Carta casi íntima a mi hermano Gabriel

Javier Miranda (*)

 

¡Pah!, escribo “Carta” y vos sabés, hermano, que me viene inmediatamente la imagen de aquella Carta que nos llegaba desde la clandestinidad. Aquella, que nos traía, desde “los subterráneos de la libertad”, en plena dictadura, las voces de la resistencia. Y, en aquellos años, eso era una voz de esperanza.

Quizás pienses que estoy un poco sensible. Puede ser. Te confieso que lo de Felipe me pegó duro. ¡Qué injusticia! No logro convencerme. Él es parte de nuestras historias de vida, de nuestros desvelos y luchas. Caminos, dolores, desvelos y esperanzas compartidas. Y zas, sin más, un día te despertás y él no está. Así, sin explicación. Y te asalta, además del dolor de la pérdida, la fragilidad de la vida. Y desde allí me da por repasar lo recorrido. Con él, con vos, con tantas y tantos “que no los puedo contar”.

De ahí venimos. Aprendimos de derechos humanos sobre nuestras vidas, sobre los cuerpos y libertades de nuestros padres –Zelmares, Jorges, Fernandos- , en hombros de las historias de otras y otros muchos.

Desde allí construimos nuestro compromiso social, metiéndonos en las organizaciones estudiantiles, de trabajadores, sociales, en nuestros partidos. Convertimos ese doloroso aprendizaje en militancia. En la convicción de que vale la pena luchar por todos los derechos humanos, para todas y todos. Desde nuestra historia, construir memoria de futuro.

Y también en lo ideológico. Lo he contado –y te lo recuerdo ahora-: estoy convencido de que la doctrina de los derechos humanos es capaz de estructurar ideológicamente a la izquierda. La idea de igualdad, de igualdad en los derechos fundamentales, es lo que define esa corriente histórica que nombramos como izquierda. Nos reconocemos en una tradición que ha dado sus mejores esfuerzos para ir barriendo desigualdades, reivindicando y conquistando nuevos espacios de igualdad. Donde ser mujer, trabajador, negro y tantas otras identidades, no constituya barrera alguna para la atribución y el ejercicio efectivo de las condiciones de la dignidad humana.

Aprovecho, hermano, esta carta, en ocasión de los 500 números de esta otra Carta que hoy vos, junto a otros, conducís, para abrazarte. Para encontrarme en vos, en Felipe, en nuestras historias compartidas, con el compromiso de seguir escribiendo, con las compañeras, con los compañeros, en el Frente, en todos los frentes, el futuro que seguimos soñando.

Un abrazo, hermano querido.

 

(*) Presidente del Frente Amplio.