Foto del dictador Gregorio Álvarez hecha por Carlos Porro el 20 de marzo de 1983 en residencia presidencial de Suárez y Reyes durante la exposición "Archivos 73-85" en el Centro de Fotografía de la IM en Montevideo. Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

Álvaro Rico: “Hay secuelas de la dictadura que persisten”

Por Paola Beltrán

Álvaro Rico, doctor en filosofía, escritor e investigador uruguayo, se refirió a los hechos que precedieron el golpe de Estado del 27 de junio de 1973 y la respuesta obrera con la Huelga General, la disputa de poder por la identidad y las secuelas que aún hoy persisten de esa etapa de nuestra historia. 

– Se cumplen 53 años del golpe de Estado y la respuesta excepcional de la clase obrera con la Huelga General. ¿Qué elementos destaca de ese proceso?

Si uno toma el hecho del golpe de Estado en el Uruguay el 27 de junio de 1973, pero también el periodo precedente, desde fines de los años 60, en particular, desde el 68 al 73, queda claro que aquella leyenda e identidad del Uruguay como una sociedad excepcional, del desarrollo del sistema de partidos uruguayos y de la democracia uruguaya como única en el concierto, al menos regional, se rompió. 

Esa leyenda quedó desmentida por la realidad de los hechos en ese Uruguay idílico que durante muchos años los sectores dominantes construyeron a los efectos de mirarnos en un espejo que estaba muy lejos de la realidad por la que transitamos en esos fines de los 60 y principios de los 70. Desde el punto de vista de la crisis económica, desde el punto de vista de los negociados y la corrupción, que no es un tema de ahora, sino que tiene sus antecedentes muy importantes en esta década y luego bajo la dictadura o en la dependencia que el Uruguay tenía hacia los centros hegemónicos internacionales, particularmente los Estados Unidos.

Sobre ese hecho, el golpe de Estado viene a ser también un golpe sobre la legitimidad de los relatos dominantes con respecto a una sociedad diferente, no latinoamericana, sino más bien europea. Este relato, que fue desmentido por la cruda realidad de un golpe de Estado y el quiebre de la democracia en Uruguay en el 73, va a ser luego, después de la dictadura, reinstalado como un relato dominante en el que nos identificáramos como uruguayos. Y esa es una de las dificultades, diría yo, más grandes desde el punto de vista del imaginario social, que no hay un relato acorde a las transformaciones que la sociedad uruguaya ha procesado en estos últimos tiempos, ni tampoco a los nuevos mecanismos de dominación que han agudizado los temas de la pobreza, de la marginalidad, etc.

Hay un segundo punto que quisiera resaltar y es que también hay, volviendo a 1973, un dato respecto a Uruguay que resalta mucho y es la respuesta masiva que hubo de la sociedad al golpe de Estado y la implantación de la dictadura, en primer lugar del movimiento obrero. 

Porque efectivamente el movimiento obrero, a raíz de lo que fue el golpe de Estado de 1964 en Brasil con el derrocamiento de João Goulart y la instalación de la dictadura, adoptó, luego de discusiones muy importantes, el peligro del golpe de Estado, dado en Brasil, también para Uruguay. Para, de alguna manera, enfrentar esa posible situación, la Central Obrera Unificada estampó en sus resoluciones que ante cualquier intento de golpe de Estado, se resolvía la  inmediata paralización del trabajo y ocupación de los lugares de trabajo para enfrentar a la dictadura.

Recordemos que en esos años, del 64 al 66, va todo el proceso de discusión para la unificación del movimiento obrero que finalmente se va a concretar en el Congreso Fundacional de 1966, del que se cumplen ahora 60 años.

Lo cierto es que años después el proceso fue degradando cada vez más en Uruguay hasta encontrarse en la disyuntiva del 73, el 27 de junio, que al mismo tiempo es un día que marca el inicio de la gloriosa Huelga General de 15 días, uno de los ejemplos de la historia social contemporánea más épico, en tanto fue el conjunto mayoritario de los trabajadores, pero no solos, sino también en conjunto con los estudiantes agrupados en la Federación de Estudiantes Universitarios Uruguay, principalmente, pero también de secundaria, y un conjunto de organizaciones sociales y populares que rodearon la huelga y que apoyaron.

El carácter popular de la huelga obrera se amplifica con una cantidad de organizaciones barriales, de organizaciones vecinales, de ferias, de apoyos, que le dieron una vitalidad muy importante con el correr de los días. 

