Pablo Da Rocha (*)
Durante la presentación -hace dos semanas- de la ministra de Economía y Finanzas, Azucena Arbeleche, en oportunidad de informar sobre la situación fiscal del país y las perspectivas macroeconómicas para 2024; señalamos que, si bien estuvo “cuidada y bien armada”, dejó, a nuestro entender, deliberadamente por fuera, los resultados sociales, particularmente, los relacionados a la desigualdad o pobreza.
Afirmamos entonces, que la teoría macroeconómica habitualmente relega a un segundo plano, las preocupaciones sociales, enfocándose en los “grandes números” o indicadores abstractos como la variación del PIB o la trayectoria de la inflación. En dicha instancia, nos preguntamos, ¿de qué sirve el crecimiento económico, si no se traduce en una mejora significativa en la calidad de vida de todos los ciudadanos? O bien, ¿cómo podemos justificar “políticas macroeconómicas” que no conducen a reducir la pobreza o la desigualdad?
Por ello, en esta oportunidad retomaremos esta dimensión ausente en el análisis de la ministra, que contrasta con su anterior comparecencia. Si bien, aún no se conocen los datos finales sobre la pobreza correspondientes al año 2023.
Los últimos datos, dan cuenta que, la pobreza aumentó respecto del semestre anterior y se ubicó en 10,4% durante la primera mitad de 2023. Cabe esperar una mejora una vez se conozca el dato anual, en tanto, la metodología que se emplea para medirla refiera a la “línea de pobreza” que asume un criterio técnico basado en el ingreso, el cual registra una trayectoria positiva, en la medida que se van procesando los cronogramas de recuperación salarial y mejora en el empleo. Sin embargo, esta nota surge también, como motivo de una columna, de un colega argentino Carlos Martínez de la Universidad Nacional de General Sarmiento, en la que plantea un problema que nos toca también de cerca.
Argumenta en contra de la noción de que la población adulta mayor es menos propensa a la pobreza en Argentina, analizan las diferentes formas de medir la pobreza en el país, además de la línea de pobreza, por ejemplo, incluye el método de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). Incluso sostiene –y con razón- que ambos métodos subestiman significativamente la pobreza entre los adultos mayores, lo que lleva a una percepción errónea de la situación económica de este grupo demográfico.
Para ello, se apoya en un análisis detallado de las canastas alimentarias utilizadas para calcular la pobreza en Argentina y critica su insuficiencia para reflejar las necesidades reales de la población mayor. En ese sentido, afirma que es dable esperar, que justamente las personas mayores tienen necesidades de salud y nutrición específicas que no están adecuadamente representadas en las mediciones de pobreza actuales.
La nota termina concluyendo que la mayoría de los adultos mayores en Argentina viven en condiciones de pobreza, a pesar de las percepciones erróneas sobre la situación económica de este grupo demográfico. Notablemente, el artículo nos interpela en torno a la necesidad de una comprensión más precisa y completa de la pobreza entre la población adulta mayor.
Esta columna, también quiero contribuir en esa dirección. Se ha alertado con evidencia estadística, que la pobreza se focaliza en los menores de 5 años. En efecto, en tanto la pobreza se ubica en el entorno de 10%, suele ser el doble en dicha franja etaria. Sin embargo, el hecho que en los mayores de 64 años, la pobreza sea sensiblemente menor (apenas alcanza 2%) lleva que se lo tienda a subestimar, instalando una percepción de que no se trata de un verdadero problema.
Lo cierto es, que la tendencia demográfica da cuenta de descenso en los niveles de fecundidad y mortalidad. De hecho se espera que, el volumen de personas mayores continúe aumentando junto con una progresiva reducción de la población en edades jóvenes. Por lo tanto, cabe esperar un ensanchamiento del número de personas mayores (edades avanzadas) y un angostamiento de los grupos etarios más jóvenes.
Así pues, al igual que sucede en la vecina orilla, los resultados de las proyecciones realizadas por el INE indican que a partir de 2034, la población de 65 o más años superará a la población menor de 15 años. Por su parte, en el año 2050, se proyecta que la población adulta mayor alcance el 22,3% y que la población infantil se reduzca al 15,5%. Todo esto tiene implicancias en muchos sentidos, desde lo económico hasta lo referido a todo tipo de prestaciones y políticas sociales; pero el que nos convoca hoy, es la pobreza.
Algunas pistas: En primer lugar, como señalamos previamente, existe la tendencia a subestimar la pobreza de este grupo. Las medidas convencionales de pobreza, como la línea de pobreza y el método de necesidades básicas insatisfechas (NBI), subestiman significativamente la pobreza entre los adultos mayores, en tanto, estas metodologías de estimación, no suelen tener en cuenta las necesidades específicas de salud y nutrición de este grupo demográfico, lo que lleva a una percepción errónea de su situación económica.
En segundo lugar, es criticable la composición de las canastas alimentarias con las que se realizan los cálculos de pobreza. Estas canastas suelen no ser adecuadas, pues no reflejan las necesidades reales de los adultos mayores en términos, tanto de nutrición, como de salud.
