El pasado domingo 25 de octubre el mundo entero esperó los resultados electorales del vecino país casi que con el cuchillo entre los dientes.
UJC
Venimos de dos años viendo como las elecciones en el mundo, pero particularmente en América Latina, parecían seguir una tendencia clara de alineación con el imperialismo norteamericano. Cada una parecía una batalla contra molinos de viento hechos de algoritmos, sanciones y amenazas que no lográbamos derribar. Nos había pasado hace muy poco con Colombia, que luego de grandes avances con el gobierno del Pacto Histórico y un candidato de la derecha vergonzante, que parecía salido de una parodia, aún así, la izquierda no logró superar ese umbral de votos que le permitiría asegurar una victoria.
Los niveles de injerencia y manipulación están siendo cada vez más grandes y alevosos. América Latina constituye un terreno de disputa fundamental para quienes pretenden sostener y profundizar este modelo de acumulación que nos está llevando al colapso, que genera pobreza y violencia al mismo tiempo que acumula más riqueza que nunca antes en la historia.
En este marco, Brasil es un país más que clave, es importantísimo, un bastión no sólo del continente, sino cada vez más, del mundo entero. Es el séptimo país más poblado del mundo y el quinto más grande territorialmente, al mismo tiempo que es una de las naciones más ricas del mundo en recursos, con la segunda reserva más grande de tierras raras del planeta, y el 60% de uno de los ecosistemas más importantes del planeta, la Amazonia, mayor selva tropical del mundo, clave para el equilibrio climático y ecológico a nivel planetario.
Ese país, se debatía entre fascismo o democracia.
El fascismo, encabezado por Flavio Bolsonaro, un muchacho privilegiado que nunca trabajó, que tomando el lugar de su padre preso por orquestar un intento de golpe de Estado tras su derrota en 2022, también frente a Lula, promovió la violencia organizada en las milicias que recorren todo Brasil, los recortes a todo aquello que es fundamental para la vida de un pueblo, la salud, la educación y el trabajo, que defendió el sometimiento de Brasil a los intereses del imperialismo entregando en bandeja los recursos de su pueblo, que está vinculado con el lavado de dinero y destila odio contra las mujeres, las personas racializadas, las personas en situación de discapacidad, la comunidad LGBTIQ+ y los pobres en general, en fin, contra la mayoría de la sociedad que ha construido la nación durante siglos. Flavio representaba a los nostálgicos de la dictadura militar y los negacionistas del cambio climático que no les importa colapsar los ecosistemas si eso implica perder sus negocios millonarios, aunque con eso se lleven puestos a miles de millones de personas.
Lula representaba todo lo contrario. Luis Ignacio Lula Da Silva, uno de los 8 hijos, nacido en un hogar pobre de Pernambuco, en el Nordeste brasileño, con una madre analfabeta que los crió sola, sufriendo violencia y pasando hambre. Comenzó a trabajar a los doce años limpiando zapatos en la calle, a los 17 años ya era un obrero metalúrgico, edad a la pierde el dedo trabajando de noche para llevar comida a su casa. Se convirtió en un dirigente sindical en plena dictadura brasileña, lideró huelgas y fue encarcelado por luchar por los intereses de la enorme clase trabajadora de su país. En la historia de vida de Lula cabe gran parte de la historia de Brasil.
Llegó a la presidencia en 2003, haciendo historia al ser el primer obrero en llegar a la presidencia de Brasil, sin título universitario, al decir de Lula, el primer diploma que recibió en su vida fue el de Presidente de su país. Llegaba en un buen momento para la izquierda del continente, era el comienzo de un ciclo que puso a gobernar a la izquierda por primera vez en la historia en muchos países, incluído nuestro país. Sociedades arrasadas por el neoliberalismo y la miseria planificada. Lula llegó a trabajar incansablemente por que los que vinieran después de él, no pasaran el hambre y las necesidades que él pasó. Llora cada vez que habla del hambre porque hay heridas que nunca cierran, porque cuando uno lucha por causas colectivas, es capaz de sentir el dolor de todo un pueblo, pero también su alegría.
