20220628 / URUGUAY / MONTEVIDEO / Concentración de apoyo al Club Villa Española en el marco de la intervención del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). La concentración se realizó en el Estadio Obdulio Varela. En la foto: Concentración de apoyo al Club Villa Española en el Estadio Obdulio Varela. Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS

El Villa y la pelota sin manchas

Noche de verano en un Centenario repleto, etapas finales de la dictadura. Mi cuadro, uno de los grandes, jugaba contra un grande de Argentina y por razones monetarias, yo estaba en la tribuna Amsterdam, que por aquel entonces era aún tierra compartida por tricolores y aurinegros, que ya tenían sus barras, pero que aún no era necesario separar. En algún momento, de manera prácticamente simultánea, toda la Amsterdam se levantó para corear “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Inmediatamente los coraceros que estaban al borde de la cancha se dirigieron hacia la Amsterdam, pero pocos segundos después estalló el mismo grito en toda la Olímpica y la Colombes y, por si fuera poco, buena parte de la América. Solamente la zona del palco oficial permanecía quietita. Los coraceros se miraban entre sí, desconcertados y, como no se puede intentar reprimir a un Centenario entero, volvieron a sus puestos de custodia, lo cual motivó que todos gritáramos aún más fuerte, porque la multitud había ganado una pulseada más a la represión y al terror.

Partamos de la base que lo más parecido a la religión oficial del Uruguay es la afición por el fútbol, de donde salen expresiones que sólo en Uruguay se entienden, como “tirarla al óbol”, “quedar en orsay” y un muy largo etc. Donde, cuando juega Uruguay, y ni hablar si es en un mundial, toda persona se interesa, se vuelve DT, se corren exámenes, reuniones, sesiones del Parlamento. se reúnen las familias, los amigos, se abrazan en bares o ante pantallas callejeras personas que no se habían visto en toda su vida. Una semejante marca de identidad comunitaria, de pasión compartida, de elemento medular de nuestra cultura, obviamente fue, es y será profundamente política.

Como aquella inolvidable noche, por supuesto. Pero también cuando se repasan cuadros dirigenciales. Alcanza con los grandes: en Nacional , por ejemplo, Wilson Ferreira Aldunate,  Eduardo Pons Etcheverry o Eduardo Ache, o en Peñarol Julio María Sanguinetti, Washington Cataldi o José Pedro Damiani. Sería difícil de creer que ante algo que moviliza multitudes, los dirigentes políticos no intentaran arrimarse para incidir y también proyectarse. De hecho,  es fuerte la presencia de la derecha, en la dirigencia y “prensa especializada” del fútbol uruguayo. Hay excepciones, en particular, hay clubes con fuerte raigambre barrial y obrera, del cual un caso típico es Progreso con Tabaré Vázquez.

Esta presencia de la derecha en el fútbol hizo que en muchos clubes se practicara la política de la no-política. Es decir, los clubes dicen no poder admitir manifestaciones de carácter político. Es bien sabido que el silencio es un discurso. Callar dice y dice mucho. Más cuando se promueven (o como mínimo, no se impiden) cantos que confunden coraje con violencia, se instalan mensajes misóginos, se celebran los muertos del rival, en una riesgosa aproximación al abismo fascista. Más cuando el fútbol se ha vuelto un tremebundo negocio, donde por derechos de imagen, ventas de jugadores, “merchandising” y otras yerbas, se generan sumas siderales de dinero y se arrastra al aficionado a seguir más la lógica “de los mercados” que la lógica de los deportes. Se ha naturalizado, y casi que se da por descontado, que los dirigentes de fútbol deben ser empresarios, que “pongan guita”, con algunos clubes como excepción que confirman la regla. La política del silencio ha amparado la violencia, la criminalidad fascista. el machismo y la misoginia, el vender el deporte al capital. Una gradual y permanente caída al abismo.

