La ética de un pueblo

Este 20 de Mayo, una vez más, cientos de miles salimos a las calles y junto a Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos conmovimos el país con nuestros silencios. El impacto de la Marcha del Silencio es de tal magnitud que se transforma en un hecho social total, no hay lugar que no alcance, que no interpele.

Este año cientos de miles en más de 80 marchas en ciudades y localidades de los 19 departamentos del país y en varios países del mundo donde hay uruguayas y uruguayos viviendo protagonizamos un momento más de un largo proceso de acumulación de fuerzas popular y avance de conciencia.

El 20 de Mayo, expresa, como decíamos muchas cosas, tiene una dimensión política, una dimensión social, pero es, ante todo, una enormemente valiosa construcción ética.

La ética, además de una rama de la Filosofía, es el conjunto de valores que rigen la conducta humana, su construcción implica reflexión crítica sobre el deber ser, sobre lo que está bien y lo que está mal. Está claro que hay una dimensión individual ética, pero es sustantiva la ética colectiva, la construcción ética social, que no es la simple sumatoria de las éticas individuales, es una síntesis colectiva que supera y enmarca estas. La ética tiene que ver con el pensamiento y la reflexión, pero también con la práctica individual y colectiva, con el ser social.

En este 2026, como señalamos en el editorial nuestra anterior edición, conmemoramos 50 años de los asesinatos por la dictadura fascista y la coordinación represiva del Plan Cóndor, del senador del Frente Amplio, Zelmar Michelini; el diputado del Partido Nacional y presidente de la Cámara de Representantes, Héctor Gutiérrez Ruiz; el matrimonio de militantes del MLN, compuesto por Rosario Barredo y William Whitelaw y el secuestro y desaparición del médico, dirigente del Sindicato Médico del Uruguay y militante del Partido Comunista de Uruguay, Manuel Liberoff.

Y, al mismo tiempo, 30 años de la convocatoria por Madres y Familiares de la primera Marcha del Silencio, en 1996.

La dictadura en Uruguay fue un intento de hacer retroceder a nuestro país décadas, imponer con el terrorismo de Estado un cambio profundo y retrógrado, transformar al país en algo infinitamente peor. Un país sin soberanía, con una inserción internacional de sometimiento al imperialismo de EEUU; un país sin libertad; un país con concentración extrema de la riqueza y el poder. Un país para unos pocos y dirigido por unos pocos. Para eso tenían que quebrar al pueblo, someterlo. El proyecto que encarnó la dictadura implicaba un cambio ético profundo del pueblo uruguayo.

Y hay que ponerle contenido a las palabras y los conceptos, cuando decimos terrorismo de Estado, decimos la utilización de todo el Estado, del aparato represivo y de todo lo demás, al servicio de ese proyecto de país retrógrado. La utilización masiva del secuestro, la tortura, la cárcel, el asesinato y la desaparición forzada y su legitimación social. La institucionalización de la mentira. La ostentación de la violencia y la imposición del miedo como herramienta de sometimiento. Imponer el sometimiento, la desconfianza, el individualismo, la delación, como valores a ser reconocidos y premiados; la desconfianza y el odio a la cultura y a quienes la crean, a la ciencia y a quienes la construyen.

Fue de esa profundidad y dimensión la barbarie que enfrentamos.

Y en esa operación brutal de retroceso sobre toda la sociedad, el 20 de mayo de 1976 fue un momento de inflexión, un acto de terror, fríamente planificado y pensado para sembrar el miedo y provocar el inmovilismo.

Y 50 años después de esa operación de terror la lucha del pueblo uruguayo, su perseverancia, en primer lugar de Madres y Familiares de Desaparecidos, pero de todo el movimiento popular, e incluso más allá de las fronteras de este, ha logrado transformar esa fecha en su contrario.

El 20 de Mayo es, desde hace 30 años, un día de esperanza, de dignidad, de coraje colectivo, de movilización. Lo hemos transformado en eso.

