Sigamos diciendo No Pasarán

Hoy se cumplen noventa años del inicio del golpe militar que un grupo de generales lanzó contra el gobierno legítimo de la Segunda República española, golpe que abriría el camino a la dictadura fascista de Francisco Franco. Este proceso fue el intento más violento de aplastar, en pleno corazón de Europa, una experiencia democrática que había repartido tierra, alfabetizado pueblos enteros, separado la escuela de la sotana y logrado el voto de las mujeres. Noventa años después, conviene preguntarse por qué ese hecho sigue doliendo tanto y, aún hoy, debemos insistir en su memoria.

El levantamiento contra la República no fue por errores propios o desgastes de gobierno, sino porque tocó intereses que no estaban dispuestos a resignar ni un privilegio. La reforma agraria amenazaba a los grandes terratenientes. La educación laica amenazaba a una Iglesia acostumbrada a monopolizar las conciencias. La autonomía reconocida a Cataluña y la amenaza de recorrer el mismo camino del País Vasco amenazaba a un ejército que se pensaba a sí mismo como garante de una España única e inmutable. Cuando esos sectores entendieron que no iban a recuperar por las urnas lo que habían perdido, eligieron las armas. No fue la primera vez que una minoría privilegiada prefería incendiar el país antes que aceptar perder una elección, y tampoco sería la última.

Cabe recordar que el golpe no triunfó rápidamente, fue resistido por un pueblo que salió a la calle. En Madrid, en Barcelona, en tantas otras ciudades, fueron los sindicatos y los partidos obreros organizados los que armaron a sus militantes, asaltaron cuarteles y sostuvieron junto a una Guardia Civil de un Estado, sorprendido y desbordado, que no alcanzaba a defenderse por sí solo. La resistencia a los sublevados empezó en las fábricas, en los sindicatos, en los comités de barrio que se organizaron en cuestión de horas. La consigna que resumía esa defensa, «no pasarán», pronunciada por Dolores Ibárruri “La Pasionaria” en los primeros días del levantamiento era la descripción exacta de lo que miles de personas estaban dispuestas a dar: su vida.

Lo segundo que hay que recordar es la pasividad cómplice del resto de Europa. Francia tenía un gobierno de Frente Popular, encabezado por León Blum, que simpatizaba abiertamente con la República Española y que sin embargo terminó impulsando un pacto de no intervención bajo presión británica y por miedo a su propia derecha interna. El Reino Unido llamó a la neutralidad y presionó para que nadie enviara armas a ninguno de los dos bandos, como si se tratara de un conflicto simétrico entre iguales. Mientras tanto, Hitler y Mussolini firmantes del pacto de no intervención, enviaron aviones, tropas a la Legión Cóndor, que en 1937 bombardeó Guernica hasta reducirla a escombros como ensayo general de lo que años después harían sobre el resto del continente. La neutralidad de unos y el intervencionismo de otros eran, en los hechos, una sola política, la de dejar que el fascismo ganara. El comité de no intervención que Francia y el Reino Unido impulsaron en Londres reunió a más de veinte países en el papel, mientras Alemania, Italia y Portugal seguían enviando armas con total impunidad. La República quedó así dependiente casi en exclusiva de la ayuda soviética, una dependencia que después el propio fascismo usaría como propaganda, cuando en realidad había sido el abandono de las democracias europeas el que la empujó a ese rincón.

