complicar a sus allegados o ser estigmatizado, a causa del permanente sonsonete de que si había contagios era por alguna forma de descuido, cayendo así en la revictimización del infectado que simplemente fue capturado por la circulación viral. Sin seguir enumerando situaciones el punto aquí es que una inmensa mayoría de la gente, aquí en Uruguay y en el mundo, la pasó mal o muy mal.
Es cierto que a pesar de eso se amó, se creó, se estudió, se luchó, se mostró solidaridad y resiliencia, naturalmente que sí. Pero que el 2020 para la mayoría fue muy jodido, para hablar corto y clarito, no tengo la más mínima duda.
Pero hubo otros para los que el 2020 fue muy redituable. En el Uruguay los grandes agroexportadores tuvieron muy buenos números y la sensibilidad que el gobierno no mostró para la gente que se quedó si un mango en el bolsillo, la mostró para los sectores agroexportadores y sus demandas. En el Uruguay y en todo el mundo, como en toda crisis, el que tenia un gran respaldo de capital compró por chirolas los bienes que muchos vendían por desesperación y esos grandes capitales han crecido muy significativamente.
En otro plano, Eric Yuan, el empresario que creó Zoom, en mayo del 2020 entró a la lista de multimillonarios de “Forbes” con una fortuna personal de 7.800 millones de dólares. Los grandes laboratorios de la industria farmacéutica que promueven sus vacunas contra la COVID-19, con una clientela cautiva de casi 8 mil millones de personas, pueden embolsar cifras astronómicas. Los creadores de contenidos de entretenimiento adaptado al confinamiento, amasaron fortunas. En NETFLIX, la serie “Gambito de Dama” se transformó en tiempo récord en el contenido de ficción más visto en la historia de la plataforma. Muy buena la serie, muy útil la aplicación Zoom, muy necesarias las vacunas. No se trata de eso, sino de que para algunos la pandemia ha sido ocasión de amasar fortunas inmensas, de tocar el cielo con las manos.
En otro plano muy distinto, aunque no haya cifras precisas, es obvio que otros tipos de tráficos y contenidos muy cuestionables , ya sea en modalidad “delivery” o en modalidad virtual, han generado inmensas masas de dinero. Finalmente, para quienes se dedican al lavado de activos, a blanquear dinero sucio, no debe haber mejor operación que rescatar negocios en quiebra financiera pero con buenas perspectivas a mediano plazo, como sobran los ejemplos en estos tiempos.
Para la gran mayoría el 2020 fue muy fulero, Para una minoría fue una privilegiada ocasión para amasar fortunas, independientemente de la calidad o legalidad de su rama de actividad. Más aún, para los segundos fue tan excelente negocio porque para los primeros fue terrible, porque la riqueza no se genera de la nada: lo que los segundos amasaron, se lo sacaron, de una u otra forma, a los primeros. Ofreciendo un buen producto, una miserable compra al desesperado o explotando las oscuridades humanas, “se la quedaron toda”.
2020, el año en el que el sistema capitalista global se explicó a sí mismo como nunca.

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