No ha sido fácil. Encontramos y les devolvimos el derecho a su identidad a Macarena, a Simón, a Mariana. Hemos encontrado palabras y fuerzas para denunciar el horror. Hemos construido memoria y narrado, aún de forma insuficiente, la epopeya de la solidaridad, de la resistencia, de la dignidad. Hemos abierto grietas en el muro que parecía, o nos decían que era, impenetrable, de la impunidad. Hemos colocado decenas de marcas de la memoria, en todo el país, denunciando la barbarie, pero también reconociendo la resistencia. Hemos denunciado, sostenido los juicios y logrado condenas. Hemos investigado y escrito en medios de prensa, muchas veces muy solos y aislados, pero siempre abriendo caminos a la verdad. Hemos entrado a los cuarteles y recuperado a 8 compañeras y compañeros. Hemos logrado la Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad, que ha agilizado los juicios. Hemos logrado la conformación del Grupo de Investigación de Antropología Forense, que busca por todos y todas y lo hace con tanta responsabilidad y dedicación. Hemos conformado el grupo de investigación de la Institución Nacional de Derechos Humanos, que trabaja tanto y tan bien y que ha logrado, entre otras cosas, documentar 8 casos más de desaparición forzada. Hemos encontrado archivos, publicado libros, ahora el Ministerio de Defensa estableció el acceso irrestricto del equipo de investigación de la INDDHH a todos los que tengan las Fuerzas Armadas y está muy bien. Hemos hecho todo eso y mucho más y sin embargo falta tanto.

El Estado tiene que hacer más, no será fácil, nunca lo fue, pero el presidente tiene que dar la orden de que los que saben o los que pueden encontrar datos lo hagan. Es cierto que Tabaré Vázquez dio la orden de que se diera información y que vinieron los informes y que hubo quienes aportaron datos, básicamente la Fuerza Aérea y quienes mintieron. Por eso mismo hay que ir un paso más allá y dar la orden con otros requerimientos e insistir. Hay que lograr que los juicios avancen. Hay que garantizar que los culpables de los peores delitos de la historia del Uruguay cumplan su pena. Hay que asegurar que quienes siendo culpables de esos mismos delitos horrendos y estando prófugos de la justicia siguen cobrando por esos “años de servicio” dejen de hacerlo. Hay que seguir buscando la verdad y recuperando del horror a todas y todos los desaparecidos.

Todo eso es así. Pero volvamos al principio, no podemos restarle importancia a la construcción ética que nuestro pueblo ha hecho en estos años y que es el principal avance logrado.

Este 20 de Mayo, como desde hace 30 años, cientos de miles, jóvenes sembrando margaritas, preguntando y comprometiéndose, artistas haciendo canciones, murales, obras de teatro y de danza, trabajadores y trabajadoras, uruguayas y uruguayos, en cada rincón del país decimos: Queremos verdad, queremos justicia, queremos nunca más.

Los que buscaron que el 20 de Mayo fuera un mensaje de terror, de miedo, de impunidad, no pudieron quebrar al pueblo uruguayo.

Porque nuestro pueblo, cada año, con su silencio digno dice que en su ética no hay lugar para la mentira, para el odio, para la impunidad, para que el miedo sea lo que prime.

La ética que construimos cada día, entre todas y todos, nuestra ética, dice que vale la verdad, que vale la dignidad, que vale la solidaridad, que vale la justicia, que vale la libertad y no el sometimiento por miedo.

Y esa construcción ética no tiene solamente 50 años, viene de mucho más atrás, conviene recordarlo en estos días que tanto se nombra a Artigas por una batalla y no por sus ideas y lo que se propuso construir.

José Artigas, Protector de los Pueblos Libres, único título que le gustaba recibir, repudiaba la impunidad. “He dado las mayores pruebas de mi odio al crimen y jamás me perdonaría dejar impunes esas atrocidades si fueran cometidas por los que se hallan a mis órdenes”, escribió desde el cuartel general de Salto Chico, el 25 de diciembre de 1811.

Artigas, este 20 de Mayo, marchó con su pueblo, no estaba en ningún otro lado más.

Conmovidos aún por todo lo que provoca la Marcha del Silencio, las Marchas del Silencio, seamos capaces de valorarlas en su dimensión profunda.

Son parte de la ética de un pueblo.

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