Fuente: Elaboración propia en base a datos del Programa de Historia Económica y Social de la UdelaR

Estrategia Nacional de Desarrollo, una necesidad ineludible

Rodrigo Alonso (*)

A las puertas de un nuevo gobierno, se abre una etapa donde comienza a aterrizar el programa. Una de las áreas más claves y desafiantes será la economía. ¿Cuáles serán los hitos fundamentales y los ejes centrales en materia económica del nuevo gobierno? Para abordar este asunto pongámonos primero en contexto.

Uruguay transita ya diez años de escaso crecimiento económico. Mientras que entre 2005 y 2014 la economía creció en el entorno del 5% real como promedio anual, durante los últimos diez años (2015-2024) el crecimiento promedio anual fue cercano al 1%. Son números de una economía que está cercana al estancamiento más que a una etapa de dinamismo productivo. Esta situación ha sido clave para explicar cómo en ese período, los dos gobiernos, tanto el tercero del FA como el primero de la coalición, no son reelectos. 

Haciendo foco en el segundo mandato de Tabaré, vemos como varias variables relevantes también se estancan o perdieron fuerza. El salario real, que venía de crecer en valores cercanos al 4 o 5% real anual entre 2005-2014, en el quinquenio 2015-2019 crece en el entorno del 1,5%. El desempleo sube en aproximadamente entre 3 y 4 puntos porcentuales en el mismo período y el aumento de trabajadores cotizantes al BPS se estanca, mostrando que se cierra un largo período de aumento del trabajo formal. Estos números no explican por sí solos la derrota del FA en 2019, pero la enmarcan. 

Esta década de bajo dinamismo ha vuelto dominante en el humor social un mandato de crecimiento económico. Este es un escenario donde juega con mayor comodidad la derecha, apelando a planteos como el de la liberalización o de reducción del Estado y recorte de derechos para favorecer la rentabilidad, la inversión y con ello el crecimiento y el empleo; y con menos comodidad el campo de la izquierda, más proclive a una mirada distributiva, de agregación social, de ampliación de derechos, de que los que están “afuera” pasen a estar “adentro”.

Uno de los principales problemas que se nos presenta es cómo traducimos ese mandato de crecimiento o reactivación que viene de la propia materialidad en clave de izquierda y en un sentido progresivo. No podemos desoírlo, tenemos que interpretarlo. Pero ¿cuál es esa interpretación y canalización que es progresiva y por izquierda? Para responder esa pregunta hay que ahondar un poco más en el debate sobre el crecimiento y el desarrollo y buscar una mirada más larga sobre el tema. 

Este ciclo corto de la historia uruguaya, 2005-2024, donde como vimos pasamos por una fase de expansión seguida de una fase de estancamiento o meseta, se recorta sobre un fondo histórico donde esto no es una novedad sino un patrón recurrente. 

La gráfica que acompaña este artículo muestra la variación real anual del Producto Bruto Interno (PBI) de Uruguay entre 1944 y 2023, y permite visualizar con claridad una regularidad estructural: la economía uruguaya se ha comportado históricamente de forma cíclica, alternando períodos de expansión con etapas de estancamiento o crisis. A lo largo de estas más de siete décadas se observan al menos cuatro grandes ciclos, cada uno compuesto por una fase de crecimiento sostenido seguida por otra de retroceso, bajo dinamismo o crisis. La cronología de estas fases —que se repiten aproximadamente cada 20 a 25 años— deja en evidencia que el crecimiento uruguayo tiende a ser transitorio y vulnerable.

Estos ciclos no son simples fluctuaciones. Cada fase descendente se asocia a crisis profundas o estancamientos prolongados (como en los años 60, en la crisis de 1982, en la de 2002, o más recientemente desde 2015), lo que sugiere límites estructurales en la matriz productiva nacional. A pesar de momentos de fuerte crecimiento, como el registrado entre 2004 y 2014, la economía no logra consolidar procesos de desarrollo sostenido

Sumando dimensiones al análisis, vemos que cada fin de ciclo trae asociados cambios de régimen. El estancamiento de los 60s dio paso a la dictadura en el 73, la crisis del 82 le da el golpe de gracia al régimen militar, la crisis del 2002 puso fin en 2004 al bipartidismo histórico del Uruguay con el triunfo del Frente Amplio y el estancamiento que se inicia en 2015 abrió paso al regreso de la derecha al gobierno en 2019 y a un período de alternancia política.

El problema estructural radica en que, dado el carácter primarizado y la escasa complejidad de nuestra matriz productiva, el crecimiento económico responde fundamentalmente al empuje de los buenos precios internacionales de las commodities y el fácil acceso a capitales, por lo que es frágil y genera, por su propia dinámica, las condiciones para una futura contracción, ya que los ingresos provenientes de las exportaciones tienden a sobrevaluar el peso (abaratamiento del dólar), lo que reduce la competitividad de sectores con menos ventajas que el agropecuario. Esto limita la diversificación productiva y perpetúa un círculo vicioso de primarización, baja inversión en tecnología y rezago en productividad.

Visto el problema en esta perspectiva, es claro que en Uruguay no basta con apelar a un crecimiento por sí mismo como proyecto, sino que es preciso retomar el debate sobre el desarrollo, es decir, sobre el proceso cualitativo que está detrás del crecimiento, o el debate de para qué crecemos y cómo lo hacemos. Ese es el problema de fondo del país en esta materia.  

Es por ello que es clave que este gobierno ponga en el centro del debate este problema y avance en el diseño del planteo del programa del Frente Amplio referido a la necesidad de diseñar una Estrategia Nacional de Desarrollo. Esto no va a resolver los problemas acuciantes e inmediatos que tiene el país, pero si no ponemos proa en este sentido, ninguno de los problemas con los que convivimos como sociedad van a tener una solución duradera. Hay que evitar un escenario como el vivido en el último gobierno del Frente Amplio, donde no se pudo evitar un retroceso en algunas variables claves y donde los insumos elaborados por OPP sobre la estrategia país estuvieron prontos recién sobre el final del quinquenio. 

Uruguay necesita dejar atrás la lógica pendular de su economía. No se trata solo de crecer, sino de hacerlo de forma sostenida y con un rumbo claro. Para ello, resulta imprescindible que el próximo gobierno no se limite a gestionar la coyuntura, sino que tenga la audacia de abrir un nuevo ciclo histórico: uno en el que el país se dote de una Estrategia Nacional de Desarrollo construida con mirada de largo plazo, con diálogo social amplio y con la voluntad transformar lo necesario para que ello avance. Sin esa brújula, seguiremos atrapados en los límites de siempre: crecer cuando el mundo ayuda, estancarnos cuando no, y repetir el ciclo como un dejá vú. Recuperar realmente una perspectiva de planificación estratégica es, hoy, el acto más radical de responsabilidad política.

(*) Economista. Diputado (S) por el Espacio 1001.

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