Eduardo Bleier: Mañana se realizará un homenaje a un año de la identificación de sus restos

Recordamos la entrevista realizada a su hijo Gerardo Bleier.
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Mañana 7 de octubre se cumple un año de la confirmación de la identidad de Eduardo Bleier, en este marco se realizará una marcha al 13 de Infantería y un acto:

En homenaje a su memoria EL POPULAR recuerda la entrevista realizada hace un año a su hijo Gerardo Bleier:

Eduardo Bleier: “Radicalmente humanista”

Su vida, su personalidad, sus convicciones políticas, la búsqueda, la recuperación “sanadora”. Entrevista a su hijo: Gerardo Bleier.

Por Gabriel Mazzarovich
Lo que sigue es la versión casi textual de una larga conversación, más que entrevista, con Gerardo Bleier, hijo de Eduardo Bleier. Eduardo era comunista, judío, frenteamplista, un organizador nato. Tenía 47 años cuando fue secuestrado en la calle el 29 de octubre de 1975, en el marco de la Operación Morgan, que la dictadura fascista lanzó contra la resistencia clandestina, en particular contra el PCU y la UJC. Eduardo había sido secretario de Finanzas del PCU, en el momento de su detención era el responsable clandestino de Propaganda, editaba la “Carta”, para denunciar los crímenes del fascismo y organizar la lucha.
Estaba casado con Rosa Valiño, que compartió su vida y su lucha y luego lo buscó incansablemente durante décadas. Tenía cuatro hijos, Irene, Rosana, Carlos y Gerardo.
Gerardo, su hijo, lo recuerda en esta charla, en todas las facetas de su vida. También recuerda la lucha y se compromete con el futuro.
No hace falta agregar nada más. Solo leerla.

¿Quién era Eduardo Bleier?

Eduardo Bleier era un temperamental comprometido que en su período de estudiante universitario fue acercándose a las necesidades y sensibilidades de los trabajadores, porque aquella FEUU era una FEUU justamente en la que se estaba procesando lo que luego concluye con aquella consigna de “obreros y estudiantes unidos y adelante”. Y varias veces me contó cómo fue esa aproximación al conocimiento profundo de las necesidades de los trabajadores. Y además un antifascista y antinazista radical. Eso confluyó luego hacia el Bleier comunista. Pero nunca perdió esos dos rasgos, el rasgo de una compenetración muy profunda con las necesidades de los trabajadores, no humanas solamente, sino con la potencia de dignidad humana del mundo del trabajo en general. Para mí fueron muy lindos los aleccionamientos que me hizo. Me llevaba a las fábricas ocupadas; él sabía que yo vivía en un mundo más bien pequeño burgués, en un buen apartamento en el centro de Montevideo, para que yo aprendiera a entender la complejidad de la lucha de los trabajadores, primero por sus reivindicaciones pero también por sus aspiraciones emancipatorias. Y la mejor manera de ayudarme a entender, además de, de vez en cuando, aleccionarme con conceptos que algunas veces yo no podía entender y otros que luego pude reflexionar en profundidad, era llevarme a las fábricas ocupadas. Pero no me llevaba de su mano, me llevaba y me dejaba y él seguía recorriendo y volvía a buscarme. Así que yo me quedaba con los trabajadores, a veces ocupando. Ese era Eduaro Bleier en el proceso en el que toma su decisión político-cultural fundamental, que fue afiliarse al Partido Comunista.
Eduaro Bleier era un ser humano pleno, al mismo tiempo era un temperamental apasionado que resolvía problemas, y por eso la potencia de su ser referencial. El debate podía durar 4 horas, después era la práctica, la solución, la acción. Era apasionado, práctico, temperamental, responsable, institucional y personalmente responsable, y al mismo tiempo capaz de la más imponente ternura, de conmoverse con pequeñas cosas. Esas dos cosas confluyeron con él en todo el período en el que yo pude disfrutarlo como padre y luego ya viene la clandestinidad, etc. etc., pero esos son los rasgos que como una corriente yo procuré incorporar, procesándolos en mi propia personalidad. Y son los rasgos que cuando hables con cualquiera que haya conocido a Bleier te lo va a subrayar. El era una personalidad muy difícil de encontrar. ¿Te acordás aquella cosa del Che? No perder jamás la ternura, en él era natural, la firmeza de carácter y de personalidad -temperamental- con esa capacidad de conmoverse, con la ternura.

