100 años de dignidad cumpliría hoy Luisa

Hoy, Luisa Cuesta, entrañable compañera, ejemplo de dignidad y de entereza, referente de la lucha por verdad y justicia y por una democracia plena, cumpliría 100 años. El mejor homenaje es seguir su lucha, como lo hicimos este 20 de Mayo y lo haremos cada día. Hoy, compartimos con ustedes la tapa y el editorial de la edición 450 de EL POPULAR, que le dedicamos, para adherir a las mil formas en que, sin dudas, nuestro pueblo hoy le dirá Presente.
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Compañera del alma

Murió Luisa Cuesta. Y las palabras no alcanzan, ni remotamente. Pero hay que empuñar la palabra como una herramienta de lucha, y entonces, luchar diciendo.
Y está bien, porque Luisa fue muchas cosas, pero en primer lugar fue eso, una luchadora, una militante, inquebrantable, ejemplar, digna.
Y no lo fue por un rato sino toda su vida. Y esa vida fue de 98 años. Casi un siglo de lucha por la libertad, la justicia social y la liberación de nuestro pueblo.
Luisa tuvo una vida dura. Nació en una familia humilde y a los 5 años perdió a su madre. Creció a cargo de una hermana mayor. Trabajó desde muy jovencita, en un taller de chapa y pintura, durante más de 20 años, en la Mercedes que fue su pago adoptivo. Se enamoró, construyó una pareja y tuvo un hijo. Su compañero murió muy temprano y crío sola a su hijo, Nebio. Siempre su hogar humilde fue refugio de los luchadores sociales, y cuando Nebio empezó a militar, más aún. Se cuentan por decenas los jóvenes militantes de entonces que dan testimonio de que nunca faltó un plato de comida solidaria, aunque hubiera poca, en la mesa de su hogar. Fue presa política ella, detenida en 1973, un día después del golpe de Estado y encarcelada en el Cuartel de Mercedes, con los ojos vendados y torturada, durante siete meses. Enfrentó el secuestro y la desaparición de su hijo, Nebio, militante del Partido Comunista Revolucionario, en 1976, en Buenos Aires, en una operación del Plan Cóndor. Debió exiliarse, primero en Argentina, para escapar de la persecución aquí y luego en Holanda, cuando también Argentina cayó en las garras del fascismo. En el exilio, en 1978, hace exactamente 40 años, fundó la Asociación de Familiares de Uruguayos Desaparecidos (AFUDE) y luchó incansablemente denunciando la desaparición de su hijo y la de las compañeras y compañeros. En 1981 recibe otro golpe, muere en prisión, a consecuencia de las brutales torturas recibidas, su hermano, Gerardo Cuesta, dirigente obrero y del Partido Comunista de Uruguay. Luego de la recuperación democrática vuelve al país, en 1985, participa de la Asociación de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos y presenta la denuncia sobre la desaparición de su hijo. La ley de Caducidad frena la causa. Participa de la lucha por juntar las firmas para derogarla y luego de la campaña del Voto Verde. Tras la derrota, mantiene la lucha en Familiares, y es una de las impulsoras, en 1996, de la Marcha del Silencio el 20 de Mayo, que le da un nuevo impulso a la lucha. En estos 22 años transcurridos no faltó nunca, salvo cuando su salud se lo impidió. Es imposible no recordarla hablando en nombre de todos y todas en el sepelio de Ubagésner Chaves Sosa.
Fue una mujer íntegra, intransigente, dura en sus opiniones políticas y de una coherencia formidable en su práctica militante. Planteó diferencias tácticas y estratégicas en la lucha contra la impunidad. Criticó implacablemente a las y los fascistas impunes y su silencio cobarde. También a los presidentes que defendieron y operativizaron la impunidad, Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle. No escondió sus diferencias con lo que entendió como falta de decisión política para avanzar en la lucha contra la impunidad de los gobiernos del Frente Amplio. Igualmente, sin rebajar un ápice sus planteos críticos, apoyó todos los espacios que implicaran avances, se reunió con Jorge Batlle y su Comisión para la Paz, con Tabaré Vázquez y con los gobiernos del Frente Amplio.
Se preocupó siempre por hablar y escuchar a los jóvenes y por encontrar nuevos caminos para la lucha, por ejemplo, impulsando la Marcha del Silencio o luego la campaña de “Todos somos familiares”, es inolvidable su sonrisa feliz en el Velódromo cuando se lanzaron las remeras con esa inscripción, rodeada de cientos de muchachas y muchachos conmovidos por tenerla al lado.
