Como parte del homenaje del Partido Comunista de Uruguay en el 154 aniversario de su nacimiento, publicamos la introducción del libro sobre el pensamiento y la obra del gran revolucionario, de Eduardo Lorier, recientemente publicado con el título “Lenin Enjaulado”.
Introducción a Lenin Enjaulado
Este escrito formaba parte de una obra sobre la actualidad del pensamiento, la práctica y el método de Lenin en la época actual, que publicaremos próximamente.
Sin embargo, después de pensarlo bien, hemos decidido desgajarlo del trabajo mencionado por una razón muy fuerte: el 21 de enero de 2024 se cumplen los 100 años de su fallecimiento y se nos volvió humana, personalmente urgente
compartir con ustedes en las proximidades de dicha fecha este opúsculo como homenaje a él, una de las figuras más relevantes de la historia universal, que al igual que Marx y Engels, unían en sus personas las más altas características
de hombres de acción y de hombres de pensamiento.
Gracias al Centro de Estudios de Estudios y Formación Marxistas Héctor P. Agosti (CEFMA) y a Marcelo Rodríguez, su director, más su esforzado equipo editorial, se volvió posible concretar rápidamente la publicación y ahora solo
deseamos que ella este medianamente a la altura de ese ser humano tan excepcional, tan querido por sus contemporáneos obreros y obreras, campesinos y campesinas e intelectuales revolucionarixs de múltiples naciones
y tan vilipendiado por sus enemigos y enemigas (sospecharíamos si lo elogiaran, tal como se preguntaba Bebel, “que estarás haciendo mal viejo Bebel que tus enemigos te elogian”), pero al mismo tiempo (y tómese esto
como un mea culpa), bastante olvidado y poco estudiado desde nuestras propias filas.
Finalmente, y a propósito del título, siempre nos ha intrigado qué sentiría la mente de aquel ser tan brillante cuando se vio progresivamente encerrado, atrapado su cerebro en aquel socrático cráneo, sin poder expresar los
pensamientos que constantemente generaba, pero que cada vez menos podía transmitir.
Sabemos sí que luchó a brazo partido y logró expresarse por un tiempo a través de su voz y sus secretarias-taquígrafas a pesar de los consejos de los médicos especialistas y de quienes familiarmente lo cuidaban y políticamente lo
vigilaban, estos últimos interesados en su silencio quizás por otras razones.
Y fue entonces que produjo lo que se conoce como su “testamento”, que además de la Carta al Congreso, consiste en varias obras de singular importancia y fuerte sentido autocritico, poco y nada estudiadas posteriormente, aunque ellas contengan su visión sobre el presente tan complejo que tocaba transitar y sobre el futuro que avizoraba con ojo de águila.
Se trate de: Sobre el aumento de los miembros del C.C., Sobre la cuestión de la nacionalidad o de la “autonomización”, Páginas del diario, Sobre la cooperación, Sobre nuestra revolución…, Como reorganizar la Inspección Obrera y Campesina y Mas vale poco, pero bueno.
Y después, cuando ya no pudo ni escribir ni hablar (queda sin habla el 6 de marzo de 1923 luego de otro ataque), solo le restaba ver y escuchar, escuchar las voces y ajetreos cotidianos, familiares, los sonidos de la naturaleza en Gorki, a 35 kilómetros de Moscú, donde paso sus últimos meses, y los escritos que amorosamente le leían su compañera de todas las horas, Nadia, y su hermana María Ilínichina.
Una luz le ilumino en aquellos días finales, postrado en cama, aquejado frecuentemente de fuertes dolores de cabeza y angustioso insomnio. Fue su última entrevista con un grupo de obreros y obreras a las que había consagrado su vida entera.
Eran trabajadoras y trabajadores de la factoría de Glujovo que habían ido a visitarle y le hicieron entrega de 18 guindos para que fueran plantados en el invernadero de la finca de Gorki.
He aquí -cuenta Fotieva, una de sus secretarias- lo que refiere la obrera Jolodova, partícipe de aquel encuentro: “Nos hicieron pasar al recibimiento, advirtiéndonos que no permaneciésemos mucho tiempo. A los dos minutos escuchamos a través de la puerta la voz de María Ilínichina que decía: ‘Volodia, tienes visita’. La puerta se abrió y apareció Vladímir Ilich sonriente. Cuando estuvo cerca de nosotros, Vladimir Ilich se quitó la gorra con la mano izquierda, la puso en la derecha y nos saludó con la izquierda. Sobrecogidos de alegría, nos echamos a llorar lo mismo que criaturas. Hicimos entrega a Vladimir Ilich de un mensaje de los obreros y la dirección de la fábrica y le transmitimos algunas palabras de saludo en nombre de las organizaciones locales.
Después de estar con Vladimir Ilich cinco minutos, nos despedimos y todos le besamos. El ultimo que se despidió de él fue Kuznetsov, un obrero sexagenario. Estuvieron un par de minutos abrazados. Y el viejo Kuznetsov no hacía más que repetir, entre sus lágrimas: ‘Yo soy un obrero forjador, Vladímir Ilich. Soy un forjador. Nosotros forjaremos todo lo que has señalado tú…’
[…] María Ilínichina refería que [Lenin], más tarde, leyó y releyó muchas veces el mensaje de los obreros y obreras”. 1
Por otra parte, Nadia, su esposa y camarada, en sus recuerdos de aquellos largos meses que van de marzo de 1923 al 21 de enero de 1924, recuerda que Lenin, poco antes de morir, le pidió que le leyera un viejo cuento de Jack London en el que un hombre que se sabe condenado por los hielos piensa en la forma de morir dignamente. Se trataba de El amor a la vida.
1 Fotieva L. (sin fecha), De la vida de Lenin, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 198-199.
Quizá no haya sido casualidad, tal como lo expresa Jesús Díaz, que “es el mismo cuento que herido, pensando que iba a morir, recordaría en el combate de Alegría del Pío el comandante Ernesto ‘Che’ Guevara”.






















