“800 mil firmas lo cambian todo”

La frase es de Juan Castillo, secretario general del PCU, se la tomamos prestada porque es una excelente síntesis del tsunami político que se vive en nuestro país desde hace una semana. Esto sigue siendo así, por más que intenten ocultarlo o desviar la intención. Nada está igual. Empezando por lo principal: el pueblo, el verdadero protagonista de todas las historias.

El gobierno y la derecha, social y política, es decir la coalición penta partidaria y sus “organizaciones sociales afines”, las Cámaras Empresariales, en particular la de los dueños y dueñas de los medios de comunicación, la Asociación Rural y la Federación Rural cuyas internas vuelven a definir la titularidad del Ministerio de Ganadería, siguen empeñados en hablar poco del asunto, así se nota menos. Pero es tan grande el paquete que no es tan sencillo de tapar.

La reacción de la derecha y del poder ha sido demostrativa de la magnitud del impacto político sobre toda la escena nacional.

El presidente, Luis Lacalle Pou, cada vez más encerrado en su burbuja de soberbia clasista, cuando le consultaron sobre que opinaba de la cantidad de firmas conseguidas, con desprecio y desdén, como si eso significara algo, respondió: “Si hay referéndum discutiremos”. Increíble. No entiende nada. Señor presidente, si se juntaron 800 mil firmas es porque al menos más del doble de personas, más o menos 1.600.000, hablaron entre sí. Hace meses que se está discutiendo sobre la Ley de Urgente Consideración, su contenido retardatario y su forma antidemocrática.

Que en sus repartidos de prensa amiga no se lo cuenten, que sus expertos en marketing político le sigan diciendo que todo va fenómeno, no quiere decir que no pasen cosas.

Operadores políticos bastante más realistas de la derecha, como Goñi y Gandini, reconocieron que no esperaban que se llegara a las firmas, mucho menos a 800 mil y que van a tener que hacerse cargo; es decir analizar la nueva realidad generada y actuar en función de ella.

Otro avezado dirigente político, Julio María Sanguinetti, se dio cuenta de la magnitud del sacudón y salió presto, pero con los folletines atrasados. Volvió a agitar el miedo, su herramienta política preferida. Sanguinetti es el creador de la eterna transición, que bloqueaba cualquier transformación posible y que lo colocaba a él, a su persona, como único garante de la estabilidad. Agitó infamemente el miedo cuando el referéndum contra la Ley de Caducidad, a niveles miserables. Se vanaglorió de no haber perdido ninguna huelga. Aunque esto último no se lo creyeron mucho porque metieron en la LUC un recorte bestial al derecho de huelga, para asegurarse. Pero el salió con cara de circunstancia y verbo florido a decir que está en peligro el Estado de Derecho. Es de esperar que esas tretas ya no le rindan tanto como antes, para empezar, antes hablaba como una de las principales figuras de un partido que era sinónimo de poder y con un peso enorme en la realidad nacional. Hoy lo hace como el vocero de una colectividad política que no logra levantarse después de revolcones históricos y está en ese lugar, precisamente, por figuras como Sanguinetti y por sus prácticas políticas, que hoy se repiten.

No parecen haber registrado muy bien el impacto en la ciudadanía de su restauración conservadora y del ajuste neoliberal. En la Rendición de Cuentas y en las pautas salariales el Herrerismo, que arrastra tras de sí a sus socios, insiste en el mantra fundamentalista de gente como Arbeleche y Alfie. Están presos de su ideología y de sus intereses de clase.

La reacción del poder y la derecha es una muestra de la importancia de lo logrado, pero no la única, ni la principal.

La más importante es lo que está pasando en el propio movimiento popular. La felicidad y el entusiasmo que se manifestó masivamente el viernes pasado, si el viernes pasado, hace apenas una semana. Tiene un enorme valor. Y no hay que permitir que disminuyan su impacto. De ninguna manera.

No es poca cosa lo que se logró. Se juntaron más firmas para impugnar una ley que nunca antes. Cuando juntamos firmas contra la Ley de Caducidad, en casi dos años, logramos 670 mil. Para defender ANTEL y las empresas públicas logramos 700 mil, en el 2001. Y por ANCAP, en el 2003, logramos también 700 mil.

Esta vez, en apenas seis meses, en medio de una pandemia y una crisis económica y social creciente, con miles de militantes sin trabajo, luego de una derrota política en las elecciones, sin concentraciones laborales, sin espectáculos artísticos o deportivos, sin clases presenciales, con un gobierno con un respaldo político de toda la derecha y de la mayoría de los medios de comunicación, sin casi publicidad, se lograron 800 mil firmas. Es un disparate. Una verdadera hazaña política y militante.

Y eso fue posible por varias razones: la decisión de luchar, de no rendirse ante la arremetida del poder, eso encarnó el sentimiento de miles; la construcción de la unidad más amplia posible, social y política, en cada paso; la organización del esfuerzo, en todo el país, planificadamente; la disposición y la cultura militante de miles, decenas de miles, que salieron a la calle, respondiendo a la convocatoria de las organizaciones populares y trascendiéndola en el tramo final. El aluvión final fue un salto en calidad de la acumulación construida, con perseverancia, durante meses, sin ese esfuerzo permanente y organizado, no habría sido posible.

Insistimos la principal conclusión política que se desprende de haber conseguido las 800 mil firmas es que el movimiento popular uruguayo, sus expresiones sociales y políticas, cuando actúan en unidad, tienen capacidad propia de movilización para transformar la realidad y disputarle la iniciativa política a las clases dominantes, aún sin el gobierno.

Eso es lo que hay que atesorar y proyectar hacia el futuro. Hay que hacerlo, porque para avanzar hay que ser capaces de valorar en su justa medida los pasos que se dan, y 800 mil voluntades, expresadas en firmas son mucho.

Tanto que lo cambian todo.