-Nació en un pueblo del interior de Lavalleja, ¿cómo se expresaba eso?

Mi padre tenía una relación con lo gaucho y yo me acuerdo después, con el tiempo, lo del gaucho judío. Una relación natural y parte de su personalidad tenía que ver con eso. Una relación con la naturaleza que no es idílica, es una relación severa cuando te crias entre sus tempestades, entre sus dificultades para controlarla, para administrarla. Eso siempre fue un rasgo, una característica que quizá tenga que ver con su espíritu de libertad, con su capacidad de exteriorización, de abierta alegría. Pero hay un componente de él gaucho, en su hacer, en su cortar leña, en su forma activa de relacionarse con la naturaleza. Hay profunda espiritualidad en su forma de relacionarse con las personas y profundo temperamento y carácter en su forma de exigir la responsabilidad a las personas. Esa es la dialéctica, que lo caracterizaba, sin duda, el rasgo principal de su personalidad.

-¿Qué recordás de Bleier militante?
No podemos olvidar que el sentía una profunda admiración intelectual por Rodney Arismendi y José Luis Massera, pero profunda admiración. No es que no le inquietaran las cuestiones teóricas. Yo leí libros que él subrayó.

-¿Cuáles?
Aristóteles por ejemplo, él buscó, leyó la Lógica de Hegel. Pero por qué arranco por esta identificación de lugar de admiración, porque cuando nos ponemos en la vida de Bleier hay una primera etapa de imponente potencia creativa del Partido Comunista que sale de 1955 y que va avanzando y están los escritos de Arismendi, la búsqueda de la alianza con el Partido Socialista para formar un partido marxista dialéctico, amplio, inteligente, dinámico, creativo. Todo el esfuerzo de Arismendi que vale la pena leerlo, porque es increíble esa preocupación por la formación de la unidad obrera y de los partidos políticos de formación marxista. Eso repetía mucho Bleier, esa búsqueda.
Pero también hay que entender que parte de la personalidad de Bleier tiene que ver con las circunstancias que se van generando después. Una de las razones por las cuales fue tan brutal la saña de la tortura contra Bleier fue porque como era un hombre práctico, capaz de levantar montañas o atravesarlas si había que atravesarlas, él contribuyó decisivamente en la orientación intelectual de aquel gran Partido, teóricamente rico, a hacer posible que la teoría y la praxis, de verdad, se constituyese en una dialéctica productiva.
Por eso empecé hablando de las fábricas y de su relación con la dignidad de los trabajadores, con su espíritu formado en el trabajo duro, esta confluencia conduce a Bleier a ser protagonista de un esfuerzo colectivo que crea las condiciones para que los trabajadores empiecen a tener cada vez más influencia en la sociedad uruguaya. ¿A qué condujo el Congreso del Pueblo, la unidad del movimiento sindical, ese Partido que forja la unidad, que trabaja por la unidad y que termina en el Frente Amplio?, y bueno, conduce a que cada vez más la influencia de los trabajadores y sus aspiraciones democrático-igualitarias y emancipatorias fuera creciendo en la sociedad. Como eso ocurre en el medio de una crisis del Uruguay dramática, que durante casi 20 años no creció, con tasa de crecimiento económico cero, eso confluye hacia la crisis de la polarización social en el Uruguay.
