Por Daniel Dalmao (*)
El miércoles 8 de julio el gobierno de los Estados Unidos (EEUU) reanudó los ataques a Irán a menos de un mes de haber firmado un “Memorándum” de entendimiento que suponía una tregua por al menos 60 días, período en el cual se negociarían los términos de una paz definitiva.
Todo parece indicar que es muy difícil creer en la “palabra” de Trump si de tregua estamos hablando. Sin ir muy lejos en el tiempo podemos recordar que en junio del año pasado, cuando estando en medio de negociaciones por el desarrollo de la industria nuclear iraní, los EEUU conjuntamente con Israel bombardearon a Irán en lo que se conoció como la “guerra de los 12 días”.
El siempre optimista Trump, cuando se refiere a su desempeño, dijo en aquel momento que había destruido totalmente la infraestructura que le permitiría al país persa obtener la bomba atómica y la industria dedicada a la construcción de drones y misiles de largo alcance.
Sin embargo, el 28 de febrero de este año los aliados, EEUU e Israel, atacaron nuevamente. Ese día quedará marcado en lo peor de la historia de la humanidad; uno de los primeros objetivos alcanzados fue una escuela de niñas donde mataron a más de 160 alumnas. Difícil imaginar tanta crueldad, como tan difícil es aceptar que tantos gobiernos de países “democráticos” observen esto sin que se les “mueva un pelo”.
¿Cómo se pudo llegar a tanta indiferencia? ¿Será que para las clases dirigentes de estos países “avanzados” donde reina el “libre mercado” y la “libertad individual” la vida de estos/as “otros/as” no vale nada?
También en esos primeros ataques asesinaron a importantes dirigentes de la sociedad iraní y a gran parte de sus respectivas familias, el más notorio de ellos y líder religioso, recordar que Irán es una República islámica, fue el ayatolá Alí Jamenei.
Además de las bombas, Trump dirigió a la población iraní discursos donde los instaba a rebelarse y derrocar al gobierno y en otro momento los amenazaba con “hacer desaparecer toda una civilización esta noche”. Paralelamente a esta agresión Israel hizo lo propio con su país vecino el Líbano causando miles de muertos, la inmensa mayoría de ellos civiles y haciendo caso omiso a las múltiples voces que se alzaron exigiendo el fin de esta masacre, así como tampoco han cesado con el genocidio en Palestina a pesar que allí rige un supuesto alto el fuego desde octubre del año pasado.
En el mundo de los analistas de geopolítica y estrategia militar es ampliamente mayoritaria la opinión, hace rato ya, de que EEUU ha perdido esta guerra. Entre los expertos que opinan así, muchos de ellos son ex funcionarios del gobierno estadounidense, saben de lo que hablan, han asesorado a ministerios, al Pentágono, a la CIA, etc. y no pueden ser tachados de comunistas ni mucho menos. Algunos no dudan en llamar de loco a Trump, de irresponsable, de no saber hacer su trabajo, etc.
Las asimetrías en cuanto a poder militar entre los agresores y los agredidos es inmensa. Cuando se habla de derrota estadounidense no se piensa en que Irán pueda provocar daños en su territorio o invadirlo, sino que se hace referencia a que el imperio agresor no logra, y no parece pueda llegar a hacerlo, obtener prácticamente ninguno de los objetivos propuestos. No han logrado derrocar al gobierno iraní, sino que este parece haberse fortalecido. Tampoco lograron erradicar el programa nuclear como dijeron lo habían hecho el año pasado; mucho menos han podido destruir la industria de misiles y drones ni hacerle daños definitivos a la flota naval. Otro objetivo anunciado, y claramente no logrado, fue el cortar o anular el respaldo a las milicias de la resistencia en el Líbano y en Yemen.
Como contracara a todo este poderío militar estadounidense y a las constantes bravuconadas de su presidente Donald Trump, hemos estado asistiendo a una muy “eficaz” respuesta iraní. Varios objetivos militares fueron alcanzados en Israel y, fundamentalmente, en las bases norteamericanas que están instaladas en la zona.
