Pariendo un corazón

0
36

Por Líber Borroni.

Las construcciones históricas de nuestro pueblo se han dado en el marco de la unidad en la diversidad. El debate ideológico ha sido la base de esa alianza de las fuerzas populares y de izquierda. En definitiva, no es posible la unidad sin el debate, sin la polémica.

En la actualidad se suele rechazar la polémica ya que la crítica se interpreta como un ataque a la persona, y no como una lucha de ideas. Este es un grave problema para los pueblos, ya que las discusiones colectivas son las que permiten llevar adelante la construcción social de la verdad. El relativismo extremo, donde cualquier posición es válida solo porque alguien la sostiene, es el trasfondo filosófico (o ideológico) de este rechazo a la polémica.

Una posible alternativa a esta renuncia a la verdad es entender la relatividad histórica del conocimiento. Desde la humildad que significa asumir esta relatividad, se contrae el compromiso con la verdad, entendiéndola siempre como una construcción y reconstrucción permanente y contradictoria. En este artículo proponemos una mirada de algunas de esas polémicas en las que los y las comunistas hemos participado a lo largo de nuestra historia.

El socialismo científico plantea que sin organización revolucionaria no hay revolución posible, entendiendo a la revolución no como un acto espontáneo sino como un proceso de transformación radical de una sociedad, un cambio de clases en el poder, al decir de José Luis Massera. Esta cuestión organizativa, que siempre acompañó a la lucha programática de los pueblos, ha generado duras polémicas.

El Partido Bolchevique de Rusia, luego Partido Comunista de la Unión Soviética, fue una expresión histórica que supo hacer síntesis de esas polémicas, al mismo tiempo que llevaba adelante las tareas revolucionarias de su tiempo. El Partido Comunista del Uruguay nace en 1920 en el contexto de ese debate ideológico por el curso organizativo y programático de las luchas populares, inmerso en el caldo precoz que se coció al calor del fuego de la revolución rusa.

Para entender este debate es preciso comprender que el Partido Comunista es un partido político de nuevo tipo, una nueva forma de hacer política, superando el caudillismo y el electoralismo de los partidos tradicionales de la burguesía y la oligarquía, como también superando la dispersión de un movimiento sin vanguardia política.

Este partido de nuevo tipo tiene como principio organizativo el centralismo democrático. Esto significa la unidad de acción y la dirección colectiva como síntesis práctica de profundas discusiones y definiciones que toman sus integrantes, democráticamente, en la interna partidaria.

Es por ello que la crítica y la autocrítica son condiciones esenciales de la autoconstrucción de este partido de nuevo tipo, entendiendo la crítica como el estudio profundo de un problema y las posibles vías de su solución.

Esta concepción tiene su origen en el ‘Manifiesto del Partido Comunista’ en el que Marx y Engels plantearon la necesidad de un Partido político de la clase obrera, independiente de las otras clases, en especial de la burguesía. Lenin desarrolló esa idea y promovió, en el marco de la Tercera Internacional, la creación de Partidos Comunistas en todos los países del mundo.

Esta posición sobre cómo ha de organizarse el proletariado se desarrolló como alternativa a dos concepciones de la política. Por un lado, la tendencia denominada ‘movimientismo’, que hace énfasis en la lucha práctica, en la “espontaneidad” de las masas, renegando de la necesidad de un Partido como forma de organización.

El problema, y esto lo han demostrado las revueltas populares del pasado y del presente, es que sin la organización que forja un Partido, esa energía rebelde que estalla en determinado momento se va diluyendo al pasar el tiempo, no se sostiene. La organización partidaria permite ir generando síntesis políticas y organizativas que potencien la experiencia y el movimiento de masas.

Por otro lado, la idea del Partido político tradicional, que pone el acento en un líder o un puñado de líderes. Esta forma de concebir la política da lugar a lo que se conoce como burocratismo, el gobierno desde el escritorio, al margen de la experiencia de las masas, sustituyéndolas por la supuesta claridad del dirigente.

La bancarrota de la Segunda Internacional, al decir de Lenin, tiene que ver con este proceso en que los Partidos Socialistas o Socialdemócratas de Europa sustituyeron la acción de masas por la actuación parlamentaria o gubernamental de determinados “políticos”. Esto llevó a estos Partidos a tomar trágicas definiciones, como, por ejemplo, incentivar a la clase trabajadora a participar de la primera guerra mundial, guerra interimperialista, o la traición a la revolucionaria Rosa Luxemburgo.

Esta tendencia al caudillismo y al burocratismo en la izquierda, al quitarle protagonsimo a las masas, está condenada al fracaso. Un proyecto político popular, de izquierda, tiene como condición para su avance la democratización del Estado y la sociedad. El pueblo no puede ser un mero receptor de políticas sociales que mejoran su nivel de vida, sino que necesariamente debe darse un proceso en el que el poder vaya pasando a sus manos. Esa es una de las claves para arrebatarle el poder a las clases dominantes e ir desmontando ese aparato de dominación jurídica e ideológica que es el Estado moderno.

Como contracara de ese burocratismo electoralista, los Partidos Comunistas también han tenido que enfrentar lo que se ha denominado el ‘infantilismo’ o ‘izquierdismo’, que rechaza la participación en las elecciones y el Parlamento. La concepción leninista plantea que es necesario saber utilizar todos los medios de lucha en tanto sirvan como instrumento de acumulación de fuerzas para la revolución.

Otro aspecto de las polémicas a las que le ha hecho frente el comunismo tiene que ver con la cuestión programática. Por un lado, el comunismo se ha opuesto al reformismo, es decir a la idea de que se pueden ir realizando reformas sociales que vayan promoviendo un tránsito pacífico al socialismo.

La historia ha ido demostrando cómo las clases dominantes no están dispuestas a ceder su poder y sus ganancias, por más que democráticamente se haya resuelto un camino de transformaciones. La resistencia que la burguesía opone a las transformaciones sociales es otra de las razones, quizá la fundamental, que refuerzan la necesidad de un Partido que concentre y canalice la fuerza de la clase obrera y el pueblo.

Por otro lado, el comunismo también ha confrontado con la concepción trotskista de la revolución permanente, es decir la idea de que la revolución no puede triunfar en un solo país, sino que es necesario que se produzca internacionalmente, y que solamente puede ser conducida por la clase obrera, sin necesidad de alianzas de ningún tipo. Sin embargo, esta concepción lejos de potenciar el curso revolucionario, lo retrasa y lo trunca, al ponerle limitaciones teóricas al rico proceso de transformaciones revolucionarias.

Si bien la sociedad comunista solo será posible en tanto se derrote totalmente a la burguesía y se haya superado la tradición capitalista, la primera tarea de los y las comunistas de cada país es derrotar a la burguesía nacional. La lucha comunista es internacional por su contenido, pero nacional en su forma. Las peculiaridades de cada nación, geográficas, históricas, económicas, culturales, le imprimen a cada revolución sus propias peculiaridades, su propio rumbo, su marco de alianzas específico.

En síntesis, ninguna de estas polémicas está cerrada. Lo fundamental es aprender de la historia, de la experiencia de los pueblos. Desde esa base es que el comunismo se desarrolla como movimiento mundial que pugna por superar el injusto y desigual orden establecido.