Entonces a mí me importa siempre mucho resaltar que cuando pensamos el perfil, la biografía de aquellos dirigentes, entre ellos Bleier, tenemos que considerar la etapa creativo-productiva todavía en el Uruguay democrático, en el profundo democratismo que era capilar a la sociedad uruguaya, por suerte porque el batllismo había contribuido decisivamente a crear instituciones democráticas garantistas, entonces eso permitía, como decía Engels, el desenvolvimiento rozagante del movimiento obrero y de las praxis emancipatorias de los trabajadores. Pero luego viene la crisis y a muchos de los dirigentes de aquella época -no solo del Partido Comunista, de la izquierda incluso algunos dirigentes de los partidos tradicionales- los va arrastrando a una lógica de conflicto con lo que se empezaba a percibir como el fascismo. Cuando hablábamos de oligarquía-pueblo no lo hablábamos porque era un concepto discursivo, retórico o de consigna, lo hablábamos porque desgraciadamente la crisis del Uruguay fue generando un clasismo autoritario de parte de las clases dirigentes que es la causa sustancial de la crisis que lleva a la dictadura. Por eso, ese clasismo autoritario, por eso siempre tenemos que someter a crítica la teoría de los dos demonios. Más allá de cómo valoremos las actitudes que tuvimos en relación a cómo regenerar la cultura democrática uruguaya en lugar de ponerla en tela de juicio, todo el espíritu revolucionario de la Revolución Cubana, todo eso es un tema de honda magnitud, pero nunca debemos dejar de subrayar que todas las actitudes, las biografías, las prácticas políticas de aquellos años fueron matrizadas por ese autoritarismo elitista de la oligarquía que quería conducir ella solita -mediante métodos autoritarios- y en su beneficio, al Estado nacional. Y eso es lo que conduce a la crisis que lleva a la dictadura.
También eso tiene un impacto en los individuos, en la radicalización, en la polarización, después nos empiezan a asesinar, empiezan los atentados. Entonces cuando hacemos la biografía de nuestra memoria histórica en la forma de los individuos a los que tenemos que honrar, por lo que significaron y porque entregaron su vida, porque fueron capaces incluso de sacrificar su vida -con conciencia- en el momento más álgido tenemos siempre que tener conciencia, para no esquematizar, para no hacer ni un Bleier asá ni un Bleier así, fueron al mismo tiempo entusiastas creadores revolucionarios y, en algún momento, prácticos que tuvieron que enfrentar una realidad contingente que los llevaba a fortalecer el temple. Eran hombres de su época pero sus cabezas estaban impregnadas del profundo humanismo, de la aspiración democrático igualitaria como transición de la superación de la sociedad dividida en clases. Nunca lo perdieron. Enrique Rodríguez a quien admiraba profundamente, entrañablemente, era eso también.
Entonces cuando ahora encontramos sus restos a mí como hijo me parece importante que no rememoremos una estatua, que rememoremos un espíritu radicalmente humanista, porque eso era en el fondo. La enorme cantidad de veces que Arismedi recordaba aquella frase de “nada de lo humano me es ajeno”, no era una frasecita, era un contenido espiritual. Cuando mi padre nos llevaba los fines de semana a las reuniones en Santa Ana, donde estaba Chicha Ibarburu, Massera, y terminaban cantando canciones de la resistencia española, el espíritu era un espíritu profundamente humano, democrático. Ese espíritu lo era Eduardo Bleier en su sustancia y la imagen que quedó después, porque era además un revolucionario templado que cuando tuvo que poner el pecho a las balas lo puso, esa imagen que hay que honrar porque esa imagen es para pocos, cuando toca, pero no sublimar esa imagen porque no era solo eso. Era las dos cosas. Era un entrañable amante de la música, un individuo que identificaba en la mirada la sensibilidad de los otros y tenía la particular predisposición a respetar el valor de la sensibilidad humana y, al mismo tiempo, también un temperamental de carácter -te lo reitero- que cuando había que asumir responsabilidades se asumían porque era la decisión colectiva que había que hacer realidad.