Frente a esa pasividad de los gobiernos, la respuesta vino de los pueblos. En setiembre del ‘36 la Internacional Comunista resolvió formar las Brigadas Internacionalistas. Decenas de miles de mujeres y hombres voluntarios de más de cincuenta países cruzaron fronteras, desafiando a sus propios estados neutrales, para integrar las Brigadas Internacionalistas y pelear por una causa que no era formalmente la suya. Cientos de esas personas fueron de América Latina; Cuba puso cerca de mil, el contingente más grande del continente. Los uruguayos fueron dieciocho, que entendieron que la suerte de Madrid no le era ajena a nadie que creyera en la democracia. Fue, probablemente, el episodio de solidaridad internacional más grande que había conocido el siglo, y llegó exactamente donde los gobiernos habían decidido no llegar. Muchos de esos voluntarios murieron sin haber pisado nunca antes suelo español, defendiendo trincheras de un país que no era el suyo porque entendían, con una claridad que a sus propios gobiernos les faltó, que la democracia que se perdía en Madrid tarde o temprano se iba a extrañar en cualquier otra parte.

La guerra terminó en 1939 con la derrota de la República y con casi cuarenta años de dictadura, represión, fusilamientos y exilio que siguen marcando a España hasta el presente. La derrota de la República fue el resultado de haberla dejado sola frente a un enemigo que sí tuvo, desde el primer día, todo el respaldo que necesitaba. En los primeros meses de 1939, cerca de medio millón de personas cruzaron a pie la frontera francesa huyendo del avance de las tropas franquistas, en un éxodo que se conoce como la Retirada. Del otro lado no las esperaba refugio sino playas convertidas en campos de internamiento improvisados, vigiladas por el mismo país que unos años antes se había negado a mandarles armas para defenderse. La República francesa, que luego caería frente al avance nazi, custodiando refugiados antifascistas con tropas coloniales.

Contar esta historia no es un ejercicio de nostalgia. Noventa años después, el mundo vuelve a convivir con discursos de odio que las redes sociales multiplican y replican sin freno, mucho más rápido y mucho más lejos de lo que cualquier panfleto de los años treinta podría haber soñado. Estados Unidos tiene en Donald Trump, como cara visible, a uno de los principales impulsores de esa degradación, con un discurso que erosiona a la vez las instituciones democráticas, las formas republicanas, el derecho internacional y hasta los límites morales más elementales de la vida pública. En la región, Javier Milei ensaya una versión propia del mismo fenómeno, con la crueldad presentada como virtud de gobierno. Y en Europa, la ultraderecha vuelve a crecer en las urnas con una normalidad impensable, gobernando países enteros o empujando desde la oposición una agenda que hace veinte años hubiera quedado en los márgenes. No hace falta un golpe militar para reconocer el mismo guión, debería alcanzar con ver cómo se van corriendo, uno por uno, los límites de lo que un dirigente puede decir en público sin pagar ningún costo por ello.

Frente a este presente como hace 90 años, no hay lugar para la falsa neutralidad. Lo que sufre hoy el pueblo palestino tiene nombre y es genocidio, y la indiferencia frente a eso no es una posición prudente ni equidistante, es la misma pasividad que dejó caer Madrid, actualizada y transmitida ahora en vivo. Las amenazas constantes y el bloqueo genocida contra Cuba tampoco son un asunto ajeno para quienes se reconocen en esta historia, aunque vengan con otro vocabulario y otras siglas. La barbarie no deja de serlo porque ocurra lejos, ni porque hayan pasado noventa años, ni porque el bombardeo de hoy tenga otro nombre que Guernica. Ser de izquierda, hoy como entonces, incluye no mirar para otro lado cuando el fascismo avanza, no importa en qué rincón del mundo lo haga.

Por eso debemos volver, en esta fecha, a este aniversario. No para depositar una ofrenda, sino para sostener viva una lección fundamental. Frente al avance del fascismo no alcanza con estar en desacuerdo, no alcanza con la denuncia cómoda en las redes. Hace falta organizarse, cómo se organizaron aquellos que asaltaron cuarteles sin esperar la orden de nadie, y cómo se organizaron los que cruzaron el océano y sus fronteras para pelear una guerra que no era, en principio, la propia, dispuestos a dar hasta su propia vida. La tarea hoy es rescatar a esos que resistieron, y que concurrieron en un acto de solidaridad sin precedentes y que su ejemplo sean una guía para la acción.

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