A José, el cañero

Cuando el feudalismo arrecia solamente la organización y el colectivo pueden protegerte.
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Me arrogo el atrevimiento de escribirte una carta José, a ti y a todos los que como tú trabajan aislados y aisladas en los establecimientos rurales. Me enteré por la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA) que te encontraron a la vera del camino, casi por casualidad, y que apenas podías caminar a causa de los rebencazos recibidos por ese capataz del establecimiento donde trabajabas.

Leí que ese día cuanto tomaste el machete, este tenía excremento en su hoja y al parecer era una práctica habitual de tu capataz, que ya era famoso por ser un abusador desde hace tiempo y nunca pasó nada.

Primero te dijo que cortaras bien la caña de azúcar, luego, aunque lo habías hecho bien, no le gustó y como no encontró otra forma de manifestar su frustración y sadismo te fustigó con el rebenque, acusándote de algo que no habías hecho. Más tarde gracias al apoyo del sindicato pudiste hacer la denuncia e ir al hospital a curar tus heridas.

José, no estás solo, detrás de lo que te sucedió hay decenas de historias parecidas y la mayoría ni siquiera con conocidas. Te cuento que tu relato trajo a mi memoria otro relato, uno que me contaron hace años, a principios del año 2000 cuando recorría la campaña en Tacuarembó. Allí en uno de los tantos boliches que visitaba, lugares típicos y de visita obligada en cualquiera de estos pueblos surgidos de la tierra al costado de los caminos rurales, me contaron la siguiente historia:

Ese mismo día, unas horas antes de que yo llegara al lugar, muy temprano un poco después del amanecer y con el suelo recalentado de tanto calor, llegaron al boliche tres paisanos cansados y repletos de polvo. Llevaban horas caminando ya que la estancia donde trabajaban estaba a varios quilómetros del pueblo. Venían buscando comida, agua y yerba. El “patroncito” solo les había dejado raciones para quince días y hacía más de un mes que no tenían novedades de él, nunca sabían cuando iba a la estancia.

Pablo, el dueño del almacén les dio agua y algunos alimentos, “después arreglamos” les gritó mientras los tres paisanos emprendían rápidamente la vuelta con miedo de que fuera a llegar el patrón y no los encontrara. Según me contó, no era la primera vez que eso pasaba, pero lo que más tenía disgustado a Pablo era el miedo atroz que había leído en los ojos de los peones, terror de llegar tarde a “las casas”. “Pobres”, agregó bajito sacudiendo la cabeza, “mucho más no puedo hacer”, dijo como enojado consigo mismo. Pablo no me quiso decir quién era el dueño de aquella estancia, sólo me dijo que era uno de los “gordos”.

Con esa historia grabada en mi memoria, unos años después, estando en la capital del mismo departamento, recibimos, en uno de los tantos comités del Frente Amplio y en plena campaña electoral del 2004, a otro trabajador rural. Todos los días venía a tomar mate, estaba enfermo, hacía poco lo habían operado de una pierna ya que se había caído del caballo mientras tropeaba y obviamente no podía trabajar. Se alojaba en una pensión de la ciudad recuperándose con los pocos recursos que tenía. Extrañaba su hogar, quería volver lo antes posible con su familia, pero no tenía ni idea cuándo iba a poder, ni siquiera sabía si iba a quedar en condiciones de retornar al trabajo. Eso lo tenía muy preocupado.

Conversando un día y otro también, me contó que vivía en un ranchito de techo de paja y barro con piso de tierra. El agua la sacaba de un pozo y la luz era a vela. Le pregunté si le pagaban por su trabajo y “alguna cosita sale”, decía y luego agregaba que hacía mucho tiempo que el patrón ya no le daba más carne. “Antes no nos faltaba, pero claro, ahora está muy cara, la venden toda”, justificó. Contaba que se había acercado al comité no sabía bien por qué, pero esperaba que el Frente Amplio ganara las elecciones. “No se olviden de nosotros”, fue lo que me dijo la última vez que lo vi.

Hay muchas historias como esas y aún peores como lo que te sucedió a vos. En la soledad del campo todo puede pasar y la indefensión de los trabajadores rurales es muy grande. Recién hace poco tiempo ustedes obtuvieron el derecho a las ocho horas de trabajo (que Luis Lacalle Pou no votó cuando era parlamentario), más de 100 años después de implementado con el resto de los trabajadores y trabajadoras.

¿Sabés cuál es la excusa de los patrones, José? Que el campo no funciona así, que son una “gran familia” y las relaciones son “diferentes”, pues tengo que decirles que se nota y mucho. Si serán diferentes cuando todavía actúan como señores medievales que disponen a su antojo de sus “sirvientes” y los castigan si no se portan “bien”.

No es una casualidad que sea en el campo dónde sale lo peor que puede suceder en una relación laboral: abusar del poder y pegarle a un trabajador hasta destrozarlo y encima despedirlo sin atención médica, ni ningún tipo de indemnización. Lo sucedido contigo en Bella Unión es sólo la punta del iceberg.

¿Esas son las relaciones “diferentes” de las que hablan los “patroncitos”? Claro que sí, mantener sus privilegios es lo que desean, por eso se organizaron en “Un solo Uruguay” y desde hace muchos años vienen dictando cátedra de “buenas costumbres” y hablan de “familia”, mientras acumulan millones y millones de dólares. A través de sus gremiales combatieron y combaten al Frente Amplio día tras día, hora tras hora. Siempre fueron parte del verdadero poder en este país, nunca se fueron.

Y es así, con ese inmenso poder que en una batalla desigual, combaten día tras día contra la organización sindical desde todos lados. El sindicato es lo único que puede protegerte a ti y a todos los trabajadores, estén donde estén y mucho más cuando trabajan solos o en pequeños grupos, a decenas y a veces centenares de quilómetros de las ciudades y ni que hablar de Montevideo, donde todavía no entendemos la gravedad de lo sucedido con José en Bella Unión. Quiero pedirte disculpas por eso José, por nuestra ignorancia y por hacernos los distraídos con estos hechos aberrantes, propios del siglo XIX.

Eso sí, estoy convencida que solo la organización sindical puede protegerte José y a todos tus compañeros y compañeras que como vos salen a buscar el puchero a diario.

Sin más y esperando que se haga justicia al fin, me despido atte. con un abrazo fraternal.

Victoria Alfaro

 

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