“Siempre estuvo ahí”

¿Cómo impacta esta noticia, qué implica el hallazgo y la identificación?
Bueno (se hace un silencio, suspira). Por un lado es obviamente sanadora y conmovedora. Pero tiene muchas implicancias políticas y humanas. Las implicancias humanas creo que me salieron muy bien, espontáneamente, en una cosa que escribí en una red social: Siempre estuvo ahí. Y estuvimos muy cerca. Yo y mi hermana mayor caminamos a metros de donde estaba, cuando entramos en una oportunidad al Batallón 13, como me recordó un antropólogo hace poco en un abrazo que me mandó. Siempre estuvo ahí. Lo que pone más de relieve la repugnante lógica de la impunidad, el encubrimiento, el no ir al hueso y, en este caso, a los huesos de la búsqueda de la verdad para regenerar institucionalmente, una institución, en este caso, el Ejército, particularmente el Ejército. Y desde el punto de vista político pone en evidencia que la tenacidad de los familiares y el universo de organizaciones sociales y políticas, como el movimiento sindical y los partidos de izquierda e incluso la originalidad de cuando parecía que ya no se podía encontrar modo para poder, nos permiten albergar la expectativa de que vamos, aunque nos lleve tiempo, a encontrar toda la verdad que falta.
Y hay una verdad particular que falta, mucho, que es la siguiente en relación a los detenidos desaparecidos: ¿los restos que aparecieron fue porque no lograban encontrarlos? ¿Porque en el proceso que decidieron la exhumación para eliminar las huellas se les escaparon?
Ellos quisieron encubrir el horror de las prácticas del terrorismo de Estado que fue salvaje, en la tortura y en el intento de destruir la personalidad de los compañeros, miles, como casi en ningún otro país del mundo que estuvieron presos, esto lo subrayo porque había una idea de que era distinta la dictadura uruguaya a otras, no, hubo terrorismo de Estado salvaje y fascista. ¿Por qué? Porque pretendía destruir a aquellos que se oponían a que una élite pequeña tomara para sí al Estado y lo pusiera en su directo y absoluto beneficio. Es decir, el fascismo.
Pero en ese contexto había algo particularmente terrible, no solo el hecho que fueron cobardes, además de sanguinarios, que no se atrevieron a entregar el cuerpo de alguien que se les murió en la tortura. O el caso de Julio Castro que le pegaron un tiro. Además de eso, y por eso intentaron las exhumaciones; además de eso había un pavor -para ser bien sintético políticamente- porque la sociedad uruguaya no habría aprobado la Ley de Caducidad si se sabía que en el segundo vuelo trajeron a 15 o 20 personas de Orletti y los asesinaron en una fosa común y que los detenidos-desaparecidos los enterraron y los ocultaron y después todavía intentaron eliminar la evidencia de esa barbarie. Nunca jamás y por eso lo hicieron.
Ahora, cuando lo hicieron, esta es la gran pregunta de la Verdad y la Justicia y tenemos que lograrla, tendría que lograrla en primer lugar el Ejército y científica y técnicamente, pero si no lo hace el Ejército lo tiene que hacer la sociedad, la gran pregunta, ¿Qué pasó con la exhumación? ¿Lograron exhumar a los que trajeron de Orletti y qué hicieron con ellos? ¿Cómo es posible? Hay gente viva, es cierto que hay gente viva. La operación de exhumación para eliminar las pruebas la hicieron profesionalmente o intentaron hacerla profesionalmente. Lamy, Pomóli, eran pocos, pero una oficialidad es un cuerpo y no puede no haber indicios, alguna información que nos permita conducir a responder esta pregunta.
Si hay más restos, que puede haber, y tenemos que buscarlos, por los compañeros nuestros que todavía pugnan por encontrar a sus seres queridos y poder hacer duelo. Es decir, no matarlos ellos mismos para poder seguir viviendo. Es decir, no decir “se murió”, sino confirmar que murió en la tortura, para que ello ocurra y para poder realmente regenerar sanamente la memoria histórica del Uruguay, y no con intereses pequeñitos de cuentas políticas, politiqueras. Tenemos que llegar a esta verdad. Todos. Eso es lo que también pone en evidencia la aparición de Eduardo Bleier. Esta es la verdad que necesitamos y es lo que nos falta. Porque después sabemos quiénes fueron los represores principales, algunos logramos que pasaran por la justicia penal, que pasaran por la cárcel, que cumplieran la pena por el horror y la barbarie, hasta por los delitos económicos porque en algún momento hasta se convirtieron en una mafia, en una mafia paramilitar -algunos dentro y otros por fuera- que encubrió, que falsificó informaciones, que cada vez que nos estábamos por aproximar el Poder Judicial o algunos de los integrantes de las organizaciones de Derechos Humanos y del mundo periodístico, nos orientaban en otra dirección. Ese grupito de gente no puede ser la imagen del Ejército, de un ejército artiguista real. Y eso tiene que ser una responsabilidad del propio Ejército, de las propias fuerzas armadas, de la sociedad uruguaya y de la democracia uruguaya.
¿Por qué siempre decimos que la calidad de la memoria está absolutamente relacionada con la calidad de la democracia? Por esto. Porque la democracia se construye con verdad, no con relatos cínicos. Sino, con verdad. Y esto es lo que también pone en evidencia la aparición de Eduardo Bleier.
No es posible que cuarenta y tantos años después no logremos hacer todo lo que haya que hacer para dar respuesta a este asunto.

