Escuelas o secuelas

Cuanto más problemas se tienen más hay que invertir en algo tan esencial como la Educación.

Por Gonzalo Perera

En estos días vimos torneos multimillonarios como la Champions League europea o la NBA estadounidense intentar culminar su desarrollo en una suerte de “burbuja sanitaria”, naturalmente con ausencia de público, de forma de asegurarse que el 2020 se recuerde como un año anómalo pero no perdido y sobre todo, evitar que los sponsors hagan reclamos astronómicos por incumplimientos contractuales. Por la guita baila el mono, se dice popularmente, y cuando es posible convenir un “cierre” aceptable para los diversos intereses que se cruzan en cualquier deporte, pues todo el que deba bailar lo hace, sin importar su historia, linaje o prestigio institucional.

Naturalmente, hay ámbitos que son mucho más complicados que un torneo deportivo, donde no hay forma de cerrar de forma alternativa a la tradicional sin dejar como secuela algo más que el recuerdo de un año “raro”.

Me refiero a la Educación y fundamentalmente, a sus ciclos primarios y medios, con especial énfasis en los hogares donde la carencia de recursos hace imposible paliar o atenuar lo que desde el sistema educativo no se puede lograr.

Así como la semana pasada nos ocupábamos de descartar disparatadas afirmaciones que pretendían servir como pretexto para recortes presupuestales en la Educación Pública, ahora es necesario ir un poco más lejos y enfocar con la atención que merece la problemática educativa en la coyuntura actual.

Me consta sobradamente el inmenso esfuerzo que han desplegado docentes de todos los niveles de la Educación Pública para cumplir sus responsabilidades, fundamentalmente en los momentos de mayor anomalía, cuando se debió recurrir a clases por plataformas virtuales. Por que, vale aclararlo, es muchísimo más difícil desarrollar un proceso educativo por vías virtuales que presenciales: alcanza con mencionar cómo se dificulta el “ida y vuelta” entre alumnos y docentes, y la cooperación y socialización entre los alumnos, que son elementos esenciales cuando de Educación hablamos. Los docentes no somos magos, y si bien las excelentes plataformas educativas y tecnológicas que los gobiernos del FA instalaron en la Educación permitieron no interrumpir totalmente las actividades educativas, obviamente no es racional pensar que hay alguna forma de “cerrar” el año sin que, de alguna manera, se resienta la formación de los estudiantes.

Para que quede bien claro que no se trata de acarrear agua para el propio molino dejo de lado la Universidad de la República, donde posiblemente el efecto sea menor que en otros niveles o sectores de la Educación, entre otras cosas por la obvia diferencia que pauta el hecho de que los alumnos son adultos, con mayor capacidad de formación autónoma.

Quisiera concentrarme en los niveles primarios y medios de la Educación, donde obviamente- y más allá del ya resaltado titánico esfuerzo docente- es lógico temer una suerte de “efecto dominó”, es decir, que las condiciones educativas anómalas del 2020 impacten el desarrollo de las del 2021 y del futuro en general.

Partiendo de esta base que no tiene nada de marxista sino que apenas es cuestión de sensatez, cabe preguntarse que debería estar pensando hacer un país que se precie de ser serio ante tal circunstancia. La respuesta surge con la potencia de una obviedad: debería proyectarse un sustantivo refuerzo del presupuesto de la Educación Pública, de forma tal que en el 2021 se puedan contar con muchos más horas docentes, con un trabajo mucho más intenso y en las mejores condiciones, como forma de intentar que las secuelas del 2020 puedan ser subsanadas a futuro. No es soplar y hacer botellas, nadie dice que sea tarea sencilla, pero si no se destina un fuerte incremento presupuestal para incentivar la actividad educativa, entonces es lisa y llanamente imposible.

Nunca me cansaré de repetir que el principio básico de las políticas anticíclicas, que permitan evitar las duras caídas, es que cuanto más problemas se tienen es cuando más hay que invertir en un tema tan esencial como la Educación. No conozco partido político que no se llene la boca hablando de Finlandia. Bueno, mejor que hablar es aprender. Fue en 1994, en una de sus peores crisis, cuando Finlandia tomó la decisión de que debía cambiar su matriz productiva y que para lograrlo era indispensable una gran inversión en educación en todos los niveles, en formación docente, en profesionalización y prestigio de la carrera docente. Cuando todo va bien, uno puede darse el lujo de no apostar, de no invertir excepcionalmente. Cuando las cosas se complican, es imperdonable no poner toda la carne en el asador por la Educación Pública.

Sin embargo, en el Uruguay de hoy las señales que estamos recibiendo del gobierno nos hacen pensar en qué tamaño tendrá la tijera que pasará por el presupuesto educativo y encima, pretendiendo limitar o criminalizar la protesta social que ello genera.

Sin hacer invocaciones ideológicas, sino simplemente pensando con un poco de realismo, los planes de ajuste en el presupuesto educativo son, en la coyuntura actual, un disparate monumental que se pagará de forma muy pesada y por supuesto, muy desigual, pues los gurises más afectados no van a ser los de apellidos esdrújulos y hogares acomodados.

Si hacemos intervenir nuestra manera de analizar el mundo, entonces el disparate monumental se vuelve un brutal ataque de las clases dominantes. A las clases populares se las pauperiza, se les deja sin trabajo, se les recortan dramáticamente los programas que pueden aportar contención, se le recorta la educación a sus hijas e hijos, se le impide protestar, se le criminaliza si lo hace. Un ataque bestial, en toda la línea e implacable. Es imposible no temer que pueda tener efectos muy serios y extremadamente difíciles de revertir.

En los días venideros, los gremios de la Enseñanza realizarán diversas medidas de protesta y reclamo. Obviamente, el sonsonete de los medios hegemónicos tratará de instalar el relato de que esas medidas son irresponsables o imprudentes. Nada menos responsable o prudente que quedarse de brazos cruzados cuando desde las cumbres de la sociedad se pretende arrojar al vacío a las clases populares. Nada más cómodo y menos comprometido con el centro del sistema educativo (los gurises ) que hacer de cuenta que “no pasa nada”, que “da igual”, que “no vale la pena calentarse”.
Hay daños que no se reparan bajo ninguna “nueva normalidad”. Los chiquilines que crecen con serias restricciones alimentarias o educativas quedan limitados de por vida.

Un futbolista que en la década de los 90 brillara en la celeste y en los principales clubes de Italia, sufría constantemente de lesiones musculares. Cuando le pregunté a uno de sus allegados por qué le pasaba eso, respondió que en toda su infancia había cenado mate cocido y que eso no había entrenamiento de alto rendimiento ni suplementos vitamínicos que lo corrijan. Si a ese nivel de cuidado las secuelas no se borran, es inevitable pensar dónde y cómo estarán hoy los niños que en el 2002 comían pasto, qué penas deben sufrir por su temprana carencia alimentaria.

Así como en la infancia no pueden faltar los nutrientes esenciales para un crecimiento saludable, la Educación es, para niños, adolescentes y jóvenes, la nutrición intelectual y la preparación para enfrentar la vida. Lo que falta en una etapa, lesiona, a veces durante toda la vida.

Apostemos a las escuelas, liceos, a todos los centros educativos, porque la alternativa es arrastrar muy graves e imborrables secuelas.