Por Victoria Alfaro (*)
Pocos casos como el asesinato de Jonathan Correa a manos de su padre (Jonathan Calero), encierran una realidad muy cruda que nos atraviesa a todos y todas, evidenciando una falla enorme como sociedad y la necesidad de políticas de Estado que ataquen la violencia desde la raíz.
No es siguiendo el griterío de una turba enfurecida que se solucionan estos problemas.
Jonathan tenía 15 años de maltrato, vivía en un entorno familiar violento en todos los aspectos, carecía de un techo digno y de una alimentación constante. Su padre era consumidor de drogas desde chico, había estado en la cárcel varias veces. El adolescente sufría violencia de forma sistemática y no solo de parte de su padre sino también de su madre y abuela, mostrando que la violencia atraviesa generaciones.
El adolescente no fue cuidado, no fue atendido, incluso le costaba ir a estudiar debido a que su familia no quería. Un joven inteligente al decir de sus compañeros de clase. Todas las banderas rojas estaban ahí, denuncias de violencia doméstica realizadas por los centros de estudio desde que era un niño. Sin embargo, todo quedó en nada hasta que su padre lo mató y dejó su cuerpo en una cuneta en Flor de Maroñas.
El Estado falló.
Jonathan no solo fue víctima de su progenitor, sino también de un entorno violento marcado por la marginalidad de una familia empobrecida y embrutecida por la violencia generacional.
Para muestra basta un botón: el impacto de la noticia consiguió que sus primos y hermana terminaran bajo la custodia de las autoridades ya que ningún adulto pareciera estar libre de haber ejercido violencia.
Y es aquí cuando debemos preguntarnos ¿Cuántos Jonathan tenemos en nuestros barrios? ¿Cuántos Jonathan viven aterrorizados bajo la violencia de una sociedad que mira para el costado?
Es hora de dejar de mirar para el costado y comprometernos.
Para frenar este flagelo es necesario implementar políticas integrales, con solo meter a la cárcel a los violentos no arreglamos nada. Son necesarias políticas de Estado que ataquen la pobreza de las familias que sobreviven en nuestros barrios, políticas que vayan al hueso y que terminen con la desigualdad económica y social.
Es cierto que la violencia doméstica está presente en todos los estratos sociales, pero no es menos cierto que la pobreza es un factor crucial en su génesis.
¿Cuántos Jonathan tenemos que sacrificar para hacer una sociedad mejor en un país que produce alimentos para 30 millones de Jonathans?
Alguno puede cuestionar que tiene que ver el caso de Jonathan con la desigualdad y la pobreza.
Mucho, cuanto más desigual y pobre es una sociedad más se enquista la violencia en sus entrañas, la misma brutalidad que se llevó la vida de este jovencito de 15 años.
Necesitamos políticas de vivienda que pongan techos dignos sobre las cabezas de los miles de Jonathan que hoy no lo tienen. Precisamos políticas para que los presos y presas no salgan de la cárcel peor de lo que entraron como Jonathan, el padre de Jonathan.
Políticas donde “los más infelices sean los más privilegiados”, para que en el futuro no tengamos más Jonathan muriendo víctimas de un Estado que no supo cumplir.
(*) Periodista. Directora de EL POPULAR.






