Luisa es una referencia ineludible de la lucha por la democracia, por la libertad y contra la impunidad. Junto a Luz Ibarburu, María Almeida de Quinteros y María Esther Gatti de Islas, sin ser injustos con las decenas de compañeras y compañeros que deberíamos también nombrar, se transformó, sin quererlo ni buscarlo, en símbolo de dignidad. Son cuatro mujeres entrañables que integran la memoria colectiva del movimiento popular uruguayo. Son parte de nuestra reserva ética más inexpugnable. Uno de los componentes más queridos de nuestra identidad militante.
Y, además, Luisa es parte de la mejor historia de la democracia uruguaya. De la historia con mayúsculas, de la que está por escribir.
Luisa recibió homenajes en vida, pudimos mostrarle todo lo que la queríamos. La UDELAR, merecidamente, le otorgó la distinción de “Doctora Honoris Causa”; la Intendencia de Montevideo la nombró “Ciudadana Ilustre” y le puso su nombre al Centro Cívico de uno de los barrios más humildes de la capital, en Casavalle, y eso, seguramente, es lo que más le debe haber gustado a Luisa; o quizás no, quizás le haya provocado más alegría que la FEUU le haya puesto su nombre a una Convención; o tampoco, a lo mejor fue que Curtidores de Hongos le realizara un hermoso homenaje en el 2014, y la definiera como “una gigante pequeñita que no ha dejado de pelear contra el olvido”; aunque tal vez lo que más disfrutó fue el cariño de los militantes estudiantiles haciéndole un cordón de seguridad y de ternura cada 20 de mayo, y verles el pecho repicando de orgullo y los ojos húmedos por la bendición de tenerla cerca un ratito y poder cuidarla.
Luisa se fue sin saber, pero también sabiendo.
Se fue sin saber dónde están los restos de su hijo Nebio, y de todas y todos los desaparecidos, por los que luchó con la misma fuerza que lo hizo por su hijo. Se fue sin saber qué pasará con las más de 300 causas judiciales abiertas por delitos del Terrorismo de Estado. Se lo negó la impunidad que todavía no pudimos derrotar. Se lo negaron la cobardía de los fascistas, con uniforme y sin él, aún impunes. Se lo negaron los dirigentes políticos, los medios de comunicación, todas y todos los que defendieron y defienden la impunidad y a los impunes. Se lo negó la complicidad de una parte, nada menor, del Poder Judicial, funcional a la impunidad y defensora del status quo y del poder, de los cuales la impunidad es parte y resorte fundamental. Se lo negó nuestra incapacidad para generar la suficiente fuerza de pueblo organizado para avanzar más en la lucha contra la impunidad. Se lo negó, también, la falta de mayor voluntad política y decisión de enfrentar al poder, y avanzar más contra la impunidad, de nuestros gobiernos de izquierda.
Pero se fue sabiendo que nunca estuvo sola. Que logramos entrar a los cuarteles y encontrar a Fernando Miranda, a Ubagésner Cháves Sosa, a Julio Casto y a Ricardo Blanco. Que recuperamos a Mariana, a Macarena y a varias niñas y niños que el terror y el fascismo nos habían arrancado. Que los 20 de mayo son cada vez más grandes, que se hacen en cada rincón del país y que decenas de miles de jóvenes abrazan con pasión y compromiso la bandera que sus manos levantaron. Que tenemos un Memorial de los Desaparecidos y un Memorial en el Penal de Libertad. Que tenemos más de 20 marcas de la memoria en Montevideo y más de 60 placas de la memoria en todo el país, una de ellas en el Cuartel de Mercedes, donde la tuvieron siete meses presa. Que tenemos una Fiscalía especializada en DDHH que ha dado nuevo impulso a las causas judiciales. Se fue sabiendo que sus compañeros y compañeras de Madres y Familiares siguen más firmes que nunca. Se fue sabiendo que su lucha germinó en todo el movimiento popular uruguayo, en sus expresiones clásicas y en las nuevas. Se fue sabiendo que la queremos, la respetamos y que honraremos su memoria luchando, como ella nos enseñó que debe honrarse a las compañeras y los compañeros.
Luisa se fue sabiendo que cientos de miles de uruguayas y uruguayos tenemos memoria, y como tenemos memoria no habrá olvido, y como no habrá olvido, no habrá impunidad; tendremos verdad y justicia, porque al igual que Luisa a lo largo de toda su vida, seguimos dispuestos y dispuestas a luchar por ellas.
Y eso se va a expresar hoy cuando con el corazón en la mano vayamos a acompañarla. Si hoy tampoco va a estar sola. Nunca la dejaremos sola.
Duele la ausencia de Luisa. Duele que se haya ido sin saber. Pero en medio de esa tristeza que aprieta el pecho y nubla la vista con una neblina húmeda, consuela saber, sin sombra de duda, que también se fue sabiendo.
Y desde nuestro cariño y respeto, reconforta, querida Luisa, poder decirte, que desde nuestra humanidad conmovida también sabemos nosotros.
Sabemos a ciencia cierta que, como dice Eduardo Darnauchans: “Andarás por algún lado, dándole sentido al aire y a las cosas. Sin ti no hay canción posible”.

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