Al irnos enterando de a qué lugares y objetivos dirigía Irán la respuesta fuimos recordando la dimensión de la presencia militar norteamericana en la región que rodea al Golfo Pérsico. EEUU tiene, rodeando a Irán, al menos 12 bases instaladas permanentemente con un personal militar y civil entre 40 y 50 mil componentes. Estas instalaciones principales, además de otras, están instaladas en países como Catar, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak, Siria y en Turquía una base de la OTAN. Es decir, rodean totalmente (principalmente por el oeste) a Irán, país que está a 10, 12 mil kilómetros de Washington, pero que parece “amenazar” la soberanía de los EEUU.
Una de las excusas esgrimidas como objetivo a lograr con estos últimos ataques fue la necesidad de abrir el Estrecho de Ormuz al tránsito marítimo (por allí transita el 20% del suministro mundial de petróleo y del gas natural licuado, además del 30% del comercio mundial de fertilizantes). Pero, “hete aquí” que antes del conflicto desatado el 28 de febrero por parte de Israel y los EEUU dicho estrecho estaba abierto al tránsito. El cierre fue parte de la respuesta defensiva de Irán, aunque este cierre nunca fue total.
Trump persigue a la “extrema izquierda internacional”
En otro orden, el movedizo y locuaz presidente yanqui está impulsando la persecución de la “extrema izquierda internacional”. Como supone que su país fue el vencedor en la “guerra fría” y que en esa guerra el enemigo a combatir era el comunismo, no duda en llamar a todo movimiento que no sea de su agrado como “comunista”.
En una columna del diario argentino Página12 firmada por Daniel Kersffeld el 15 de julio leemos: “El 6 de mayo el gobierno de Donald Trump publicó el documento Contraterrorism Strategy, en el que, en apenas 16 páginas, se describen las amenazas terroristas más importantes que enfrentan actualmente los EEUU, a la vez que se sugiere la principal estrategia para derrotarlas. Sin mayor desarrollo conceptual, el memorándum distingue entre tres categorías: el “narcoterrorismo”, el “terrorismo islámico” y, como gran novedad, el “terrorismo de izquierda”, considerado como tal a partir de sus invisibles lazos y proyecciones internacionales. Se trataría así de un “enemigo total” que justificaría la necesidad de la Casa Blanca por contar con gobiernos aliados en una cruzada internacional contra la izquierda”.
En este marco es que Marco Rubio, Secretario de Estado estadounidense ha convocado a unos 60 países a “participar en una cumbre en Washington contra la amenaza de lo que llama “terrorismo trasnacional de izquierda extrema”, lo que preocupa a algunos funcionarios de su país en privado y a analistas independientes que temen que tal iniciativa podría ser parte de una estrategia política para generar apoyo con el fin de justificar la represión de opositores políticos progresistas en EEUU” (La Jornada, México 15 de julio).
El concepto que tiene Trump de comunista es muy, muy amplio. Para él es mas o menos lo mismo un comunista, un socialista, un anarquista, un militante social o sindical, en fin, cualquiera que se interese o movilice por alguna causa justa, popular, que no sea de su agrado. Por eso cae en esa categoría el joven alcalde de Nueva York, Zohran Mandami que pertenece a un ala progresista del Partido Demócrata (PD). También serán comunistas los que pertenecen al mismo sector de Mandami y han venido ganando elecciones locales o internas del PD en varios estados.
En esa reunión convocada por la ultraderecha en el gobierno estadounidense se tratará de ilustrar a los gobernantes que concurran respecto a cómo detectar sus posibles “enemigo interno” y como combatirlo.
Muchas cosas cambian en este mundo, otras no tanto.
(*) Comisión de Relaciones Internacionales del PCU.






















