Por Gabriel Mazzarovich
Este 22 de abril se cumplieron 156 años del nacimiento de Vladimir Ilich Uliánov, al que las y los trabajadores, las y los oprimidos, mencionan como Lenin, que fue su nombre de lucha, de jefe revolucionario.
Por el espacio, y por la capacidad de quien esto escribe, no es posible abordar la obra de Lenin en toda su dimensión, estos son solo modestos apuntes que intentan colocar algunas ideas y concentrar la atención, en este aniversario, en uno de sus aportes y su vigencia: la teoría del imperialismo.
Lenin hizo aportes teóricos enormes al marxismo, casi no hubo campo del pensamiento que no abordara, pero sería mutilar su vida si señaláramos solo eso. Lenin fue un revolucionario, un constructor de Partido, un organizador, un propagandista. Antonio Gramsci destacó esa unidad dialéctica entre la elaboración teórica y la acción práctica y llamó a buscar la filosofía de Lenin no solo en sus escritos, sino también en su labor política, en los hechos que protagonizó.
Lenin es recordado, con razón, por su afirmación de que “no hay práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria”, pero es imprescindible asumir esa definición en su riqueza dialéctica, es decir, la elaboración teórica es un momento de generalización y superación de la experiencia concreta de la lucha, tampoco hay elaboración teórica revolucionaria posible sin la riqueza de la práctica concreta.
Lo anterior fundamenta la necesidad de aprender de la vida toda de Lenin, de su método de elaboración teórica y de conducción política, de su creatividad para asumir el marxismo y elaborar tesis superadoras, que responden a nuevos desafíos. Estudiar a Lenin, vivir a Lenin, pero para afrontar los desafíos del presente con Lenin y con todo el acumulado de las luchas de los pueblos hoy.
Entre todos los aportes de Lenin destaca haber protagonizado la Revolución de Octubre, ese formidable grito de libertad y el primer intento concretado de las y los oprimidos de construir otra sociedad.
Dentro de sus contribuciones al marxismo, desarrollos nuevos de la elaboración de Marx y Engels, se suelen destacar, lo hace Rodney Arismendi repetidas veces, tres: la elaboración de una teoría del Estado, del Partido y del Imperialismo.
No son aspectos separados, están íntimamente relacionados entre sí, pero hoy vamos a desarrollar específicamente el tema del imperialismo, por su descarnada vigencia. Lenin, en varias obras, analiza el desarrollo del capitalismo a nivel mundial, textos, ensayos, informes a Congresos partidarios y alcanza una elaboración más completa en su libro, lectura obligatoria para todas y todos los revolucionarios: “El imperialismo fase superior del capitalismo”. El propio título es una definición que hoy tiene una vigencia enorme: el imperialismo, para Lenin, no es una categoría abstracta, no es una deriva guerrerista de un país o de un grupo de países: es una etapa histórica específica de desarrollo del capitalismo.
Lo define de la siguiente manera: “El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que se ha implantado el dominio de los monopolios y del capital financiero, en que la exportación de capital ha adquirido gran relevancia, en que los trusts internacionales han empezado a repartirse el mundo y en que ha terminado el reparto del planeta entre las grandes potencias capitalistas”.
Esta caracterización implica para Lenin definiciones prácticas: el planteo del eslabón más débil para la revolución en los países dependientes, la unidad de la lucha de la liberación nacional de pueblos y países coloniales con la revolución socialista, una táctica de amplitud, la reivindicación de las y los trabajadores como sujetos revolucionarios, en unidad con los sectores oprimidos por el imperialismo y el papel del Partido, la necesidad de la vanguardia.
En su “Informe en el II Congreso de toda Rusia de las organizaciones comunistas de los pueblos de Oriente”, citado por Arismendi en el Cuaderno sobre Gramsci de Estudios Nº100, Lenin afirma lo siguiente: “La revolución socialista no será sólo, ni principalmente, la lucha de los proletarios revolucionarios en cada país contra su burguesía, si no, que además, será la lucha de todas las colonias y de todos los países oprimidos por el imperialismo, la lucha de todos los países dependientes contra el imperialismo internacional”.
En este 2026, con el capitalismo, en su fase imperialista, en crisis, que pone en peligro a la humanidad y al planeta, la definición leninista tiene absoluta vigencia, para analizar el mundo y para trazar caminos para transformarlo. Esta definición es en polémica con la afirmación de la derecha del “fin de la historia” y también con concepciones que desde el campo de la izquierda, en años pasados, pretendieron decretar la caducidad de la concepción leninista del imperialismo y dentro de ella, en especial, del sujeto revolucionario o de la revolución misma.
Pero se trata de ser consecuentemente leninistas, de no refugiarnos en la comodidad de repetir sus formulaciones como verdades reveladas, sino desarrollarlas con elaboración teórica y práctica revolucionaria para responder a los desafíos del hoy. ¿Cómo se componen los monopolios hoy?, ¿qué implica el entrelazamiento entre el complejo militar industrial y los oligarcas tecnológicos?, ¿cómo se construye la unidad de los pueblos oprimidos por nuevas formas de dominación imperialista? Esas son preguntas profundamente leninistas y responderlas también lo es.
Es conveniente, incorporar una definición más de Lenin, tomada de “Informe sobre la revolución de 1905”, que hace al papel de la vanguardia, tantas veces deformado: “La verdadera educación de las masas no puede ir nunca separada de la lucha política, independiente, y sobre todo, de la lucha revolucionaria de las propias masas. Sólo la lucha educa a la clase explotada, sólo la lucha le descubre la magnitud de su fuerza, amplía sus horizontes, eleva su capacidad, aclara su inteligencia y forja su voluntad”.
La historia no terminó, porque la escriben los pueblos. Es una tarea histórica la superación del capitalismo, en su fase imperialista, en defensa de la humanidad. Tenemos que asumir los problemas acuciantes del presente y darles respuesta, pero hacerlo con perspectiva histórica e incorporando el desafío de reconstruir la utopía. Para todo eso nos sigue acompañando Lenin.






