En ese sentido, también marcó la voluntad de resistir, que fue otro de los grandes elementos que se incorporaron a este periodo del 73 en adelante, la resistencia del pueblo uruguayo a la dictadura ya instalada.

– Mencionas que nos falta un relato para poder identificarnos en lo que somos y sabemos que los relatos son disputas de poder también ¿cómo analiza usted esta disputa? ¿Cuál es la identidad que se combate desde la hegemonía? 

Hay varias posibles respuestas o intentos de respuesta a eso. Uno que este relato de la excepcionalidad del Uruguay, del Uruguay sin Sudamérica, después de la dictadura, en el proceso de reconstitución de la democracia, y fundamentalmente por el, la palabra legitimada en dirigentes políticos como el presidente Sanguinetti, que fue de alguna manera el referente del proceso de transición en su primera etapa, a nivel de gobierno, reinstaló el relato de la excepcionalidad. Y al mismo tiempo, una explicación de por qué ese relato se instituía, basado en el hecho de que no debía repetirse la violencia social, no debía repetirse la violencia armada, no debía repetirse las movilizaciones populares que alteraban el orden, que desconocían las leyes, es decir, dio, junto con restaurar la excepcionalidad del Uruguay, que se debía conservar, un giro de disciplinamiento a la sociedad uruguaya, por la cual el golpe de Estado del 73 se explicaba por las movilizaciones y las luchas populares en gran parte de los años 60.  Se colocó el 73 en el 68.

Para restaurar esa excepcionalidad, que en su momento se discutió y se perdió, debía de volver a respetarse la autoridad, la ley, el orden, encauzar las protestas, etc, sin incorporar en ningún momento de estas explicaciones la propia responsabilidad, en primer lugar, de los militares, pero también de los civiles, de los políticos, de los integrantes de los partidos tradicionales, que también actuaron en función de ser ellos mismos golpistas o generar las condiciones para que los sectores golpistas actuaran y decidieran el golpe y casi 12 años de dictadura. 

– ¿Qué lecciones de ese proceso histórico de lucha y resistencia no debemos olvidar hoy? 

Primero, lo que vivió Uruguay bajo dictadura y las víctimas, porque 50 años después, en democracia, seguimos buscando a los desaparecidos.

Buena parte de las actuales teorías negacionistas, o además de negacionistas, restauracionistas, porque hay teorías que van más allá de la negación e intentan posicionar los relatos represivos, no debemos olvidarlos y debemos seguir y continuar la búsqueda por la verdad y por el hallazgo de restos de las personas detenidas y desaparecidas. 

En segundo lugar, no podemos olvidarnos de fenómenos masivos muy importantes y que si bien los golpes de Estado tienen un objetivo inmediato de reprimir los sectores más activos o aquellos sectores que reivindicaban la lucha armada como objetivos inmediatos, el objetivo a largo plazo es contra la población y por la reestructura de las relaciones sociales y relaciones humanas que predominaban en la sociedad pre-dictadura. Y en este sentido, no es posible razonar muchos de los cambios que han transformado a la sociedad uruguaya en el presente, por ejemplo, la violencia social o interpersonal, sin incorporar las secuelas de la dictadura en el presente democrático.

Es decir, esas secuelas no es que se hayan superado o que se hayan encausado, sino que se incorporaron a dinámicas de la democracia, como el discurso político soberbio, como el discurso político de la enemistad, del odio, como los estigmas hacia el adversario político, como el desconocimiento de situaciones estructurales de mucho daño desde el punto de vista de la libertad de las personas, de la formación y la educación de las personas o de la retribución digna, y que en definitiva, de alguna manera, también determinan que muchos de los problemas que la sociedad uruguaya vivió y experimentó en los años 60, dictadura mediante, vuelvan a tener el mismo tipo de preocupación en este presente democrático 50 años después o 60 años después. 

Como por ejemplo, el hecho de que Uruguay, en aquellos años, tenía la mayor cantidad de presos políticos según la población y la superficie en el mundo, y hoy vuelve a tener un número de personas privadas de libertad, jóvenes fundamentalmente, encerrados en distintos sistemas de privación de libertad. 

Quiere decir que también hay una forma de resolver los conflictos o de resolver las desobediencias en la sociedad uruguaya que remite a uno de los mecanismos privilegiados por la dictadura para reprimir las resistencias y al movimiento popular, que fue la represión masiva, prolongada, con torturas y de jóvenes fundamentalmente.

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