Salud, paz y solidaridad para la humanidad

“De nuestro método para desentrañar la realidad y de nuestra voluntad, organización y acción para construir otro mundo mejor, depende el futuro”
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Fabricio Mato

Históricamente estamos viviendo un momento bisagra para el planeta que habitamos. Momento de enorme peligro para el futuro de la humanidad y de la naturaleza. Pero también con perspectivas.

La salud en su sentido amplio, como un concepto que abarca todo (alimentación, vivienda, trabajo digno, renta básica universal, desarrollo productivo, sistema universal de servicios públicos, cuidado del medio ambiente, derechos de las mujeres, derechos de las minorías, antirracismo, etc., etc.), junto con la paz y la solidaridad, son tres aspectos entrelazados que deberían ser el centro de una gran movilización internacional con la mayor amplitud que podamos imaginar.

Ahí, tras esas banderas, se pueden y deberían agruparse todas las fuerzas sociales, institucionales y gubernamentales capaces de reaccionar, intercambiar saberes y actuar para enfrentar el momento actual y encarar los graves desafíos del futuro.

Un ejemplo de un movimiento de esta naturaleza lo vivimos en momentos de la invasión a Irak, cuando se logró articular una vasta movilización en defensa de la paz, abarcando desde el Papa hasta el pueblo organizado en las más diversas instancias.

Como se ve, hablamos de paz, ya sea porque hay varias guerras en curso, como porque el zarpazo de los imperios siempre está latente como salida a las crisis y máxime ahora que la situación toca la médula del sistema con la bancarrota del petróleo, los coletazos de la pandemia que se entrelaza con la crisis previa de carácter sistémico y que es un año de elecciones en Estados Unidos. El caldero perfecto para salidas guerreristas.

El modo de producción, distribución y consumo en el que vivimos demuestra sus insalvables límites endógenos o estructurales.

Hasta el precio del petróleo se vuelve negativo, se paga por almacenarlo y el interés del dinero también es negativo; te cobran por depositarlo.

Esto golpea el “sentido común” de amplias masas de la población y tiene un valor simbólico innegable de señales de fin de un mundo tal cual lo conocemos. Pasan cosas inéditas.

Algo nuevo debe surgir para que la humanidad y la naturaleza sigan existiendo en el planeta. Pero si continuamos en la misma dirección, poco tiempo histórico nos queda para sobrevivir.

Solamente se puede continuar existiendo a condición de que pueblos y gobiernos con un mínimo de sentido humanitario se unan para terminar con el neoliberalismo que, por ejemplo, ha sumido a los países donde domina en el infernal desastre de los sistemas de salud públicos desmantelados e incapaces de enfrentar el coronavirus. Eso es un asesinato, como lo es también que, antes del coronavirus, día tras día 10 mil personas murieran por no tener acceso a la salud. O que se destruya la naturaleza a mansalva, dejando desiertos contaminados a nuestros descendientes.

Los recursos necesarios para las transformaciones imprescindibles existen y deben prioritariamente provenir del 1% más rico. Llegó la hora de un “Impuesto COVID” a los ricos muy ricos, un gravamen extraordinario.

Un impuesto que provenga en primera instancia de los 2.153 mil millonarios existentes en el mundo, que poseían más riqueza que 4.600 millones de personas en el 2019.

Estamos frente a un exterminio masivo que podría haberse evitado de existir sistemas públicos de salud y previsiones para enfrentar las enfermedades, enfermedades que surgen por obra de la mercantilización absoluta, o sea, volver objeto de compraventa todo lo que existe sobre la tierra, debajo de ella y en el espacio.

En esta era de la logística just in time (“justo a tiempo”) el virus llegó rápidamente a todo el planeta a lo largo de las principales cadenas de suministro, comercio, rutas de viajes aéreas y enclaves industriales. En el futuro seguirán apareciendo si nada cambia. Y seguramente sean más agresivos.

Ya en el 2005 se advertía desde nuestra mirada la inminencia del estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, con repercusiones a escala planetaria. Sucedió en 2007-2008 y arrastró consigo la economía del planeta entero.

Hoy seguimos sin salir de aquella Gran Recesión, por más que “técnicamente” se pretenda creer o se diga que se superó en el 2009. Las mismas recetas conducen a los mismos resultados. Y decimos esto porque ahora se está aplicando similar medicina.

El capitalismo en la época neoliberal es un organismo enfermo que necesita crear continuamente burbujas para seguir reproduciéndose.

Las enormes emisiones monetarias de dólares, euros y yenes hechas a pura maquinita de imprimir o las exenciones de impuestos como la de Trump en el 2017, no han hecho más que ir a unas pocas manos que no las invierten en actividades productivas a falta de ganancias adecuadas, sino que se dedican a la más pura especulación financiera, generando nuevas burbujas y pasajeros “efectos riqueza” (estimulantes de un desenfrenado consumismo) que mantienen funcionando al sistema agonizante.

Así, tal como ayer visualizábamos la burbuja inmobiliaria, hoy día podemos visualizar y enumerar (e invitar al lector a que investigue por su cuenta) las actuales burbujas en las bolsas de valores (con cotizaciones elevadísimas de las acciones mientras la producción manufacturera mundial se desplomaba), en los créditos a las empresas zombis o en el impagable endeudamiento mundial de Estados, empresas y familias.

Entonces, todo indica que el Covid 19 fue el detonante, la chispa para desatar una recesión mundial más profunda de lo que nadie hubiera pensado o previsto. Crisis que hubiera estallado igual sin la pandemia, pero que indudablemente ésta potencia a honduras inimaginables.

Ante esta realidad, la pregunta que debemos hacernos es sí estamos dispuestos a encarar los desafíos, analizar las circunstancias y actuar en cada país por las demandas propias de cada nación y, al mismo tiempo, elevar la mira (tal como hicieron en su momento los Bolívar, Artigas, San Martín y Martí, entre tantos) y pensar y actuar a escala latinoamericana y mundial para acercarnos por vías democrático avanzadas a la sociedad del pan y de las rosas. Y salvarnos, entonces, de la profundización de la barbarie y el caos.

Hoy nuestras acciones individuales, incluso las limitadas a una olla popular en Uruguay, (ni que hablar de la lucha contra la Ley de Urgente Consideración) o a la lucha por un equipo de protección personal o las licencias pagas en Estados Unidos, adquieren otro significado y pueden contribuir a crear un nuevo orden de relaciones de fuerza entre las clases.

Es en ese todo, amplio y válido tanto para el concepto de salud como para el de lucha y organización, dónde se hace imprescindible fortalecer las organizaciones sociales, políticas y gubernamentales (aquellas para las que la vida está primero), de modo que se pongan unitaria, coordinadamente, al frente de este transversal, amplio y más que nunca necesario movimiento planetario.

Aunque no lo parezca, sólo de eso, de nuestro método para comprender y desentrañar la realidad y de nuestra voluntad, organización y acción para construir otro mundo mejor, simplemente solidario, depende el futuro. Nadie lo hará por nosotros y nosotras.