Estuviste con la justicia, ¿Hay confirmación de la forma de la muerte?
No hay evidencia que haya caído de un escalera. Desgraciadamente, como la causa de la muerte fue por el salvajismo de las torturas, pero orgánicamente, en los huesos, no es posible llegar a esa evidencia. Entonces no se puede hacer como una autopsia de un cuerpo en el que obviamente se puede identificar. Esto es un problema serio desde el punto de vista espiritual, pero no tiene que ser lo prioritario. Queda esa duda ¿se murió de un ataque cardiaco en el medio de las torturas o se murió de ahogamiento? El informe más bien está orientado a que pudo haber sido un ahogamiento pero no puede confirmarlo, las pericias forenses no pueden confirmarlo.

-Pero además está la contundencia de los testimonios, ¿no?
Naturalmente, naturalmente. Pero te quiero decir capaz que algún indicio en los huesos hubiera podido quedar de tal o cual cosa, ¿no? Este (respira hondo) pero no, no podemos.

“Estoy experimentando lo sanador de la verdad

-¿Cómo estás sintiendo ahora hacia delante, qué le dirías al resto de los familiares de desaparecidos?
Primero mi más absoluta solidaridad (respira largo). El Uruguay siempre es chico, ¿no?. Entonces todos saben que yo nunca he dejado de hacer acciones para llegar a la verdad de todo tipo, en todas las esferas y con todos los actores. Pero ahora ya no es una vocación democrática que tiene un componente individual. Ahora es una responsabilidad política para mí de continuar en este esfuerzo. Por eso planteo con tanto énfasis lo que falta por hacer. Entre otras cosas, porque estoy espiritualmente observando lo sanador que es la verdad. Sabemos siempre que la verdad sana, pero además en este caso ahora lo estoy experimentando. Y naturalmente me gustaría que toda la sociedad pudiera participar de ese proceso de sanación de lo peor del horror y que lo hiciera bien. Política, culturalmente bien, con todos comprometidos en este esfuerzo y no con mezquindades o cinismos, evadiendo mirar con crudeza a un periodo histórico, que cuando lo miramos con crudeza, si lo socializamos así, más rápidamente se producen los procesos de regeneración cultural en el mejor sentido del espíritu, de la cultura democrática.
Pero además por otro asunto. Yo estoy totalmente abrumado por la solidaridad social. He intentado incluso ensayar alguna hipótesis de por qué puede ser (hace una larga pausa). Bueno, primero hay un componente humano, el humanismo de la sociedad uruguaya que emerge cuando pasan cosas, así como emerge la indignación frente a esta oleada de femicidios que tenemos. En las cosas claves emerge ese humanismo hegemónico, no total, no de toda la sociedad, pero hegemónico. Pero además, a mí me da la impresión de que en esta apabullante solidaridad humanista con Familiares, y con nosotros en particular, de la abrumadora mayoría de la sociedad uruguaya, también hay una intuición, quizá no racionalizada enteramente, de que esta es una victoria sobre el fascismo. Y como el fascismo reemerge en líderes como Trump, Bolsonaro, con los ultranacionalismos europeos, con algunos fenómenos regionales; hay como