A propósito de las «águilas con garras ladronas»

Luego de vivir, con dolor, cómo el “águila con garras ladronas” (lúcida caracterización de Augusto César Sandino sobre el imperio estadounidense) bombardeó criminalmente al país y secuestró al presidente Nicolás Maduro, decidí tomarme mi tiempo para digerir y procesar el panorama. Lejos de una aproximación abarcante, que pretenda agotar por completo un hecho tan complejo, tan repleto de aristas, realizo un primer esfuerzo interpretativo y analítico, cuyo objetivo es comenzar el proceso de relevado de la fotografía de la nueva realidad.

Primero, un ajuste con mis planteamientos anteriores. A lo largo de estos meses, sostuve que Trump se estaba enpantanando y que la fatiga operacional, narrativa y geopolítica que experimentaba la campaña de agresión, en la bisagra entre noviembre y diciembre, ponía a Trump a decidir entre extremos, con los riesgos superando, por mucho, los beneficios potenciales de un cálculo arriesgado y catastrófico.

En varias entrevistas en La Iguana, en otros medios nacionales e internacionales, e incluso en una conversación con la periodista Mary Pili Hernández en Unión Radio, en la que osó regañarme y buscó ridiculizarme públicamente por plantear que era muy probable un ataque militar contra Venezuela, nunca subestimé el escenario más terrible de todos, el que efectivamente ocurrió el 3 de enero de 2026. Creo que, en lo estructural, mi enfoque iba y sigue yendo hacia el lado correcto, aunque no haya atinado del todo en el plano táctico. El avasallamiento técnico-militar que experimentó el país era muy difícil de prever con los datos disponibles; mucho menos el rapto criminal del Jefe de Estado venezolano.

Ahora sí, voy con el análisis:

Trump, claramente, obtuvo un éxito militar de altura, pero ello no quiere decir, automáticamente, que el golpe esté derivando en un éxito político y perceptivo de la misma contundencia. He allí su principal desafío: cómo convertir la agresión descarada contra Venezuela en un viento de cola que lo devuelva a una posición vencedora en el plano doméstico, donde se encuentra acechado por el caso Epstein y una crisis económica galopante, muy bien aprovechada políticamente por el Partido Demócrata, que sigue subiendo como la espuma y propinando batacazos electorales.

No se puede olvidar aquella lección teórica de Carl von Clausewitz en su tratado «De la guerra», cuya eficacia explicativa ha permanecido inalterada durante el siglo XIX, el XX y lo que va del XXI: “…. la naturaleza objetiva de la guerra la convierte en un cálculo de probabilidades; ahora bien, sólo hace falta un elemento para que sea un juego, y ciertamente no carece de este elemento: es el azar. No hay actividad humana que esté tan constantemente y tan generalmente en contacto con el azar como la guerra. Con el azar, sin embargo, el azar y con él la suerte ocupan un lugar importante en ella”.

Cálculo, probabilidad y azar, la santísima trinidad de la guerra. Si bien el cálculo militar era el secuestro de Maduro (bajo un endeble y ridículo molde jurídico con fines de justificación interna), el cálculo político era el derrumbamiento del Estado y la disolución de la República Bolivariana. Y, no olvidar, siguiendo con Clausewitz, que “…la intención política es el fin, la guerra es el medio, y los medios nunca pueden pensarse sin un fin”.

Una vez alcanzado esto, y ya con la constelación MAGA cada vez más abducida por la cosmovisión belicista de los halcones, el saqueo de los recursos naturales sería su conclusión lógica y prácticamente inmediata, consagrado mediante la fuerza bruta.

Es completamente falso, absurdo, el planteamiento dominante de un golpe quirúrgico que buscaba sostener la estabilidad del “régimen”, con el propósito de acceder a las vastas reservas energéticas y minerales de Venezuela en condiciones negociadas y de estabilidad. Esto no tiene sentido, ni en lo histórico (lo real) ni en lo teórico.

En Irak, Afganistán y Libia, el imperio-estado norteamericano perdió (influencia internacional, prestigio, vidas de ciudadanos de forma directa e indirecta, recursos fiscales enormes, etc.), pero las corporaciones y grandes bancos ganaron miles de millones de dólares.

