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Honrar honra: la memoria imprescindible por los obreros de la 20

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“Suena raro: mártires de la democracia en plena democracia”, escribía en el 2019, Juan Raúl Ferreira, en una nota homenaje a los militantes comunistas de la Seccional 20 del Partido Comunista de Uruguay.

Ese día, 17 de abril de 1972, más de 500 hombres armados de la policía y el Ejército, realizarían una de las acciones represivas más terribles: el vil asesinato de 8 militantes comunistas.

“A media mañana había gran despliegue de tropas y vehículos en toda la zona de la manzana del Seccional 20 del Partido Comunista, situado en Avda. Agraciada 3715”, destaca el diario El Popular, en nota sobre la reconstrucción histórica de la sangrienta jornada.

Las acciones represivas de ese día, constituirían el preludio siniestro de la larga noche que se avecinaba, las Fuerzas Conjuntas, con sus acciones represivas clamaban impunemente y a la luz del día su sed de sangre.

Ese 17 de abril inauguraba, no sólo el primer día del “estado de guerra”, que fuera aprobado por el Parlamento, luego de encendidas discusiones el 15 de abril, era también, el preludio desembozado de la feroz cacería que se iniciaría contra comunistas, militantes de organizaciones de izquierda y dirigentes sindicales.

No era la primera vez que el objetivo de las acciones represivas tuviera como centro a los comunistas.

“En la madrugada del domingo 16”, resalta la crónica del diario El Popular, “se suceden casi simultáneamente, entre las 4.00 y las 4.30, once atentados con explosivos y ametrallamientos.

Fueron atacadas las fincas de los Dres. Juan José Crottogini, Carlos Quijano, Carlos Martínez Moreno y otras personalidades políticas y culturales, además de una iglesia y el local del Seccional 18 y 24 del PCU”.

Un primer intento de asalto, a la sede central del Partido Comunista había sido ensayado, apenas unos pocos días antes, en la seccional 20 del PCU, los militantes comunistas realizaban guardias para impedir atentados y provocaciones.

Jaime Pérez, militante y diputado comunista describiría en el Parlamento, cómo se realizó el primer allanamiento a la 20 y el intento de asalto a la sede central del PCU: “Mientras íbamos recorriendo el local y mirándolo todo, expliqué cómo había sido el asalto vandálico el viernes de la reunión de la Asamblea General, al local central de nuestro Partido. Y cómo, si no hubiera sido por la enorme cantidad de gente que había y por la disciplina y serenidad que demostraron, pudo haberse transformado en muchos muertos”.

Por su parte, Juan Raúl Ferreira, diría respecto al intento de asalto a la sede central del PCU: “había habido un intento en la casa del PCU, en la calle Sierra (hoy Fernández Crespo). La llegada del Toba Gutiérrez, presidente de la cámara, fruto de un acuerdo entre el Frente Amplio y la mayoría del Partido Nacional (Por la Patria y Movimiento de Rocha)”.

Al decir de Ferreira, la llegada del Toba a la sede central del PCU, “salvó unas 300 vidas de un intento de asesinato masivo en la sede central del PCU”.

El persistente ensañamiento contra los comunistas tuvo, luego del frustrado intento en la sede central, un preámbulo en la mañana del 17, “sobre la hora 10.00, los efectivos militares hicieron el primer allanamiento al local del Seccional 20”.

Una vez concluido el operativo policial, relata la crónica del diario comunista, “toda la zona seguía bajo control policíaco-militar”.

Apenas una hora después, se repite el allanamiento al local, esta vez con el supuesto argumento de una denuncia.

Los militares aducen “que se había recibido denuncia desde la finca lindera, que por encima del muro del jardín del fondo se había arrojado, envuelto en nylon, un revólver 38 sin guía”.

Ante la pregunta del oficial a cargo, sobre quién era el responsable del local, Mendiola responde que era él.

“Solo le retiran los documentos y se le indicó que no debía moverse del lugar. Se llevan detenidos a todos los restantes, unas 15 personas”, incluido el fotógrafo Hermes Cuña enviado al lugar por la dirección de El Popular.

Los militantes detenidos “son cargados en un camión en el cual permanecerán, mientras estuvo estacionado (dos horas) frente a la Región Militar Nº 1, que tiene su comando a quinientos metros, por la misma avenida Agraciada Luego son llevados a una celda de la muy próxima comisaría Seccional 18 (hoy 7ª), situada a cuadra y media del local, en la calle Félix Olmedo”.

Sobre las 16 horas de ese domingo, reseña la crónica, “se podía ver parado en la puerta del local al camarada Luis Mendiola, como habitualmente lo hacía”, la relación entre “aparente normalidad” y la tensión se desequilibraba ante la presencia de militantes de la JUP, la organización fascista con fuerte presencia en la zona.

Junto a ellos, “la tensión subsistía por la evidente movilización de personas extrañas al vecindario”.

