Gaesa es propaganda imperialista. ¿Se prepara la invasión de Cuba?

El 15 de mayo de 2026, el The New York Times publicó un largo artículo sobre Gaesa, el conglomerado militar cubano, describiéndolo como una herramienta de la familia Castro para enriquecerse a costa del pueblo. El texto apareció un día después de la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana.

¿Coincidencia? Para Luciano Vasapollo, economista y profesor titular de políticas económicas durante cuarenta años en La Sapienza de Roma, en la PAMI y en la Universidad de La Habana, no existe coincidencia: existe un plan. Alfonso Bruno lo entrevistó.

Antes que nada, una cuestión de léxico. Usted insiste en usar la palabra “bloqueo” en vez de “embargo”. ¿No es una sutileza semántica?

No es en absoluto una sutileza, es una cuestión de verdad. El embargo es unilateral: un país deja de comerciar con otro. El bloqueo es una sanción total: cualquier país del mundo que tenga relaciones comerciales, monetarias o financieras con Cuba es a su vez sancionado por Estados Unidos.

Esto significa que no estamos hablando de una decisión bilateral, sino de un castigo global. Usar la palabra “embargo” es ya aceptar la narrativa de Washington. Nosotros decimos bloqueo, y lo decimos con la máxima precisión.

El New York Times escribe que las finanzas de Gaesa son secretas, no aparecen en el presupuesto del Estado, y que la funcionaria encargada del control gubernamental fue despedida tras admitir que no tenía acceso a ellas. ¿Cómo responde?

Falso, mil veces falso. Se acusa a Gaesa de ser una empresa vinculada a los poderes gubernamentales de Cuba simplemente porque es una empresa pública.

En Cuba existe una planificación socialista: las empresas estatales, por definición, deben perseguir el bienestar del Estado. No hay nada extraño en que estas empresas estén en manos públicas.

Lo que hace el New York Times es reproducir exactamente la narrativa de Marco Rubio, según la cual Gaesa se apropiaría de todo el dinero producido en Cuba en beneficio de la familia Castro sin transformarlo en obras públicas. Es la narrativa imperialista según la cual hay que quitarle al gobierno cubano los recursos financieros generados por el turismo. El objetivo es uno solo: destruir cualquier fuente de ingresos existente en Cuba.

En las intervenciones de los medios estadounidenses parece que el ataque va dirigido contra la familia Castro. ¿Son acusaciones fundadas?

Históricamente sabemos quiénes son los hermanos Castro, que encarnan toda la pasión, el amor y el espíritu de sacrificio por el pueblo cubano. Por otra parte, está absolutamente demostrado que la estrategia imperial —desde siempre— es la del divide et impera; por tanto, se pretende crear artificialmente contradicciones dentro del pueblo cubano y en los distintos sectores de las Fuerzas Armadas para intentar poner en el poder a títeres de Estados Unidos que sean serviles a sus intereses.

Eso no será posible porque el pueblo cubano está unido y las Fuerzas Armadas representan el espíritu y el interés popular desde hace más de sesenta años.

Pero un economista cubano de la American University dice que el gobierno se queja del bloqueo cuando le conviene, y luego construye hoteles como si el bloqueo no existiera. En 2024 Cuba gastó en turismo once veces más que en educación y salud. ¿Es todo culpa del bloqueo?

Hay que entender cómo funciona el bloqueo en la realidad. La persecución sistemática golpea cualquier fuente de ingresos y de entrada de divisas del país. El turismo era la única válvula que quedaba.

Las inversiones en hoteles eran un intento desesperado de conseguir moneda extranjera en un sistema bancario internacional que nos está completamente vedado: no podemos realizar ni siquiera las transacciones comerciales, financieras y monetarias más simples. Y al mismo tiempo, Estados Unidos golpeaba las remesas de los migrantes y destruía los acuerdos marco de cooperación médica, quitando recursos que Cuba habría invertido en salud pública, medicamentos, educación y construcción de viviendas.

El deterioro del sistema sanitario no depende de decisiones internas: depende exclusivamente del bloqueo, de las sanciones y de este corte sistemático de ingresos.

Usted define a Donald Trump y a Marco Rubio como criminales que preparan una invasión. Pero Ratcliffe fue a La Habana a negociar, no a invadir. Si el objetivo fuera la guerra, ¿por qué dialogar?

Porque Estados Unidos está acostumbrado a este esquema: primero se crea la justificación mediática, luego se invade. Lo vimos con Irán, lo vimos con Venezuela, donde para invadir construyeron un caso inexistente sobre tráfico de cocaína.

En Cuba están siguiendo el mismo guion: acusaciones sobre terrorismo internacional, guerra cognitiva e híbrida, guerra comunicacional. La visita de Ratcliffe no es diplomacia: es un ultimátum. Es el mensaje de que el tiempo se acaba.

El propio Rubio dijo explícitamente que cualquier país habría cedido en una semana con un bloqueo tan intenso —energético, comunicacional, de combustible—. Y añade: no tenemos otro camino, dando a entender que el único que queda es la invasión militar. No me lo invento yo: lo dicen ellos.

El NYT informa que en 1996 aviones civiles desarmados, con voluntarios que buscaban migrantes en el mar, fueron derribados sobre aguas internacionales. Cuatro muertos, tres ciudadanos estadounidenses. Desde el punto de vista católico del respeto a la vida humana, ¿cómo juzga ese episodio?

Lo que el New York Times llama periodismo independiente sobre ese episodio forma parte de la guerra comunicacional contra Cuba. Hay que recordar quién era José Basulto, fundador de Brothers to the Rescue: un exagente de la CIA, veterano de Invasión de Bahía de Cochinos, que ya había disparado con un cañón contra un hotel cubano.

Esa organización había realizado actos que Cuba consideraba premeditados y no de naturaleza civil, violando la soberanía territorial. El gobierno cubano había presentado denuncias formales a Estados Unidos durante meses. La cuestión es mucho más compleja de como se presenta, y es instrumental sacarla ahora, treinta años después, exactamente en el momento en que se busca un pretexto para aumentar la presión militar sobre Cuba.

Usted dice que las protestas en Cuba son contra el bloqueo estadounidense, no contra el gobierno. ¿De dónde saca esa conclusión?

Tengo relaciones directas con los cubanos. Las protestas de Santiago de Cuba y de La Habana son limitadas, extremadamente pequeñas, y con un lenguaje muy abierto de agitación política y emocional contra el bloqueo de Estados Unidos.

Los sitios llamados “independientes” —sostenidos y muy bien pagados por el gobierno de Estados Unidos, con sede principalmente en Miami— las transforman en una “rebelión política” contra el gobierno cubano, ocultando deliberadamente la causa: el bloqueo al petróleo, que provoca apagones de veinte e incluso veinticuatro horas al día, deteriorando las condiciones de vida para que los cubanos culpen a su propio gobierno.

Es una estrategia precisa: crear contradicciones en el pueblo cubano, provocar una ruptura incluso entre los militares. Ese es el objetivo imperialista de estas operaciones de propaganda extremadamente violentas.

Sesenta y siete años de bloqueo, las reservas de petróleo agotadas, apagones que duran un día entero. Y un director de la CIA que aterriza en La Habana con un ultimátum mientras los fiscales de Miami trabajan en una acusación contra Raúl Castro.

Para Vasapollo, la partida sobre Cuba nunca ha sido humanitaria: es geopolítica, es ideológica, es la demostración de que Washington no tolera que a noventa millas de sus costas exista todavía un país que ha elegido otro camino. El pueblo cubano resiste. Hasta cuándo, nadie lo sabe.

Fuente: Cubainformación

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