una intuición que dice otra vez no. Es decir, un nuevo contenido del Nunca Más, no solo nunca más práctica del terrorismo de Estado. Nunca más esa pretensión de una élite de erigirse en decisora exclusiva y autoasignada y divina de cuáles deben ser los valores morales, cuáles deben ser las normas de conducta, cuáles deben ser las reglas de convivencia. El propietario semifeudal es el propietario semifeudal y el peón es peón y así será eternamente por los siglos de los siglos, amén. No. Porque al final de cuentas esos son muchos de los componentes del fascismo.
Entonces, yo creo, que la gente está percibiendo que emergen expresiones de diversa naturaleza política que cínicamente utilizan los miedos de la gente, otra vez como hizo el fascismo de principios del siglo 20, para vulgarizar la calidad del debate político, también eso la gente lo está expresando en esto. Es la intuición de “hay que parar esto”. Porque he recibido muchos mensajes en esa dirección que terminan: “No pasarán”. Entonces, hay algo ahí, no. Yo siento que es una intuición, que no lo hemos todavía racionalizado, pero hay mucha gente que sí que lo ha racionalizado, que lo comparte con sus hijos, con su familia, entonces emerge, emerge esa racionalidad democrática, que es lo más valioso al final de cuentas, ¿no?.

-Anoté eso de llevarte a las fábricas ocupadas para que vieras, para que vivenciaras. ¿Hay alguna frase, algún mensaje que te haya quedado de recuerdo especialmente?

Hay una frase que albergo en mi espíritu, porque lo pinta de cuerpo entero. Yo era un adolescente, bastante atrevido y revoltoso. Entonces la frase que yo mantengo conmigo es: “El amor es una responsabilidad. Es decir, ¿qué me estaba diciendo? Hay que tomarse la vida de los demás con respeto, y eso también es un contenido político. Su sentido de la responsabilidad era monumental pero también en las relaciones. Hay que tomarse el amor con respeto. Eso no quiere decir ninguna moralina, eso quiere decir una actitud espiritual, el amor es una responsabilidad, en ese caso dicho a un adolescente que estaba muy deportivamente viviendo la vida de joven en el jolgorio de su adolescencia.

-Pero además tiene profunda implicancias políticas.
Absolutamente. Y en ese contexto lo dijo y era en ese contexto. Lo que me estaba diciendo es viví intensamente pero con la responsabilidad de sentir a los otros, de cuidar a los otros. Que era parte de su sustancia espiritual. Pero claro, es que tenía un carácter, la mirada de mi padre atemorizaba cuando se enojaba, entonces lógicamente, eso quedó muy marcado. Nunca me tocó, porque no tenía necesidad, la mirada esa te decía eso que estás diciendo es injusto. Yo no recuerdo, desgraciadamente, una frase que pudiera decir y no me gusta hacer literatura, pero tenía un profundo desprecio por el egoísmo, en el sentido profundo, filosófico, pero también individual. Y cuando yo a veces niño, 11 o 12 años, ya a los 12 años pasé a otra vida y cuando él veía gestos de egoísmo, era una reacción que no podía controlar. Es decir, no podía tolerar el egoísmo (cruza las manos y sonríe, respira hondo, la charla terminó).