“Sobre las 20.00 horas, un vendedor callejero de comestibles recibe una intimación significativa de parte de dos individuos de particular, que muestran carnets policiales. El comerciante trabajaba a unos cien metros expendiendo sus productos hasta la madrugada. Los de particular, al oír que el comerciante cerraba a la 1.00 o 2.00 de la madrugada, le conminan a hacerlo a las 23.00 horas de esa misma noche” detalla la publicación del medio de prensa.

Sobre esa noche, Ernesto Fernández, quien había realizado sucesivas guardias y se encontraba descansando diría:

“Cuando llegué, Mendiola estaba en la puerta”, narra Ernesto Fernández, “me dijo que no me detuviera, que siguiera. Pero yo, caminando, insistí en preguntarle qué pasaba. Él, luego de mirar hacia todos lados, me indicó que me acercara y me explicó todo el cuadro anormal en la zona, allanamientos reiterados y la detención de varios compañeros.

Efectivamente, en la zona pululaban personas de particular y no se sabía exactamente si eran policías o miembros de bandas fascistas. Los compañeros presentes en el local optaron por aconsejarme que no me fuera con esa oscuridad y me quedara, aunque yo debía irme a dormir. Lo que comencé a hacer en la gran mesa del equipo de propaganda”.

Sobre la medianoche, recuerda Fernández, quien a la postre sería el único sobreviviente de la masacre, se escucharían disparos espaciados.

“Mendiola me preguntó”, relata el militante comunista, “si podía subir a la azotea para que se bajaran los compañeros que se encontraban de vigilancia allí. Eran Héctor Cervelli y Enrique Rodríguez, ambos metalúrgicos. Era dificultoso el acceso a la azotea, no teníamos una escalera directa, sino una escalera chica, de mano, que había quedado sobre el techo de la pieza que salía para los fondos. Servía solo para ese segundo tramo hacia la azotea. Me ayudaron a izarme.
Fue en ese momento, cuando recién comenzaba a descender Cervelli (en definitiva, el único que pudo bajar), que llegó por la avenida Agraciada el primer vehículo de las Fuerzas Conjuntas”.

Se había puesto en marcha lo que se define, en función de la reconstrucción histórica “la trampa”.

En ella quedaron atrapados “no solo los obreros comunistas, sino a gran parte de los militares y policías que no sabían lo que allí estaba provocándose”.

“Por el lado lateral de la manzana del Seccional 20, calle Valentín Gómez al Nº 875, casi a mitad de la cuadra entre Agraciada y Valle Edén, hay una entrada para cuatro apartamentos. Vecinos sienten que desconocidos trepan allí con sigilo hacia la azotea. Luego oyen algunos disparos. Se siente cuando uno o más individuos desandan el camino y se alejan con prisa”, reseña la crónica periodística de El Popular.

La misma crónica señala: “todo hace suponer que desde esa azotea de Valentín Gómez 875 se hicieron los disparos sordos y espaciados que se oyeron a las 1:05 horas del lunes 17. Fueron dirigidos hacia la ventana de Valle Edén 3716. Allí permanecía una imaginaria militar, que es la que comunica la alerta al Regimiento 9 de Caballería”.

Había comenzado la “Operación 52”, su resultado lo conocemos, 8 militantes comunistas vilmente asesinados, siete de ellos fusilados en el lugar, el octavo Héctor José Cervelli, “falleció a los once días y fue enterrado el 29 de abril, sin que se extendiera certificado de defunción”.

Al referirse a los hechos, Rodney Arismendi diría en la Asamblea General del Parlamento:
“Han caído ocho obreros sin armas, siendo asesinados con tiros en la nuca, ejecutados, y, más todavía: algunos murieron desangrándose en la calle, donde los dejaron estar largo rato sin llevarlos al hospital y sin auxiliarlos, a pesar de que tenían las ambulancias a disposición. De esto hay testigos por cantidades para acreditarlo”.

Juan Raúl Ferreira, por su parte recuerda que su padre, Wilson Ferreira Aldunate, fue a retirarlo al colegio donde estudiaba y le relató lo sucedido, fue la última vez que el presidente Bordaberry citó a Wilson.

“La entrevista fue breve. Tras la narración de Bordaberry, el viejo se fue sin saludarlo. Previamente dijo: “Has omitido todo lo que esperaba: rostro de preocupación, declaración de duelo, inicio de una exhaustiva investigación”. Yo me paré rápido porque me daba la sensación de que me dejaba olvidado. Al salir, lo abordó a la prensa. Fue muy escueto: “Me voy a donde tengo que estar: a la 20 (…) en minutos estábamos en la 20. Recuerdo a Arismendi y gente del PCU. En poco rato llegaban Zelmar y el Toba, sin saber que ambos iban a seguir esa misma suerte en cuatro años. Yo me quedé como perdido, mientras Rodney y el viejo conversaban aparte. Pero los muertos estaban allí. Las ambulancias no los llevaban. Salvo uno, estaban muertos, pero no dejaban que “se tocara nada” hasta que el juez lo autorizara. Carvallo seguía vivo” recuerda un emocionado Juan Raúl Ferreira.

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