En tiempos recientes, muchos clubes de fútbol debieron dar mensajes de corrección política. Aparecieron mujeres arbitrando, se estimuló el fútbol femenino, comenzó a expandirse el rechazo a las diversas formas de discriminación. En muchos casos se los arrancó la sociedad, la militancia por los derechos, en otros fue simplemente adaptarse para no arruinar el negocio, y en varios clubes la tendencia de caída antes descrita coexiste tranquilamente con estos mensajes de los nuevos tiempos.

Pero empezaron a pasar cosas más hondas. El surgimiento de bloques antifascistas en las hinchadas mayores, la reivindicación y adhesión a causas populares, a la necesidad de Memoria, Verdad y Justicia expresada desde las tribunas, en reclamos de desafiliación para terroristas de Estado. Esto ya no tenía nada que ver con quedar bien, sino que suponía tomar partido en los conflictos de clase y de modelos de país en los que estamos inmersos.

Villa Española es quizás el ejemplo más acabado de esa nueva forma de ver el fútbol. Abandonando la política muy sesgada y pro status quo del no decir nada en pos de la política de decir, denunciar y hacer. Desde una tradición empapada de barrio de clase obrera, con el surgimiento de nuevos referentes, el más visible de los cuales seguramente sea el  “Bigote” López, el Villa empezó a poner los rostros de los detenidos desparecidos en sus camisetas, homenajear a Luisa Cuesta, usar los colores de la diversidad en la cinta de capitán, apostar a la visión del futbolista como un ser humano, al desarrollo de su sensibilidad y conciencia, a visualizar los clubes de fútbol como un espacio de difusión de valores alternativos. No se dejó la pelota, pero se incorporaron los libros, la huerta, la atención a la infancia, la solidaridad.

Naturalmente, la corriente de simpatía, adhesión y respeto que adquirió el Villa empezó a molestar al poder. Hasta que el Ministerio de Educación y Cultura, resolvió la intervención del Villa, invocando una denuncia y cuestiones administrativas, aunque al ministro Da Silveira se le escapó el “pecado mortal” que perseguía: el que el plantel profesional, en las instalaciones del Obdulio Varela, haya firmado contra la LUC.

Naturalmente, para el ministro Da Silveira, si hay propaganda de partidos de derecha vinculados a dirigentes en instalaciones de clubes, no merece intervención. El que en ciertos sectores de las barras se transen narcóticos, menos. El que cada tanto las barras intercambien balazos con gurises muertos, a veces en actos de mera barbarie, a veces en disputas internas de liderazgo, tampoco. El que haya connotados dirigentes a quienes se les sospecha vinculados al lavado de activos, menos. Ahora, si se trata de unas firmas, unos rostros en las camisetas, unas plantas y gestos de solidaridad: ¡cuidadito!

A su retiro, uno de los mayores genios que vi dentro de una cancha, Diego Armando Maradona, polémico, díscolo, contradictorio, pero poco proclive a callarse, recordó que “la pelota no se mancha”.

En Uruguay la pelota está muy manchada. Manchada de sangre por la violencia. Manchada de vergüenza por su subordinación a los negocios y al poder del capital. Manchada por, llamando las cosas por su nombre, toda la mierda que abunda en el ambiente del fútbol. Naturalmente, el MEC no ve esas manchas nauseabundas.

Más aún, acaba de agregar una enorme mancha más, al atacar autoritariamente a un excepcional reducto de dignidad, solidaridad, conciencia de clase, cultura de barrio y de fútbol vivido como lo que debe ser: hermoso deporte, experiencia educativa, de socialización positiva, de construcción de comunidad.

Uno nunca deja de amar los colores que siguió toda su vida, pero hoy estoy seguro que una enorme cantidad de hinchas de todos los cuadros o ninguno, nos sentimos por igual que todos somos el Villa, para empezar a terminar de una buena vez con las muchas manchas de la pelota.

Gonzalo Perera

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