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Victoria pírrica

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Por Fernando «El Perro» Gil Díaz 

Mucha enseñanza nos va a dejar esta pandemia, algunas absolutamente virtuosas como la solidaridad expresada en los cientos de ollas populares que se instalaron y mantienen con escaso o nulo apoyo del Estado (aunque ahora se prometió asistencia). Iniciativas que siguen en pie con el invalorable aporte solidario de miles de anónimos que arriman su colaboración o ponen su trabajo personal al servicio de los que más están sufriendo una emergencia sanitaria sin precedentes.

Solidaridad que también se manifiesta en el esfuerzo inmensurable de todos los que hacen parte del sistema de salud, esos que están en el frente mismo de batalla y que emiten señales de alerta que son interpretadas con recelo por quienes se empeñan en teñir de interés político partidario lo que debiera ser una cuestión de Estado.

Y así con otras tantas actividades que son llevadas a cabo por esos anónimos a los que debemos parte de nuestra cotidiana existencia con servicios que pocas veces ponderamos en su justo término.

Por eso es que muy a pesar nuestro, la derrota final que sufrirá, sin dudas, este virus que atormenta al Uruguay y al mundo, tendrá un sabor amargo por los que perdieron su vida a manos del virus, siendo que algunas de esas muertes pudieron evitarse.

No faltarán los que saldrán a batir parches y celebrar el fin de la pandemia como una victoria que nos hará recordar a Pirro, aquel rey de Epiro que derrotara a los romanos sufriendo la pérdida de gran parte de su ejército.

Responsablemente libres

A la culpa nadie la quiere tener, es una convidada de piedra al momento de asignar responsabilidades. Pareciera que es parte de la naturaleza humana y son muy contados los casos en que la misma se asume voluntariamente; casi siempre es fruto de una investigación que termina asignando la autoría de los hechos, por lo menos así lo diseñó el hombre para darse una forma de regular su vida en sociedad.

En la evolución de la pandemia en nuestro país, pudimos apreciar varios estadios de situación que nos permitieron ser ejemplos para la región y el mundo. Por ese tiempo, fuimos dueños de un comportamiento ejemplar que mantenía a raya al virus mientras el mundo sufría sus oleajes segadores de cientos de miles de vidas (que hoy ya suman millones).

Bajo la dirección de un auto proclamado «líder mundial», que regalaba elogios a la sociedad uruguaya a sabiendas que de rebote se llevaría gran parte (sino todos) los aplausos. Se paseó por los medios argentinos dando cátedra de cómo, este pequeño rincón del sur americano, mantenía a raya al virus que había puesto en alerta al globo.

El otrora Estado tapón volvía a interpretar el rol en medio de los gigantes vecinos americanos que padecían el aumento de contagios y muertes, mientras la isla uruguaya pavoneaba su ejemplo sin mayores argumentos científicos de peso que avalaran su situación. Sería, (y fue), más bien una cuestión de tiempo…

Por entonces, los elogios presidenciales iban para la sociedad uruguaya que había aceptado el «quédate en casa», provocando los resultados que ahora el Presidente promocionaba por el mundo.

Tamaño acto de humildad republicana vería pronto su contracara, a poco, se empezará a romper el techo de cristal que cubría una realidad que no era tal.

En puridad -los hechos así lo confirmaron- en esos meses de luna de miel sanitaria nuestro país no había siquiera pasado por ninguna ola del virus, y si bien se tuvo la habilidad suficiente de parar el país prácticamente con los primeros casos confirmados, no se tuvo la misma virtud cuando los contagios ascendieron a cifras incontrolables.

Allí se hizo prácticamente lo contrario. El «líder mundial» dejó de aplicar el sentido común y pasó a funcionar a contracorriente, abriendo las actividades cuando todo indicaba que había que reducir la movilidad, a la espera de las vacunas que -por otra parte- demoraron su llegada por acciones (im)propias de su gestión. Ni las recomendaciones de su grupo de científicos asesores fueron convincentes para torcer el rumbo.

Entonces apareció su frase de cabecera, el leitmotiv de su gestión: la libertad responsable. Un eufemismo muy marketinero por el que se pretendió asignar la responsabilidad de los destinos de un país bajo ataque biológico, al comportamiento de todos y cada uno de sus habitantes.

El gobierno había hecho lo que entendió necesario y ahora era el turno de la gente de hacer lo suyo, como si con ello bastare. En ese dilema de ser libre y quedarse en su burbuja, a pesar de mantener abiertos espacios donde interactuar como individuos gregarios, si uno hacía ejercicio de esa libertad, aún de forma responsable, podía caer en la irresponsabilidad de promover los contagios.

Entonces surgen más dudas que certezas en cuanto al camino a seguir y la obediencia debida a lo que aconseja el gobierno que se haga. Más aún cuando se promueve por estas horas la sanción de un delito de peligro que castigue a quienes pongan en riesgo de contagio a otras personas por el mero hecho de la posibilidad de hacerlo aun cuando no se concrete daño alguno.

Trasladar al ciudadano la responsabilidad absoluta de la toma de decisiones políticas que competen al gobierno, resulta en una ausencia del ejercicio de la autoridad que tanto se proclama.

Una autoridad que solo contempla una parte de la realidad, porque pedirle un ejercicio responsable de la libertad a cada uno implicaría también contemplar recursos para poder subsistir aplicando ese ejercicio.

Más cuando si ese renunciamiento que se le pide implica nada menos que dejar de generar recursos para mantenerse a sí mismo y/o a su familia.

Hacer ese pedido sin contemplar una asistencia que les permita hacerlo, habla de una concepción del Estado que abandona su más rica tradición batllista de protección de los más débiles. Ahí es donde falla completamente el discurso presidencial…

Una luz al final

A pesar de ello, ya se empiezan a oír las trompetas que adelantan los anuncios de victoria que pretenden olvidar el triste podio mundial que ostentamos como país con mayor número de contagios y de muertes por millón de habitantes.

A pesar que los contagios siguen su curva ascendente y las muertes no bajan del más de medio centenar diario sostenido en los últimos días, la situación de Durazno se empieza a vender como el principio del fin. Asimismo, la baja en los contagios entre el personal de la salud también adelanta un horizonte de retracción de los contagios y la eficacia de las vacunas.

Todos celebraremos el fin de la pandemia, no tengan dudas; todos sufrimos los meses de confinamiento, los renunciamientos a actividades y contactos con nuestros seres queridos. Pero, también, muchos sufrieron pérdidas irrecuperables que no dejarán espacio alguno para celebrar nada, sino -tal vez- intentarán dar vuelta la página lo más rápido posible, sin estridencias. No habrá mucho para celebrar, más bien tendremos una preciosa oportunidad de reconocer errores para procurar cerrar una brecha que nos separó más de lo deseable y que nos expuso a lo peor de nuestra idiosincrasia oriental tiñendo de partidismo político lo que debió ser siempre una causa nacional.

El Covid-19 será una triste historia siempre y su derrota no será otra cosa que una victoria pírrica que nos costó demasiadas vidas…

el hombre no celebraba nada,
el perro hizo silencio en su casilla…

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