Lula llegó al gobierno a crear las cuotas que permitieron la llegada de las personas negras y las personas pobres a la universidad, a crear la Farmacia Popular para que contar con un medicamento no siguiera siendo el privilegio de pocos, llevó el agua corriente y la electricidad a lugares donde la gente no conocía otra cosa que caminar kilómetros para conseguir algunos litros, creó el GAS DEL PUEBLO, para que todos tuvieran con qué cocinar, creó universidades, escuelas, planes de vivienda, y un largo etcétera. Todo Para quienes nunca tuvieron nada pero trabajaron siempre, sin los que el mundo no funcionaría ni un día, porque son quienes producen todo lo que comemos, con lo que nos vestimos, los lugares en donde vivimos, estudiamos y caminamos.
En su último mandato, bajó a récords históricos la deforestación en la Amazonia, redujo la jornada laboral sin pérdida salarial, creó un sistema de pagos públicos que desplazó a las monstruosas multinacionales y acabó con las apuestas online que venían haciendo estragos en el pueblo trabajador. Logró el transporte gratuito para las estudiantes y continuó con los comedores para todo el estudiantado, medida que ya había impulsado en sus mandatos anteriores.
Lo intentaron encarcelar, lo lograron por un tiempo y así fue que Jair Bolsonaro llegó al gobierno de Brasil para barrer con todo. Cuando anuncia que atenderá el mandato de la justicia, dice algo que debemos debe ser una lección para todos nosotros. Planteó que ellos, los fascistas, no pueden evitar que él ande por su país, porque hay millones de Lulas, de Dilmas y Manuelas caminando por Brasil, y que cuando él deje de soñar, soñará a través de las cabezas de esos millones de personas que buscan la felicidad, porque los poderosos podrán cortar una o varias rosas, pero nunca podrán frenar la llegada de la primavera, porque la lucha del pueblo es por la llegada de la primavera. De eso se trata un proyecto colectivo, una causa del pueblo, una lucha de masas, la única cosa que tienen las fuerzas de izquierda, que al mismo tiempo es la más poderosa.
Y eso es lo que explica esta victoria que hoy celebran los pueblos del mundo.
Esos 10 millones de votos que Lula creció de la primera vuelta a la segunda representan la fuerza de la organización. Representan la sabiduría popular y un líder que no tuvo miedo a las masas, su creatividad y su fuerza incomparable, que no reniega de un juventud que al contrario de los discursos que una y otra vez escuchamos, no se resigna al futuro de miseria que nos ofrecen.
Lo que pasó en las tres semanas entre la primera vuelta y el balotage fue una cátedra del pueblo brasileño de lucha organizada en las calles, de territorialidad y discusión el presente y futuro, articulado con la lucha en el mundo digital, a través del cual tantos millones de personas en el planeta interactúan con el mundo en todos sus planos. No fue un accionar fragmentado, no fue una priorización infantilista entre un terreno y otro, fue la comprensión de la importancia de ambos frentes y la articulación de la lucha en ambos terrenos, con el pueblo como protagonista. Y el factor clave para que eso funcionara es que había proyecto. La sociedad salió a defender no solamente a un líder nacido y crecido en las entrañas del pueblo, sino que además, un líder que hizo más que cualquiera en la historia del país por esa gente que siempre quedó en el olvido, y no como simples seguidores, sino como protagonistas de esa patriada.
Personas que viajaron durante días, que vencieron la violencia organizada y miles de obstáculos que pretendían impedir algo tan básico como el ejercicio del voto. A pesar de todo, esos millones que no habían votado en la primera vuelta, emprendieron un éxodo por la democracia con el que nos hemos conmovido. Así , el 25 de octubre de 2026, el pueblo salvó al pueblo, con cara de indígena, cara de mujer, cara de joven y cara de viejo, todos juntos no sólo frenaron el fascismo, sino que sembraron la esperanza y la perspectiva de futuro que venía tan golpeada. Pasará tiempo para que dimensionemos lo histórico de los acontecimientos del domingo pasado.
Pero hoy, quienes defendemos la vida y la alegría, debemos aprender que sin protagonismo popular real, no hay transformación posible.
Hoy más que nunca, más allá de las fronteras que marcan los mapas políticos, tenemos claro que somos el pueblo latinoamericano, con herencia de colonización pero también de resistencia centenaria, y de creatividad para lo que viene.
Es tiempo de iniciativa política para cambiar el rumbo de la historia hacia la pública felicidad, y una vez más confirmamos que será en unidad y lucha, o no será.
Salú pueblo brasileño, el mundo te agradece y te acompaña, porque “la causa de los pueblos, no admite la menor demora”






















