Julio María Sanguinetti y Luis Lacalle Pou: una relación difícil y tormentosa que ya se devoró tres ministros

Los ministros voladores

La extraña patología del Partido Colorado: los ministros no duran. Cardoso es el tercer jerarca que vuela del gabinete.

Por Gonzalo Perera

Las divisas blanca y colorada fueron protagonistas centrales del primer siglo de vida del Uruguay. A menudo dirimiendo diferencias en cruentos enfrentamientos, con identidades ideológicas difíciles de delimitar con precisión, pues, si bien algunos factores y vínculos pautan matices de diferenciación, en ambas se cobijaban corrientes e intereses diversos, con no pocos casos de intercambio de posiciones relativas a lo largo del tiempo.
Incluso el siglo XX muestra a blancos y colorados divididos en diversas corrientes, pero con sectores preponderantes marcados y con posicionamientos móviles. En las primeras décadas, un Partido Colorado claramente controlado por el Batllismo ofrecía una opción con signos progresistas, frente a los evidentes rasgos de conservadurismo del Herrerismo imperante en el Partido Nacional. Para la década del 70, un Partido Nacional donde era muy mayoritario el bloque llamado wilsonista aparecía como una opción más progresista que la oferta del Partido Colorado, donde pugnaban la ultraderecha autoritaria del pachequismo y el neoliberalismo puro y duro de Jorge Batlle.
Pero un terremoto vino con el siglo XXI, donde, pese a todas las trabas interpuestas, a partir del 1° de marzo del 2005 y durante 15 años que hoy son motivo de genuina nostalgia, gobernará el Frente Amplio.
Ese hecho coincidió con la minimización de la incidencia política del Partido Colorado, por lo cual, ante semejantes cimbronazos, el rancio conservadurismo ilustrado de Julio María Sanguinetti lo llevó a presentarse como zurcidor de una alianza por común oposición: la conformación de la llamada coalición multicolor, cuyo único punto compartido es la alergia al FA y el deseo de restaurar alguna forma de la derecha imperante en el pasado, aunque ni siquiera coincidan en cuál de las variantes y talantes conservadores es el que les sienta bien.
Instalado el gobierno multicolor, una primer y llamativa constatación fue que quienes podría suponerse, tanto por razones históricas como por enunciados de campaña, como socios principales, blancos y colorados, no eran tales.
De hecho, Lacalle Pou se colocó en el centro de un sistema en el que orbitaban los diversos coaligados, no mostrándose muy proclive a su escucha ni consideración antes de tomar iniciativas. El Parlamento fue en reiteradas ocasiones testigo de iniciativas del presidente que no eran de conocimiento – y en muchos casos tampoco del agrado- de los legisladores aliados.
Pero más aún, dos movimientos paralelos fueron marcando una singular caída de la cotización política del Partido Colorado. Por un lado, y de manera bastante alevosa, el líder cabildante Manini Ríos comenzó a robar titulares y transformarse, después del propio presidente Lacalle, en el principal generador de hechos políticos de la coalición. Para ello ha jugado con tácticas diversas, como por ejemplo asumir una posición de extrema derecha filo-fascista y defensora de terroristas de Estado (antiguamente, coto de caza de la ultraderecha colorada) o, por el contrario, estar ocasionalmente dispuesto a votar junto al FA para poner freno o modular iniciativas de Lacalle (rol que hubiera sido propio a los sectores más racionales del coloradismo). Queda dicho entre paréntesis que las tácticas cabildantes no sólo le robaron espacios mediáticos al Partido Colorado, sino también espacio político. Tras la pérdida de todo lo medianamente parecido a progresismo a expensas del FA, el coloradismo vio como Manini le sacaba espacio, a la vez, por dar rienda suelta a la ultraderecha y por llegar a plegarse a posturas del FA, dejando a la vieja divisa de Rivera con una lógica inquietud sobre cuál era su lugar en el espectro político y cuál su forma de mostrarse incidente.
Por si ello fuera poco, Sanguinetti decidió asumirse como portavoz del deseo compartido por todos los coaligados al herrerismo, de tener un espacio permanente de discusión y acuerdo político, solicitud que Lacalle Pou ninguneó de muy variadas maneras.
Pero todo esto es una minucia al lado de la alta volatilidad de los ministros colorados, desde el mismo principio de esta gestión.
Al comienzo del gobierno multicolor, Ernesto Talvi, quien había ganado en su primer intento la interna colorada a una figura arqueológica como Sanguinetti y había generado un discurso con apariencia juvenil, cumplía funciones como Canciller. El comienzo de la pandemia, su muy promocionado accionar humanitario en torno al crucero ‘Greg Mortimer” y a la repatriación de uruguayos en el exterior, rápidamente lo colocaron, en todas las encuestas, como la figura del gobierno con mejor evaluación pública, superando claramente al propio Lacalle Pou. Sin embargo, de un día para el otro, anunció no sólo su renuncia a la cartera sino su retiro de la política, afirmando que “no era para él”, a pocos meses de haberle pedido a la ciudadanía que lo eligiera como primer mandatario. Una salida increíble, imprevista y misteriosa, por más rumores sobre diferencias de enfoques de la política exterior que se hayan deslizado, pues perfectamente Talvi pudo haber abandonado el Ejecutivo, pero continuar actuando desde el Poder Legislativo o desde el liderazgo sectorial. Obviamente, el conglomerado político que había gestado, comenzó a desflecarse, y el Partido Colorado quedó envuelto en las pobladas cejas de Julio María. Pero mucho más débil de lo que ya estaba, detalle nada menor.
La sangría colorada continuó y el Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Carlos María Uriarte, hombre que se reconoció sin tapujos como representante del gran empresariado agroexportador, que fuera capaz de la barbaridad de recurrir a las cifras de femicidios para mostrar su alarma por los abigeatos, un día se enteró que ya no era ministro, y no ocultó su sorpresa ante el hecho.
Pero el tercero fue el plato fuerte. Germán Cardoso, hombre de reputación polémica, vinculado familiarmente al clan Sanabria y a los negocios y redes políticas que tejieran hasta ser consumidos por el escándalo. Sin mucho más antecedente que el recién mencionado, llegó a parlamentario y en este gobierno, a ministro de Turismo hasta que “renunció espontáneamente”, tras incidentes como su intervención ante un jerarca policial para incidir sobre la suerte de particulares, protagonizar compras directas tan abultadas y cuestionables como para que uno de sus correligionarios se opusiera a suscribirlas, al punto de dejar su cargo en el ministerio y denunciarlas.
La gestión de Cardoso ha sido objeto de solicitud de investigación parlamentaria por parte del FA y es evidente, como mínimo, una desprolijidad alarmante.
Fue muy Llamativa la puesta en escena en la que se anunció su relevamiento en la cartera por Tabaré Viera. En la casa de Sanguinetti y bajo su batuta, se desarrolló la función, lo cual debe ser interpretado como una doble señal. Una, indiscutible, es que Don Julio María se quedó con las llaves del partido de Rivera. La otra, más discutible, es mostrar que a nivel de gobierno nacional su figura aún pesa, cuando todo indica más bien lo contrario.
Lo que piensa el núcleo del herrerismo sobre Sanguinetti, lo expresó Ignacio De Posadas en una entrevista accesible en https://www.youtube.com/watch?v=rmsQM9Ksw6s: “Sanguinetti ha sido nefasto para el Uruguay” (sic).
Desde esa óptica, se entiende mejor la trama: cuando se construye una alianza con quien no se confía, sobre la única base del odio a terceros, se genera tanta turbulencia, que hasta los ministros vuelan.

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