Más allá del horizonte

Por Gonzalo Perera

Los cambios son parte esencial de la experiencia humana y de su entorno. En cada instante el planeta gira en torno al sol y sobre sí mismo, las rocas se erosionan, nuestras neuronas reciben impulsos eléctricos y en absolutamente toda materia, a nivel subatómico, distintas partículas se mueven. Aún en la más aparente quietud, toda realidad material es el resultado de una intensa dinámica, a diversas escalas. Por lógica consecuencia, la actividad e historia de los seres humanos, también es dinámica permanente.

Va de suyo que no hay que tener miedo al cambio y que no todo cambio es sinónimo de catástrofe en ciernes. Ni siquiera los cambios que claramente aumentan los desafíos y plantean adversidades: depende de su magnitud y reversibilidad.
Pensemos un ejemplo muy sencillo y lamentablemente muy conocido por la inmensa mayoría de nuestra población. Si uno vive con determinado nivel de ingresos y un cierto nivel de gastos, de actividades, pero sin que le sobre nada, evidentemente perder una parte de los ingresos genera un problema. Esa pérdida puede ser por múltiples causas, entre las cuales destaca el simple aumento del costo de la vida no acompasado por aumentos de salarios, que mes a mes significa pérdida de salario real y poder adquisitivo. Si esa pérdida es leve, lo que cualquiera hace es revisar sus gastos y reducirlos, eventualmente privándose de alguna actividad, bien de consumo o servicio, para que los números sigan calzando justo. Eso no es agradable, pero no es una catástrofe. Y si al tiempo se revierte la dirección del cambio y aumentan los ingresos por encima del costo de la vida, podrá recuperarse lo que se tuvo que dejar de lado. Ahora bien, si esa pérdida no es leve, sino que es grande o enorme, como la pérdida de la propia fuente de ingresos, entonces hay una situación dramática, porque para cerrar las cuentas lisa y llanamente hay renunciar a todo o casi todo. O si la pérdida es leve, pero es sostenida en el tiempo, por aquello de que la acumulación de gotas de agua hace un río, la pérdida también deviene catastrófica. Para poner un ejemplo numérico: si cada mes uno cuenta con el 95% del poder adquisitivo del mes anterior (es decir, pierde un 5%) y eso se sostiene durante todo un año, un simple cálculo de interés compuesto indica que al cabo de los 12 meses cuenta con el 54% del poder adquisitivo inicial. Grosso modo, si mensualmente se sufre una “mordida” ligera, de un 5%, que probablemente el primer mes se pueda manejar con un poco de sacrificio, al cabo de todo el año queda la mitad del poder adquisitivo inicial y eso, más que literalmente, parte al medio a cualquiera. Moraleja: los cambios leves aislados, más aún si son reversibles, si se pueden llegar a “dar vuelta”, no son de temer. Pero en cambio, un cambio brutal o cambios leves sostenidos siempre en la misma dirección por períodos prolongados, vaya si puede generar escenarios terribles.
Desde que existen registros históricos, algunos obtenidos gracias a las huellas que deja el clima sobre las diversas capas que están bajo los suelos de nuestro planeta y que la Geología y otras disciplinas científicas permiten “leer”, el clima global ha cambiado de diversas formas. Por ejemplo, todo indica que hay fenómenos cíclicos (que se repiten cada cierto tiempo), varios y de diversas frecuencias. Para ser claros en lo que estamos diciendo y poniendo cifras arbitrarias, se puede detectar que hay un fenómeno “A” que se repite anualmente, otro fenómeno “B” que se repite cada década y otro fenómeno “C” que se repite cada cien años. Si “cambio climático” se interpretara literalmente como “el clima cambia”, no tendría por qué ser sinónimo de riesgo de catástrofe. Me remito a la argumentación precedente sobre que el quid de la cuestión es si el cambio es leve y aislado (incluso reversible) o si es brutal, o si es leve, pero sostenido siempre en la misma dirección.
Este recaudo terminológico debe ir acompañado de otro. El ser humano es, por esencia, un agente de cambios en su entorno y su evolución histórica forzosamente deja una huella muy distinta a la de cualquier otra especie sobre la Tierra. Al decir de Don Julio Anguita: “el ser humano es la herramienta con que el Universo se conoce a sí mismo y se transforma”. La demonización a priori de todo efecto fruto de la actividad humana, con todo respeto, pero también claridad, es o bien una ingenuidad o bien un prejuicio sin fundamento, que en todo caso tendría como respuesta volver a vivir en las cavernas, dependiendo de la fortuna cazadora o pescadora para subsistir, y falleciendo en edades muy tempranas a causa de infecciones que hoy consideramos menores u otras enfermedades que actualmente se curan o previenen.
Cuando hablamos del problema del cambio climático global y particularmente del calentamiento global y de los riesgos de ecocidio que genera, estamos hablando del accionar absolutamente descontrolado del ser humano (fundamentalmente de los pocos muy poderosos), sobre su entorno, conduciendo a elevar de forma sostenida y sistemática la temperatura ambiente, que puede, por acumulación, producir cambios brutales y catástrofes.
Los diversos estudios existentes estiman que la temperatura media del aire en nuestro planeta se ha incrementado un grado Celsius (los grados que usamos normalmente en nuestro país) desde la Revolución Industrial a nuestros tiempos, pero con una aceleración marcada de dicho ascenso desde la década del 50. Se estima además que si dicho incremento supera 1,5 grados Celsius se comenzarán a desatar fenómenos catastróficos y si supera los 2 grados Celsius, puede significar un cataclismo irreversible. De hecho, entre 1979 y 2015 se derritieron 2,5 millones de kilómetros de hielos marinos en el Ártico, al norte de nuestro planeta. Para ser más claros, esa superficie de hielo perdida es catorce veces la superficie total del Uruguay. Naturalmente eso de por sí genera varias consecuencias, entre las cuales el ascenso promedio del nivel del mar, poniendo en riesgo poblaciones costeras, entre otros problemas.
Como causa del calentamiento global se identifica en primer lugar la emisión a la atmósfera, por parte de los países altamente industrializados (con USA a la cabeza), de productos químicos que provocan un “efecto invernadero”. De la masa de emisiones generadoras de “efecto invernadero” que provocarían el fatídico incremento de 2 grados Celsius en la temperatura global, ya se ha emitido las dos terceras partes. La moraleja: debe evitarse la emisión de “la tercera parte que nos queda”, apostando a energías limpias, procesos industriales alternativos, con marcos internacionales que impidan la depredación de las lacras que sólo piensan en el lucro.
En 1992, durante la Conferencia Mundial de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo, en Rio de Janeiro, un hombre advertía que la especie humana estaba en riesgo de extinción en no más de un siglo, que había que pagar la deuda ecológica y no la deuda externa, que había que erradicar el hambre, no al hombre. Su nombre: Fidel Castro Ruz, el pasado 13 de agosto se cumplieron 95 años de su nacimiento.
Hay seres humanos que adquieren cabal conciencia de los problemas del momento en que viven. Son las personas completamente lúcidas. Pero hay, excepcionalmente, quienes avizoran los problemas de las décadas o del siglo que vienen. Para ellos solo cabe el calificativo de gigantes. Verdaderos Comandantes, capaces de ver el rumbo a seguir mucho más allá del horizonte.

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