Desinformación: una turbia industria

Si fuera una receta de cocina, la desinformación, podría definirse como una mezcla de varios productos, pero lejos de concebirla así, la desinformación es, nada más y nada menos, que una práctica.

Como tal, cada vez no solo tiene más campos de aplicación, sino más adeptos en el mundo.

Concebida como la práctica de mezclar información real y falsa, su propósito ha sido siempre producir el engaño de aquellos que la consuman, no importa que se trate de un gobierno, o de la sacrosanta “opinión pública”.

Solo por un sesgo ideológico de muy bajo rigor histórico, puede ubicarse sus orígenes en la Unión Soviética, tal y como ha sido presentado en un extenso trabajo aparecido en el medio de prensa “The conversation”.

Pero más que discutir la falta de rigurosidad en la definición de su “partida de nacimiento”, lo que interesa es avanzar hacia las formas actuales en que la misma se presenta y para ello, el extenso trabajo de “The conversation” es sumamente útil.

La primera nota que hay que tomar respecto a su uso, es que la desinformación como práctica, ya no es, como lo fuera hace algunos años, una herramienta esencialmente desarrollada por los servicios especiales de los diferentes gobiernos del orbe.

La desinformación ha pasado a ser algo que no solo se produce, esto es constituye un producto más a ser consumido, sino que en ese interjuego de producción y consumo ha dado lugar a la emergencia de un nuevo mercado.

Como mercado, resalta la nota del medio de prensa, en él se “contratan servicios, se paga a los trabajadores y se compran y venden opiniones desvergonzadas y lectores falsos”.

Es una industria y en sus expresiones vinculadas al sector denominado privado, ha dado lugar a la articulación entre intereses que van desde los políticos, hasta los del más prosaico lucro.

En ese interjuego de política y lucro, “las empresas de relaciones públicas han reclutado personas influyentes en las redes sociales”, mientras que “los políticos han contratado personal para crear cuentas de Facebook falsas”.

Más allá de ejemplos puntuales, la industria de la desinformación integra, además, a los llamados “influencers” de las diferentes redes sociales.

Como simple ejemplo, la nota destaca como a los “influencers deTwitter de Kenia se les paga 15 veces más de lo que muchas personas ganan en un día por promover hashtags políticos”.

Como resultado de una investigación realizada por expertos de la Universidad de Oxford, se “han rastreado las actividades de desinformación patrocinadas (…) en 81 países y las operaciones de desinformación del sector privado en 48 países”.

Algunos de los datos de dicha investigación señalan, por ejemplo, que “Corea del Sur ha estado a la vanguardia de la desinformación en línea”.

Aunque la alerta respecto a las “preocupaciones sobre la desinformación”, se intentan fijarlas en el año 2016, debido al amplio proceso de desinformación relacionado con las elecciones presidenciales de Estados Unidos, la investigación señala que fue, justamente en Corea del Sur, donde los medios informaron sobre lo que se denomina “la primera operación formal de desinformación”, ocurrida en 2008.

K. Hazel Kwon, quien es Profesor Asociado de Periodismo y Audiencias Digitales, de la Universidad Estatal de Arizona, destaca en la nota del medio digital que la “historia de desinformación de Corea del Sur demuestra cómo la tecnología, la economía y la cultura interactúan para habilitar la industria de la desinformación”.

A ello, el investigador llama: las lecciones de Corea del Sur.

“El origen de la desinformación surcoreana se remonta al Servicio de Inteligencia Nacional de la nación, que es equivalente a la Agencia Central de Inteligencia de EE. UU”, señala el investigador, que recuerda que ya en el año 2010, el NIS formó equipos de trabajo “para interferir en las elecciones nacionales atacando a un candidato político al que se oponía”.

Para alcanzar este objetivo, “el NIS contrató a más de 70 trabajadores a tiempo completo que administraban cuentas falsas, o las llamadas marionetas de calcetines”.

Como parte de su tarea de reclutamiento, la agencia “reclutó a un grupo llamado Team Alpha (…) compuesto por civiles a tiempo parcial que tenían intereses ideológicos y financieros en trabajar para el NIS”.

Dos años después, en 2012, “la escala de la operación había aumentado a 3.500 trabajadores a tiempo parcial”.

“Desde entonces”, resalta el analista, “el sector privado se ha movido hacia el negocio de la desinformación”.

A diferencia del accionar de las campañas de desinformación de las agencias de inteligencia, como la NIS, “los actores del sector privado son camaleónicos, cambian de posición ideológica (…) en pos de sus intereses comerciales”.

Con las operaciones del sector privado se ha alcanzado “una mayor rentabilidad” que las que las que se desarrollan en operaciones gubernamentales, ya que pasaron al uso de bots, con lo que consiguen “amplificar compromisos falsos” e involucrar “a emprendedores de redes sociales como YouTubers y subcontratando para el trolling a trabajadores baratos”.

El equipo de investigación del profesor Kwon, ha dado un especial seguimiento al modo en que Corea del Sur ha desarrollado, fundada en su anticomunismo sus campañas de desinformación, en este sentido resaltan que la “desinformación política en Corea del Sur ha amplificado el nacionalismo anticomunista y denigrado la diplomacia pacífica de la nación hacia Corea del Norte”.

Las investigaciones realizadas por el equipo de trabajo de Kwon, “sobre los rumores de las redes sociales de Corea del Sur en 2013 mostró que la retórica de la desinformación continuó en las redes sociales incluso después de que terminó la campaña formal de desinformación, lo que indica cuán poderosos son estos temas”.

Al describir los peligros de esta industria, el experto resalta que la misma “está habilitada por las tres puntas de la industria de los medios digitales de hoy: una economía de atención, algoritmos y tecnologías computacionales y una cultura participativa”.

En lo que se refiere a “los medios online, la moneda más importante es la atención de la audiencia” y para ello se hace un particular uso de las métricas “como el número de páginas vistas, me gusta, acciones y comentarios cuantifican la atención, que luego se convierte en capital económico y social”.

Solo de forma ideal, dichas métricas “deberían ser producto de la participación espontánea y voluntaria de los usuarios en red”, sin embargo, es objetivo directo de las operaciones de desinformación, la fabricación artificial de las mismas.

Para ello echan mano al “uso de bots, la contratación de personas influyentes, el pago de crowdsourcing y el desarrollo de trucos computacionales para jugar con los algoritmos de una plataforma”.

“La expansión de la industria de la desinformación es preocupante porque distorsiona cómo los investigadores, los medios de comunicación y el público mismo perciben la opinión pública”, afirma el experto en estudios de comunicación digital, quien alerta cómo a pesar de la importancia que hoy tiene “el discurso público en las redes sociales (…) como un medio alternativo para evaluar la opinión pública (…) las personas pueden ser engañadas cuando los proveedores de opiniones de fabricantes de desinformación expresadas en línea (…) amplifican falsamente las métricas sobre las opiniones”.

La lección de Corea del Sur en su persistencia en el uso de las “narrativas nacionalistas anticomunistas (…) muestra que las elecciones retóricas de los proveedores de desinformación no son aleatorias”, por lo que para poder “contrarrestar la industria de la desinformación dondequiera que surja, los gobiernos, los medios de comunicación y el público deben comprender no solo el quién y el cómo, sino también el qué: las ideologías controvertidas y las memorias colectivas de una sociedad”, ya que ellas son “la moneda más valiosa en el mercado de la desinformación”.

Rolando Arbesún

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