Los pueblos siempre vuelven

Lula es nuevamente presidente de Brasil. El domingo pasado, Lula y un amplio abanico de fuerzas de izquierda y populares, progresistas y democráticas, lograron derrotar al neofascismo y el poder concentrado del agronegocio y el capital financiero, que se expresaban en la candidatura de Jair Bolsonaro. La democracia derrotó al fascismo, la esperanza venció al miedo.
En las elecciones más reñidas desde la restauración democrática en Brasil, Lula se transformó en el primer presidente de la historia en superar los 60 millones de votos; además, es el primer presidente en ser reelecto para un tercer mandato y Bolsonaro es el primer presidente en no lograr su reelección.
Lula logró casi dos puntos porcentuales y más de dos millones de votos de diferencia sobre Bolsonaro. La ventaja fue menor que en la primera vuelta.
Es cierto que el resultado fue ajustado; que el neofascismo mostró su inserción de masas en la sociedad brasileña; que los desafíos a enfrentar son enormes, que hay peligros acechando como los cortes de rutas y movilizaciones golpistas realizadas por miles de bolsonaristas, que se resisten a aceptar su derrota; el propio silencio de Bolsonaro durante casi dos días sin aceptar el resultado; la polarización social, económica y hasta geográfica que muestra el resultado; que el bolsonarismo ganó gobernaciones de Estados muy importantes, como San Pablo; que quedó una composición del Congreso muy compleja, con un gran peso de la ultraderecha y sin mayorías claras. Todo eso cierto, pero nada de esto puede restarle importancia a la victoria de Lula, la izquierda y las fuerzas democráticas en Brasil. Al contrario, la realza más.
La victoria de Lula es, en primer lugar, sustantiva para la democracia y para el pueblo brasileño. Esta victoria popular significa el comienzo de la reconstrucción democrática en Brasil, el país más grande del continente. La democracia brasileña fue gravemente dañada por la operación del imperialismo y los sectores más reaccionarios de la oligarquía para desplazar del gobierno a la izquierda. La victoria popular del domingo significa que se comenzarán a implementar políticas públicas para recuperar a Brasil del inmenso retroceso en salud, en educación en vivienda y muy especialmente en desigualdad, pobreza y hambre.
Lula, en su primer discurso, la misma noche del domingo, anunció que su prioridad será dar respuesta inmediata al hambre de millones de brasileños y brasileñas. Fue muy claro en que la mayoría del pueblo brasileño votó “ por más democracia y más inclusión y no por menos”. Y en una parte muy aplaudida de su intervención subrayó que “hay un solo Brasil”, rechazando los mensajes de odio y división del bolsonarismo.
Eso es lo principal, pero no lo único. El peso de Brasil es tal, en términos económicos, demográficos, culturales, que un cambio de signo en su gobierno tiene alcances continentales y mundiales.
La presidencia de Lula le dará un nuevo impulso a la integración latinoamericana, a la reconstrucción de una voz común y potente de nuestro continente, con espacios mayores de soberanía. El triunfo de Lula es parte de una tendencia continental que debe ser destacada. Es la primera vez en la historia que hay gobiernos de izquierda o progresistas en los países más grandes del continente simultáneamente: México, Colombia, Chile, Argentina y Brasil. Lula reafirmó que impulsará la reactivación de la CELAC y el MERCOSUR.
Pero el impacto de este triunfo popular en Brasil tiene alances globales. El gobierno encabezado por Lula dará un nuevo impulso a un espacio internacional de articulación de las economías denominadas emergentes, que implica un contrapeso a EEUU, la Unión Europea y el G7, el bloque denominado BRICS, que integran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, de ahí su nombre. La B de los BRICS vuelve a jugar del lado de los pueblos.
En su programa de gobierno está la protección del medioambiente y una posición activa para enfrentar las consecuencias del cambio climático y un compromiso de parar la devastación de la Amazonia implementada por Bolsonaro. Tiene la propuesta de aumentar el número de países que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, incrementando el peso de los países del Sur global, y eliminar el veto, privilegio que atesoran hasta hoy las grandes potencias nucleares.
Con el triunfo de Lula habrá una voz, de mucho peso, que se hará oír a favor de la paz y de los pueblos, en la comunidad internacional.
Este triunfo significará también una mano tendida, para el diálogo y el apoyo, a los países más acosados por el imperialismo, en especial Cuba. Con Lula, por ejemplo, Brasil volverá a condenar el bloqueo yanqui contra Cuba, cosa que Bolsonaro no hizo.
Todo esto es necesario poner en la balanza al analizar el triunfo de Lula en Brasil. Y es imprescindible recordar que esa victoria popular se da después de que la oligarquía brasileña y el imperialismo, organizaron y dieron un golpe de Estado contra la presidenta Dilma Rousseff. Que ese golpe se prolongó en una campaña de intento de aniquilación, política y personal contra Lula, que fue perseguido, acusado falsamente, condenado y encarcelado 580 días. Eso le impidió ser candidato en las elecciones donde finalmente triunfó Bolsonaro y alcanzó la presidencia.
No se puede analizar el resultado sin tener esto en cuenta. Tampoco sin decir que Bolsonaro y los sectores del poder que lo respaldan, hicieron una campaña de odio y mentiras. El Tribunal Supremo Electoral de Brasil sancionó mas de 6.300 mentiras de Bolsonaro solamente durante la campaña electoral. Que usaron de manera descarada el clientelismo, utilizando multimillonarios fondos reservados para dar “ayudas” a millones de personas en los días mismos de la votación. Que fue una campaña violenta, con agresiones, asesinatos, presencia de milicias en las calles y amenazas de golpe de Estado.
A todo eso derrotaron la izquierda, el movimiento popular y los sectores democráticos brasileños. Por eso hay que valorar la alegría inmensa, la emoción, el llanto, de millones de compañeras y compañeros en Brasil. Hay que retener la imagen conmovedora del barco que casi se hunde de tantas y tantos que viajaban en él por un río, en una región muy pobre, para votar, como fuera, por Lula. Atesorar los abrazos apretados de los sectores más humildes, de las y los olvidados de siempre, de los pobres de toda pobreza, que ven en Lula uno de los suyos.
Hay que valorar la dignidad de un pueblo, porque a pesar de las campañas de odio, del miedo, de las mentiras, la violencia y el golpismo, los pueblos, nuestros pueblos, siempre vuelven.

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