Hay diversos parámetros o indicadores generados por los académicos de la Economía para tratar de analizar, describir o evaluar la calidad de vida de una sociedad. Naturalmente, nada más lejano a mi intención que desmerecer o desalentar el análisis científico y riguroso de la sociedad. El valor del estudio hecho a conciencia y no intentando defender el statu quo, la relevancia de las estadísticas serias, que no sólo no se prestan para publicidad del poder, sino que incluso pueden aportar bases firmes para cuestionarlo, es para mí un tema fuera de discusión.
Hecha esta aclaración, debo confesar que, sin embargo, cada tanto recuerdo una frase de “Perico” Pérez Aguirre: a veces un simple rostro, o un testimonio vital, dice y moviliza mucho más que todas las estadísticas existentes. Me ocurre muy particularmente cuando veo asomar el trágico y vergonzante rostro del hambre. Hambre, expresión de la que se huye con eufemismos, porque es una palabra muy dura y cuestionadora. Pero lo que muchos, demasiados, seres humanos sienten en sus tripas, eso que carcome su salud física y anímica, no se llama “carencias nutricionales” o “necesidades alimentarias insatisfechas”. Se llama, lisa y llanamente: hambre.
Tras la debacle del 2002, y una sucesión de gobiernos neoliberales, ya sea del Partido Nacional, del Partido Colorado o de la dictadura militar con sendos apoyos en sectores de ambas divisas, nuestro país llegó a niveles de miseria que pensábamos inalcanzables. Era el país de la mitad de los niños pobres y la mitad de los pobres niños. Era el país, apelando a la frase de “Perico”, donde había niños que, los fines de semana, cuando no podían alimentarse en la escuela, comían pasto.
La imagen de niños comiendo pasto es quizás la más repugnante y movilizadora forma de recordar ese país hecho pedazos, vergonzante y vergonzoso, donde algunos pocos se habían llevado los recursos de todos a sus cuentas en paraísos fiscales y varios habían hecho la vista gorda, para no complicarse la vida, o por simple indiferencia. Esa imagen terrible, inhumana, desgarradora, es testimonio de aquel Uruguay arrasado, desvalijado, destruido por la codicia sin límite de unos pocos y la silenciosa complicidad de unos cuantos.
Así, en las elecciones del 2004, la mayoría de la ciudadanía entendió por fin que era necesario cambiar hacia otro tipo de país, que contuviera, incluyera, promoviera. Los 15 años de gobierno nacional del Frente Amplio marcaron una enorme diferencia con esa historia previa. No cambiaron algunos aspectos medulares de la realidad como hubiéramos deseado, lo hemos dicho muchas veces, pero marcaron una etapa absolutamente diferente en la vida del país. No pudieron tampoco contener los daños irreparables ya causados, que padecer hambre en los primeros años de crecimiento físico e intelectual genera consecuencias para toda la vida, y padecer las distintas formas de violencia que van desde el castigo corporal y el abandono a la privación del goce de la vida que otros pueden permitirse, siembra rabia, rencor y en definitiva más violencia que explota bajo la forma de actos delictivos. Pero se generaron políticas de incrementos reales de salarios y pasividades, planes de atención de las situaciones de emergencia, estímulos para el estudio a cualquier edad y en cualquier rincón del país, se promovió la salud como derecho universal, se avanzó hacia una mayor igualdad entre los géneros y las diversas formas de ser y sentir, hubo sustantivas mejoras en los derechos de los trabajadores, se operaron gratis los ojos condenados a no ver, la escuela como refugio ante el hambre se transformó en el vínculo con las tecnologías de la era de Internet para todos, se impulsó la cultura, la inclusión, el sentirse parte, la empatía. Esta muy apretada síntesis constituye una enorme diferencia con aquel Uruguay sombrío de los niños que comían pasto, sin duda alguna.
Pero, como hemos comentado en reiteradas oportunidades, la metralleta ideológica de los medios hegemónicos. sumada a la pérdida de memoria de los sufrimientos pasados y al renacer del egoísmo y la indiferencia fundamentalmente en las capas medias, terminaron poniendo fin a ese ciclo, convenciendo a una muy ajustada mayoría que era necesario cambiar para vivir “los mejores 5 años de la vida”.
Esta semana han aparecido testimonios de cómo son los “mejores 5 años de la vida” para muchos, para demasiados. Se podría hablar de salarios, jubilaciones y pensiones reajustándose sistemáticamente por debajo de la inflación, del acelerado crecimiento del costo de vida muy particularmente en los sectores populares, de la pérdida de derechos y programas sociales, etc. Pero siguiendo con la prédica de “Perico”, todo esto se resume en una imagen: la de una persona desmayándose en la cola de una olla popular, porque llevaba demasiado tiempo sin comer.
Lo mucho que se construyó en 15 años para sacarnos de aquel Uruguay de la miseria producida por el robo descarado de unos pocos jodedores, en apenas 2 años se ha ido destruyendo, al punto de que estemos de vuelta presenciando escenas de hambre. Que no carencias nutricionales o necesidades alimentarias insatisfechas: hambre.
No vale culpar a la pandemia, al conflicto en Ucrania, al MERCOSUR ni al mal de ojos. Hay que culpar a los culpables. Los malla oro y su gobierno. Los grandes medios hegemónicos que instalaron el gobierno de las perillas siempre volcadas en favor de los mismos pocos. Los fundamentalistas neoliberales que ni siquiera en el pico de una pandemia fueron capaces de hacer fuertes inversiones sociales, como sí lo pudieron hacer gobiernos muy conservadores como el de Angela Merkel en Alemania o Boris Johnson en Gran Bretaña. Los cultores de la imagen presidencial, los que la intentan blindar, los advenedizos y alcahuetes que por un beneficio personal se suben a cualquier causa. Los cretinos que defienden lo indefendible, que inauguran lo inaugurado, que victimizan al victimario, que se solidarizan con el terrorista de Estado y agravian a sus víctimas. Las y los prepotentes e ignorantes de lo mucho que ignoran predicando sobre Educación y pretendiendo dar cátedra al respecto. Los que vendieron un avión que podía salvar vidas para comprar dos carretas que cuesta hacer despegar, veinte veces más costosas. Los que se horrorizan con Ucrania, pero se solazaron con la invasión a Granada, con el soporte a la contra nicaragüense, con la destrucción de Irak, de Libia, con el intento de destruir Siria, con la guerra interminable en Afganistán, los que aún hoy celebran el criminal bloqueo al pueblo cubano. Los que traen a un senil y patético Vargas Llosa a intentar explicar por qué prefiere a Bolsonaro frente a Lula, como si las preferencias del otrora gran novelista fueran instrucciones a seguir. Los que en honor a la Historia exhiben una “cárcel del pueblo”, omitiendo que también fue centro clandestino de detención durante la dictadura y omitiendo toda responsabilidad frente a los reclamos de memoria, verdad y justicia.
En general, la psicología contemporánea prefiere hablar de responsabilidades en lugar de culpas, porque la culpa es una carga pesada que puede desmoronar las resistencias.
Con todo respeto, cuando se trata de que un pueblo comienza a pasar hambre, prefiero hablar de culpas y culpables, no de responsables. Y ojalá la mochila les pese como se lo merecen. Porque el Uruguay de estos 5 años se define muy simple: hemos vuelto a tener un pueblo con hambre. Hambre, sin más vueltas ni eufemismos.
Gonzalo Perera






















