Acto por el día internacional de los trabajadores en Avenida del Libertador en Montevideo. Foto: Mauricio Zina/adhocFOTOS.

1° de Mayo: juventud, trabajo y dignidad en disputa

¿Tenés trabajo? ¿Llegás a fin de mes? ¿Trabajás de lo que te gusta?

UJC
Para miles de jóvenes, la respuesta es no. Y contrario a lo que nos quieren hacer creer, no es un problema individual. No se trata de falta de ganas, de esfuerzo o de “mérito”. Es la expresión concreta de una realidad estructural que condiciona nuestras vidas desde el punto de partida.

Las juventudes en Uruguay somos parte de una generación que trabaja o busca trabajo en condiciones profundamente desiguales. La tasa de desempleo juvenil sigue siendo muy superior a la del resto de la población, y cuando logramos insertarnos en el mercado laboral, lo hacemos en las peores condiciones: empleos precarios, con alta rotación, tercerización, cambios constantes de horario, informalidad y, muchas veces, la necesidad de tener más de un trabajo para sostenernos.

Pero esta realidad no es homogénea. No todas partimos del mismo lugar. Las desigualdades se profundizan cuando entran en juego el género, el territorio o la situación de discapacidad. Es más difícil acceder a un empleo si sos mujer, si sos racializada, si vivís en el interior del país o si enfrentás barreras estructurales que el mercado laboral no solo no corrige, sino que muchas veces reproduce.

En este escenario, el 1o de mayo no es solo una fecha conmemorativa. Es una jornada de lucha, de encuentro y de construcción colectiva. El acto central convocado por el PIT-CNT bajo la consigna “1° de Mayo Antiimperialista. Por trabajo y salario. Uruguay es su gente” sintetiza una agenda que interpela directamente a las juventudes. Porque hablar de trabajo, de salario y de justicia social es hablar de nuestras condiciones de vida hoy y de nuestras posibilidades de futuro.

La discusión sobre el empleo juvenil no puede estar separada de una estrategia más amplia de desarrollo. Cuando se plantea la necesidad de reducir la jornada laboral sin pérdida salarial, de combatir la pobreza o de transformar las condiciones estructurales del mercado de trabajo, se está señalando que el problema no es individual: es político. Y, por lo tanto, también lo son las soluciones.

Las juventudes necesitamos respuestas concretas. Necesitamos contratos más largos y empleo real, que no termine cuando se acaba el subsidio estatal.

Necesitamos estabilidad para poder proyectar, organizarnos y vivir con cierta seguridad. En ese sentido, es fundamental discutir mecanismos que obliguen a que las inserciones laborales no sean temporales ni descartables.

También es imprescindible poner en el centro el sistema de cuidados. Para miles de mujeres jóvenes, especialmente jefas de hogar, el acceso al empleo está directamente condicionado por la posibilidad de contar con espacios seguros para el cuidado de sus hijos e hijas. Sin políticas integrales de cuidados, no hay igualdad real en el acceso al trabajo.

Otra herramienta clave es la construcción de una bolsa de empleo juvenil que articule al movimiento sindical, al sistema educativo y a los distintos actores productivos. No se trata solo de generar listados, sino de construir redes que permitan capacitar, orientar, vincular y generar oportunidades laborales reales, acordes a las trayectorias formativas y a las necesidades del país.

En este camino, hay reivindicaciones urgentes. Las pasantías y becas no pueden seguir siendo una forma de explotación encubierta. Deben ser experiencias formativas, remuneradas y con derechos, que aporten a la formación y no que sustituyan puestos de trabajo. La experiencia laboral no puede construirse a costa de la precarización.

La desigualdad territorial también exige respuestas. Hoy, la mayoría de las oportunidades laborales se concentran en Montevideo y el área metropolitana, dejando al interior del país en una situación de desventaja estructural. Es necesario avanzar en cupos por departamento e incentivos específicos que promuevan el empleo juvenil en todo el territorio, garantizando un acceso más equitativo.

Al mismo tiempo, es imprescindible que el trabajo sea compatible con el estudio.

Para muchas y muchos jóvenes, sostener ambas cosas es una necesidad, pero el sistema actual lo dificulta. Extender la prohibición de horarios rotativos hasta los 24 años para quienes estudian es una medida concreta que puede hacer la diferencia entre continuar o abandonar una trayectoria educativa.

Sostener el empleo también requiere acompañamiento. No alcanza con acceder a un puesto de trabajo si no existen condiciones para mantenerse en él. Las tutorías, la orientación laboral, la formación continua y la construcción de redes de apoyo son herramientas fundamentales para enfrentar las dificultades que atraviesan nuestras vidas cotidianas, desde problemas económicos hasta situaciones de violencia o salud mental. Porque si algo sabemos es que las salidas nunca son individuales: son colectivas.

En esa línea, ampliar las licencias por estudio es una deuda pendiente. Hoy, la cantidad de días disponibles es insuficiente para garantizar el derecho a la educación. Es necesario no solo aumentar estos días, sino también asegurar que quienes trabajan puedan contar con jornadas libres en períodos de exámenes o parciales. Estudiar no puede ser un privilegio.

La reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial aparece, en este marco, como una de las discusiones más importantes de nuestro tiempo. No se trata solo de trabajar menos horas, sino de vivir mejor. De tener tiempo para estudiar, para cuidar, para participar, para descansar. De construir un modelo en el que el trabajo esté al servicio de la vida y no al revés.

Por eso, cada 1o de mayo es también una oportunidad para organizarnos. Para informarnos, para reconocernos en experiencias comunes y para construir fuerza colectiva. La historia demuestra que cada derecho conquistado fue producto de la lucha organizada de las y los trabajadores.

Hoy, esa lucha tiene nuevos desafíos, pero también nuevas generaciones dispuestas a darla. Porque no aceptamos que la precariedad sea nuestro destino.

Porque creemos en un país donde el trabajo digno sea un derecho real y no una excepción. Porque queremos un Uruguay donde trabajar alcance para vivir, donde estudiar sea posible y donde el futuro no esté condicionado por el lugar en el que nacimos.

Si vos también querés un país en el que trabajemos para vivir y no vivamos para trabajar, donde la dignidad no sea una consigna sino una realidad concreta, el 1° de mayo es una cita impostergable. Nos encontramos en las calles, construyendo organización, defendiendo derechos y peleando por todo lo que falta conquistar.

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