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Se llama anormalidad

Sin entrar en frases de autoayuda al estilo de Paulo Coelho, es evidente que en la vida hay circunstancias desgraciadas, que nadie desea, que son oportunidades para aprender, crecer, madurar. En definitiva, nadie desea los malos momentos, pero si se está viviendo uno, es saludable tratar de pensar, reflexionar, y si es posible actuar y cambiar aunque sea en algo. Y si uno debe recluirse, y más chances tiene de leer, escribir, pensar... con más razón.
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Por Gonzalo Perera.

En la conferencia de prensa del pasado lunes 4, destinada a periodistas (y algún que otro pastor religioso colado) del interior, el Dr. Lacalle, anunció con absoluta naturalidad que, dado que un testeo aleatorio hecho sobre los trabajadores de la construcción no había dado ningún caso positivo (aclarando incluso que eso no quiere decir que no haya contagios en la construcción), entonces se podía seguir adelante con el proceso de reapertura de distintas actividades, como algunas oficinas públicas.

Creo que a varios nos dolieron los oídos al escuchar esta frase, pues es una muy explícita confirmación presidencial de que los obreros de la construcción fueron usados como conejillos de Indias para, según cómo les fuera, decidir si el gobierno intentaría seguir instalando “la nueva normalidad”.

Es conocida nuestra posición sobre que mientras la salud está en juego, no se deben hacer locuras, y que el Estado debe hacerse cargo de los costos sociales y económicos que esto genera a los trabajadores que no pueden generar ingresos o ven reducidos los mismos. Tanto el FA como la Intersocial hicieron sendas y serias propuestas apuntando en esa dirección, a las que, como se dice popularmente, la respuesta fue “cri-cri”. Silencio en la noche, ya todo está en calma…

La visión de clase del gobierno es muy clara, negando que las condiciones objetivas para un retorno a clases son mucho mejores en los colegios de élite que en las escuelas rurales, o en ramas de la actividad mucho más “selectas” ( y por ende socialmente distanciadas, en todo sentido), que la construcción, pero, lamentablemente, aunque la Constitución insista empecinadamente, una y otra vez, en sostener que nada nos distingue sino nuestros talentos y virtudes, en la realidad todos sabemos que no son para nada iguales el hijo de una familia de clase alta y apellido esdrújulo, que un simple gurisito del campo, por más virtuoso y talentoso que éste último sea.

El gobierno prueba, para el trabajo y la enseñanza, donde menos respuestas y coberturas hay, pero donde bien cabe suponer, mero ejercicio del libre pensamiento, que menos le duele errar.

Estos gestos de “probar con el de abajo” y encima decirlo sin el menor prurito, no pueden ser parte de ninguna normalidad, por más nueva que sea. Son muy profundamente anormales: los gobiernos no experimentan sobre un riesgo sanitario y menos que menos con los sectores más populares y sin privilegio alguno, o en caso contrario, a fuer de democráticos, no pueden tirar apuestas en sentido de hacer quimera cualquier sueño popular.

En la misma conferencia, y a instancias del “colado”, el Dr. Lacalle resolvió que era buen momento para resucitar su visión pro-vida.

Sería interesante conocer qué dice una postura pro-vida sobre riesgos laborales innecesarios y por lo tanto sobre las consideraciones antes realizadas sobre el trabajo de la construcción, pero por alguna razón difícil de entender, cada vez que se dice “pro-vida”, todos sabemos que se hace referencia a la vida intrauterina, a la etapa gestacional, como si lo que pasara después fuera anecdótico.

Sabemos que en realidad se está alegando contra el aborto, tal como votó el Dr. Lacalle como parlamentario, como votó contra la igualdad de derechos para las diversas formas de vincularse afectivamente que pueden darse entre los seres humanos, todas igualmente válidas y centradas en el primer valor que se supone que una visión pro-vida debería defender, que es el amor.