El Estado, al final de cuentas, es un instrumento de la burguesía. Y así como destrozaron el derecho internacional y la Carta de Naciones Unidas, hoy enterrados bajo los cadáveres de niños y niñas inocentes en Gaza, instrumentos que la propia clase capitalista occidental configuró en un momento histórico específico de equilibrio de poder (el final de la Segunda Guerra Mundial y la bipolaridad con la URSS) donde no podía actuar libremente sin consecuencias, tampoco le va a importar utilizar a un presidente norteamericano y al Pentágono para alcanzar sus objetivos.

Los caos de Irak, Afganistán y Libia no fueron consecuencias “desastrosas” de un error de planificación. Fue un diseño programado, calculado, por las corporaciones estadounidenses, quienes transfirieron los costos del lucrativo desorden al Estado y los políticos norteamericanos, todavía hoy utilizados como factor de desviación de la crítica pública, estadounidense y mundial, sobre el drama que representaron dichas intervenciones sanguinarias.

Visto así, no tiene sentido, ningún asidero, ni siquiera un principio mínimo de realidad, la hipótesis del golpe quirúrgico para que el resto del chavismo, en una etapa post-Maduro, hiciera el “trabajo sucio” del saqueo energético. Las corporaciones ganan mucho más en las catástrofes, no en el los contextos de orden, porque la anarquía aumenta presupuestos de defensa, dinamiza la maquinaria de las contratistas de todo tipo de servicios y disuelve las trabas burocráticas impuestas a la acumulación originaria de capitales. Es el pentagonismo descrito con tanta lucidez por Juan Bosch.

Solo así es posible entender la desesperación de Trump por alcanzar un desenlace rápido y brutal que, justamente, va en este sentido tantas veces comprobado por la historia. Abiertamente, ha expuesto la idea de imponer en Venezuela una versión moderna de los protectorados estadounidenses de principio del siglo XX en el Caribe y Asia, impulsados, debemos recordar, por una noción del control comercial y económico exclusivo en beneficio de los capitalistas norteamericanos ligados al sector agroexportador y bancario.

El gran problema, ahora mismo, es que Trump, ni los intereses superiores que lo instrumentalizan, alcanzaron el cometido. Ni la probabilidad ni el azar los acompañaron. El jefe de la Casa Blanca ahora se expone, peligrosamente, a un estancamiento político que no le permita rentabilizar la agresión militar contra Venezuela. Una cuestión que ya se está haciendo visible: no ha conseguido remontar significativamente en las encuestas, el ataque no ha generado cohesión interna, y tampoco hay seguridad de que el secuestro de Maduro le sirva de apoyo para sostener el dominio del Congreso a finales de este año, ni silenciar efectivamente y a mediano plazo el acechante del caso Epstein. Además, ya hay señales e indiciones de una posible derrota en la esfera narrativa y simbólica dentro de EE.UU.

En definitiva, su triunfo contingente puede durar demasiado poco y disolverse entre las corrientes destructivas de un país que atraviesa una acelerada y profunda descomposición, mientras sus élites, con sus bombas lanzadas sobre suelo venezolano, le mostraron al mundo con sus resplandores de la muerte su agónica verdad: sin la guerra, la colonización y la esclavitud, el dólar se hunde y con él toda una arquitectura de dominación que sostiene un equilibrio de poder global favorable a EE.UU. que ya no se corresponde con la realidad demográfica, cultural, económica y social del mundo actual, asentado firmemente en Asia, principalmente.

Hay una dimensión profundamente simbólica en el bombardeo criminal sobre Caracas. Fue una cruda metáfora de que esa pequeña ciudad, más importante para la historia del mundo que Washington y cualquier otra ciudad europea equivalente, que vio nacer a hombres y mujeres de mayor envergadura civilizatoria que Napoleón Bonaparte o Alexander Hamilton, que fue el epicentro del cambio geopolítico más importante desde el nacimiento fatídico y genonida de la larga era de la dominación occidental sobre el planeta, es un recordatorio incómodo para quienes buscan convertir al mundo en cenizas a cambio de una noche más de bajos instintos en las islas Epstein que permanecen ocultas.
William Serafino, Investigador, Politólogo, Magister en Historia, Premio Nacional de Periodismo 2019. (Vnzla)

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