Hay que tener en cuenta, que las personas mayores presentan necesidades dietéticas diferentes, especialmente en lo que respecta a enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión y el colesterol alto. Esto, de hecho se advierte, en que las “cápitas” (ingreso que reciben las instituciones de salud por afiliado al sistema) diferencian no solo sexo, sino también, edad; siendo las más relevantes tanto las de los menores de 5 años, como la de los mayores de 65 años. Esta misma diferenciación debiera estar también especialmente considerada, en las estimaciones de pobreza.
En tercer lugar, el papel de las subestimaciones de los ingresos puede incidir significantemente. En efecto, los ingresos en general suelen ser subestimados, pero impacta particularmente la de los adultos mayores, a la hora de las mediciones de pobreza. Como es sabido, muchas personas mayores dependen en gran medida de las pensiones y otros ingresos para mantenerse, pero estos ingresos pueden ser insuficientes para cubrir sus necesidades básicas, especialmente en términos de atención médica y alimentación adecuada.
Esta nota tiene por cometido esencial dos cosas. Por un lado, enfatizar que de nada sirven los equilibrios macroeconómicos, incluso mejorar el desempeño del país; si éste no se traduce a mejoras sociales. Nunca más la sociedad al servicio de la economía; y por otro lado, interpelar, no solo, la noción actual de pobreza –debate que por cierto se está desarrollando- que trascienda las estimaciones de ingreso, y adopte una mirada multidimensional; pero particularmente, esta nota quiere, llamar la atención, en la situación de la población adulta mayor. Los métodos actuales tienden a subestimar los resultados, lo que lleva, lamentablemente a una percepción errónea de su situación, por lo que se desestiman necesarias políticas focalizadas.
Veamos con un poco más de detalle el tema de la subestimación de la pobreza en las personas mayores. En general, la pobreza entre este grupo etario es el resultado de una serie de factores, entre ellos, claro está, la falta de ingresos adecuados. Sin embargo, es un dato de la realidad la habitual falta de acceso a servicios de salud asequibles, dado los costos asociados de la atención médica. No se trata exclusivamente de contar con cobertura, sino su accesibilidad, muchas veces limitada por los precios de los tickets y medicamentos. El tema de la vivienda suele ser otra dimensión de peso. En efecto, el monto de las jubilaciones resulta insuficiente o directamente inexistente. Por otro lado, la falta de apoyo familiar y contención social, así como la discriminación en el acceso al empleo, pueden constituir en factores que pueden llevar a una mayor vulnerabilidad económica en la vejez.
Como vimos, en muchos países, incluido Uruguay y Argentina, los adultos mayores dependen en gran medida de sus pensiones y/u otros ingresos para mantenerse financieramente. Así pues, de acuerdo a la realidad nacional y a la percepción –sobretodo en los sectores más bajos- las jubilaciones y pensiones resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas, especialmente para aquellos que no tienen acceso a una pensión contributiva o que tienen una pensión mínima.
Por otro lado, en consonancia con lo anterior, las personas mayores que trabajaron en empleos informales o de baja remuneración durante su vida laboral pueden tener pensiones más bajas o incluso ninguna, lo que dificulta aún más su subsistencia o nivel de vida. Si a ello, le agregamos, que a medida que las personas envejecen, es más probable que enfrenten un aumento en los costos de atención médica; sin duda, esto se traduce a mayores costos y gastos en medicamentos, consultas médicas, tratamientos especializados y cuidados a largo plazo.
Los cambios demográficos y tendencias futuras, como el envejecimiento de la población y la disminución de la tasa de natalidad, ejercen a su vez, presión sobre los sistemas de seguridad social, tendiendo además a aumentar el número de adultos mayores en situación de pobreza.
Una cara, aún más dolorosa de la pobreza en los adultos mayores, está asociada a factores de convivencia y participación social. Suelen enfrentar el aislamiento, la discriminación y el abuso, que pueden contribuir significativamente, a su vulnerabilidad económica, pero también social.
Por lo tanto, la pobreza entre los adultos mayores es un problema multidimensional que requiere una respuesta política que trascienda la mezquindad política, el oportunismo electoral; requiriendo una visión integral y coordinada por parte de los hacedores de política, de los gobiernos, de las organizaciones de la sociedad civil y de la sociedad en general.
Se requieren políticas específicas y focalizadas que mejoren no solo el acceso a jubilaciones dignas o suficientes; o bien, asegurar toda la canasta de prestaciones de servicios de salud necesarias; sino también el apoyo social para garantizar la inclusión social de los adultos mayores que les asegure una convivencia segura durante su vejez, y puedan vivir con la dignidad que merecen.
Es hora también de ponerle luces largas al resto de nuestro recorrido.
Salud!
(*) Economista.
Foto de portada
Persona en situación de calle en el Centro de Montevideo. Foto: Mauricio Zina / adhocFOTOS.






