Naturalmente, como su referencia hizo sonar más de una alarma, el Dr. Lacalle se preocupó de aclarar que la Ley que habilita la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE, de aquí en más) está vigente, pero hay que tratar de evitar que se llegue a esa situación, evitarla, etc. Da la impresión que el Dr. Lacalle reflota una vez más una vieja falsa oposición. En realidad, todos los movimientos que militaron por este importante avance legislativo, y de hecho la mismísima ley, parten de la obvia realidad que una IVE siempre corresponde a un suceso indeseado. Se parte de la base que hay un embarazo no deseado y a partir de allí la ley se ocupa de asesorar, contener, brindar todas las garantías para un decisión informada y responsable sobre si se va a continuar con el embarazo o se realizará una IVE. Y si éste último es el camino, que se haga en las mejores condiciones asistenciales, incluyendo el apoyo psicológico necesario a posteriori.

Cuando el Dr. Lacalle reflota una visión reduccionista y maniqueísta, de que por un lado están quienes defienden la vida y por el otro los que promueven el aborto, sólo tiene eco y cabida en mentes muy obtusas o muy fanáticas, como el “colado”, que alguien “coló”, pero eso es otro tema.

En última instancia, si de alguna manera ser pro-vida es estar a favor de la vida bien vale recordar que gracias a la legalización seria y responsable de las IVE es que dejó de ser causa de muerte de muchas mujeres, casi siempre muy jóvenes y pobres, los abortos realizados en forma clandestina y de manera precaria, sin la debida asistencia.

Si el Dr. Lacalle quiere defender la vida, bienvenido al club: experimente con sus allegados y no con los trabajadores de la construcción, manifieste su radical apoyo a la ley de responsabilidad penal empresarial, condene a los patrones de la construcción que apostaron con vida ajena, condene toda forma de explotación, condene el criminal bloqueo que sufre el pueblo de Cuba, condene las intentonas de invasión colombo-estadounidenses, como ocurriera una vez más esta semana en La Guaira, Venezuela, condene a la OEA, condene las barbaries en Siria, pronúnciese contra la flagrante discriminación (antes del COVID-19) en el territorio de los USA, medularmente en New York y New Jersey.

Lo cierto e indudable es que el gobierno nacional afrontó esta pandemia como una de la siete plagas de Egipto, en términos bíblicos. Puede o no haber tenido razón.

Escucha y escuchó al que le dice lo que le agrada, terrible paso en falso. Sobre todo cuando el gobierno anunciaba una catástrofe tras la pandemia y en los últimos días de la Semana de Turismo, cambió el discurso. Incluso el burdamente titubeante discurso del Ministro de Salud Pública, que tuvo a bien alertarnos a todos los uruguayos sobre el único síntoma que no debería apuntar al COVID-19, como lo es el estornudo.

Si se pretende instalar una nueva normalidad en función de lo que cada persona de este país puede y debe dar, y, no olvidemos, puede y debe recibir, llegamos a una constatación la mar de evidente: no podemos lograr más si los de billetera fuerte no aflojan.

Donde no serán jamás normales declaraciones presidenciales sobre la flor y nata de la clase obrera.

Donde, le duela a quien le duela, será normal el 1º de mayo.

Donde será anormal que en la media hora previa de los cobardes del Senado flamee la svástica.

Donde será muy anormal que en los medios públicos, una persona valide o censure lo que los profesionales pretenden difundir.

La pretendida nueva normalidad es la más rancia anormalidad. Donde las clases se exponen en contradicción más que nunca, Donde se pretende aplicar una brutal reforma neoliberal de golpe, sin espacio a la protesta social, con espacio a la represión de esa protesta social.

A resistir. Intelectualmente, socialmente, públicamente.

Ante la muy anormal realidad que se pretende nueva normalidad, sólo cabe resistir.

Nada de nuevas normalidades, resistencia democrática a las muy viejas anormalidades.

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