Por Rodrigo Alonso (*)
La historia uruguaya del siglo XX puede verse desde la óptica de un arco con un momento ascendente en la primera mitad y un momento descendente en la segunda. Ese arco es el arco del batllismo. La primera mitad del siglo XX corresponde a su fase ascendente: el batllismo es el sujeto protagónico de la agenda política de avanzada, alimentado por la ciudadanía obrera (el influjo migratorio, la progresiva urbanización, el enganche al dinamismo del mercado mundial), por el desarrollo industrial y por la posibilidad de monetizar renta agraria en un contexto internacional favorable. En ese período, el batllismo no solo gobierna: ordena la imaginación del país y define las coordenadas del progreso.
La segunda mitad del siglo XX marca su fase descendente. La crisis del modelo, el estancamiento económico y la pérdida de peso de la industria lo obligan a replegarse a una posición defensiva, mientras que el dinamismo programático pasa a manos de quienes critican o impugnan el arreglo batllista por inviable. El país deja de tener un sujeto reformista claro y el batllismo pierde iniciativa en el terreno político, económico y cultural. Es notorio que los ciclos de expansión de esta etapa no tienen un carácter progresivo. Comienza aquí el retroceso del ciclo histórico de agregación batllista que había marcado la primera mitad del siglo. En el campo de la derecha, el batllismo ya se encontraba en retirada, tanto en lo político como en lo programático. La crisis de 2002 puede leerse como el punto más bajo de esta fase descendente: una síntesis extrema de desindustrialización, endeudamiento, fragmentación social y pérdida de horizonte nacional.
La gráfica muestra los momentos de expansión de la economía uruguaya (en círculos). En la primera mitad del siglo XX, estos ciclos están asociados a procesos políticos batllistas (primer y segundo batllismo). En la segunda mitad del siglo XX, en cambio, los ciclos expansivos corresponden fundamentalmente a procesos antibatllistas (la dictadura militar, el herrerismo y el sanguinettismo).
En la segunda mitad del siglo XX, mientras se suceden ciclos económicos más breves que reconfiguran la geografía política del país y se procesa el deshilachamiento programático del batllismo dentro del Partido Colorado, se produce en paralelo la unificación y consolidación de la izquierda, que inicia así su trayectoria ascendente hacia el gobierno. El vaciamiento del batllismo en el Partido Colorado, sumado a su giro liberal y privatizador, abrió un espacio social que el Frente Amplio fue ocupando de forma progresiva. Hay aquí una continuidad transformada: la sociología urbana y asalariada que sostuvo al batllismo migró hacia la izquierda o, dicho de otro modo, la izquierda heredó y se enraizó en esa sociología. El proceso de acumulación del Frente Amplio es, en paralelo, un proceso de desacumulación del Partido Colorado. El clímax simbólico y político de este desplazamiento se expresa en la crisis de 2002: el Frente Amplio supera por primera vez el umbral del 50% de los votos, mientras el Partido Colorado cae a su peor votación histórica, en torno al 10%.
El problema con el que se encuentra hoy el Frente Amplio es que hereda esa tradición y esa sociología justamente en el momento en que esa tradición está cercada por las propias condiciones históricas. Ya sin el empuje del ciclo expansivo de las commodities y en una meseta marcada por la pérdida de dinamismo relativo, las condiciones que sostenían procesos de integración social virtuosa se debilitan y el marco económico se vuelve adverso. El proceso político choca con los límites de economías poco diversificadas, con alta vulnerabilidad externa y sin capacidad sostenida de integrar a la población mediante empleo estable y productivo. No es un problema de voluntad política, sino de condiciones estructurales.
Por eso el desafío actual no se resuelve apelando solo al crecimiento. El crecimiento, si no cambia la estructura productiva, puede convivir con la fragmentación social, la precariedad laboral y la pérdida de densidad industrial. En este contexto de encerrona histórica, es clave pensar con luces largas y retomar debates de registro estratégico sobre el proceso económico uruguayo: cómo se distribuye y utiliza la renta del suelo, qué sectores pueden aportar diversificación, cuál es el rol del Estado en la planificación, qué tipo de empleo se genera y cómo se reconstruye una matriz de integración que no dependa de ciclos externos.
Hoy a la izquierda uruguaya se le ha atado un nudo similar al que enfrentó el batllismo histórico. Entre 2005 y 2015 logró expresar un momento de expansión, integración y agregación social bajo condiciones internacionales favorables, pero luego entró en una fase de meseta donde el crecimiento se volvió más difícil y la integración social más costosa. La moderación de los precios de las materias primas redujo la renta agraria disponible y volvió más estrecho el margen para políticas expansivas. Ese nudo es análogo al que enfrentó el batllismo de forma recurrente cada vez que se agotó el ciclo expansivo que lo cobijó. Un proyecto político que se construyó al calor de la expansión debe redefinirse en un escenario donde esa expansión ya no está garantizada. El espejo histórico está ahí para extraer aprendizajes. Retomar la mirada estratégica es clave para plantear caminos de salida del laberinto. No alcanza con “prenderle una velita” al crecimiento económico y la estrategia de ampliar las facilidades y exoneraciones al capital parece de vuelo corto a la luz de la experiencia histórica. Es necesario discutir la estructura misma del país y diseñar estrategias sobre esa base para avanzar de forma persistente en su superación.
(*) Economista. Diputado (s) por el Espacio 1001-Frente Amplio.





















