Gonzalo Perera
Desde que el ser humano está en este mundo, cada tanto ocurren desgracias inesperadas. Con el transcurso del tiempo, atesorando la experiencia, nuestra especie comenzó a darse cuenta de que si hay fenómenos trágicos que no pueden evitarse, debe contarse con la capacidad para responder ante los mismos y contener a los afectados. Es por esa razón que en nuestras sociedades hay cuerpos de bomberos, que ojalá no tuvieran que actuar nunca y que posiblemente pasen buena parte de su tiempo en sus cuarteles. Pero, si por ejemplo surge un incendio, en el tiempo más breve posible comienzan a trabajar para controlarlo, extinguir, evitar muertes y minimizar pérdidas materiales. Si no los tuviéramos, porque los incendios no ocurren a cada rato y recién al ver las llamas nos pusiéramos a improvisar medidas de contención sin la adecuada preparación y equipamiento, todas nuestras ciudades serían la Roma de Nerón. Otro tanto ocurre con las ambulancias, que ojalá no fueran nunca necesarias. Pero cada tanto lo son y en la rapidez de su respuesta hay vidas humanas en juego, y nuevamente la existencia de personal capacitado y equipamiento adecuado es lo que puede hacer la diferencia entre un susto y una tragedia.
De hecho, un buen indicador de qué tan precavida y sensible es una sociedad, es el nivel de desarrollo y extensión de las medidas, personal y equipos de respuesta para las distintas fatalidades que pueden ocurrir, aunque sea de modo infrecuente, en, por ejemplo, los espacios públicos. En muchos lugares del mundo, en las playas de buena concurrencia de público, hay centros de atención médica de emergencia. Si una persona es rescatada tras un principio de ahogamiento, recibe asistencia médica de forma casi inmediata y en apenas un par de minutos puede estar en una ambulancia rumbo a un centro hospitalario, para su atención más completa. Eso, a los ojos de uno, sorprende, porque la cultura de la prevención no es uno de nuestros puntos fuertes. Hace pocos días, un jugador de básquetbol, disputando un partido final de nuestra liga, sufrió accidentalmente una fractura de cráneo y hubo que esperar una cantidad exasperante de minutos para que llegara una ambulancia. El jugador se recuperó y pudo estar en el público alentando a su equipo poco tiempo después, pero la pregunta que hizo ante las cámaras de la TV un veterano jugador rival, obviamente preocupado por su colega, fue la central: cómo era posible que en una final de un deporte de muy alto contacto físico y donde concurren miles de personas, no hubiera ni una ambulancia cerca. Las “respuestas” fueron terribles: que no hay exigencia normativa, etc. El hecho es que la ausencia de previsión dejó todo librado a la suerte, que esta vez no faltó a la cita, pero las vidas humanas no se pueden jugar a los dados. Es cuestión de sensatez y sensibilidad estar preparado permanentemente para un conjunto de fatalidades que, aunque no se sepa cuándo pueden pasar, se sabe que ocurren.
Uruguay, más allá de esa base cultural tendiente a la imprevisión e improvisación, cambió mucho en materia de prevención y contención durante los tres períodos de gobierno del FA. Un ejemplo evidente es la construcción de un Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS), universalizando la cobertura y ampliando equipamiento y capacidades de respuesta ante cualquier emergencia sanitaria. Ese legado de las administraciones frenteamplistas fue probado bajo fuego apenas 13 días después de abandonar el gobierno, cuando llegó al Uruguay la pandemia COVID 19. Es innegable que uno de los elementos centrales para explicar que dicha pandemia cobrara alrededor de 7.500 vidas (cada una de ellas una pérdida irreparable y lacerante, claro está) y no segara 75.000 vidas, fue la fortaleza, cobertura y calidad de la atención médica brindada por el SNIS. Cuando el presidente Lacalle Pou se presentaba ante el mundo como el líder que había sabido responder ante la emergencia sanitaria, no hizo más que mostrar su desfachatez, porque lo que respondió bien no fue él, fue el SNIS, herencia legada por el FA. Lo que hizo Lacalle Pou ante el COVID 19 fue, cuando los casos eran pocos (hasta diciembre de 2020), saturarnos con interminables conferencias de prensa completamente inútiles y frívolas, para luego, cuando desde principio del 2021 los números de casos comenzaron a explotar, desaparecer como si se lo hubiera tragado la tierra. En materia de decisiones, su aporte fue crear el Grupos Asesor Científico Honorario (GACH) al que exhibió y elogió durante el 2020, mientras la situación no era especialmente complicada, para luego, cuando la situación se puso espesa, desconocer sistemáticamente recomendaciones del GACH en su obsesión por proteger al malla oro. Si el cargo de presidente, en lugar suyo, lo hubiera ocupado su tabla de surf, seguramente nos habría ido algo mejor, porque las virtudes del SNIS hubieran estado igual y una tabla no se manda macanas.
Por cierto, este brevísimo repaso, hace que cuando alguna de las estrellas fugaces de este gobierno tiene el atrevimiento de hablar de la “herencia maldita” uno no sabe si reírse o llorar, porque si las cosas no han sido peor para todo el pueblo uruguayo es porque este gobierno tomó un Uruguay que no era el país de las maravillas, pero que estaba muy claramente mejor que el que recibió el primer gobierno del FA en el 2005.
Hoy azota al país, sobre todo en el área metropolitana, pero con perspectivas de extenderse a todo el territorio nacional, la crisis hídrica, la dramática escasez de agua potable. Hemos dicho en estas mismas páginas que no es consecuencia de la sequía, sino del drástico recorte de inversiones de OSE, del brutal recorte en puestos de trabajo, de la falta de mantenimiento que produce pérdidas de agua en la red de distribución del orden del 50%, de la locura del Proyecto Neptuno, de la mercantilización de un bien esencial como el agua, etc. Todos esos dislates seguramente fueron agravados por la sequía, pero con tanta macana junta, igual íbamos a tener problemas, ciertamente. Pero por un momento pensemos las cosas desde este ángulo: si la sequía es la culpable, entonces nuestros geniales gobernantes no saben que cada tanto hay sequías, vista la absoluta ausencia de un plan de contingencia ordenado, que dé respuesta eficaz a la crisis.
La incompetencia, imprevisión, improvisación y falta de sensibilidad de este gobierno no tiene excusa alguna. Más cuando se la contrasta con el accionar del FA, particularmente en temas como el SNIS, que este gobierno usó descaradamente para adjudicarse blasones ajenos en el 2020.
Lo más lacerante fueron las pseudo-respuestas, como las de tomar agua embotellada dado que se está potabilizando agua con altísimos niveles salinos, ignorando como impacta ese costo en los hogares populares. O la absurda recomendación de sustituir Coca Cola por agua embotellada, que hace que uno se pregunte en qué país creen vivir los gobernantes eyectables. La frivolidad e insensibilidad que trasunta su reacción es indignante. Uno teme que, si llega a venir una inundación, le recomienden a la gente que se suba a sus lanchas con motor fuera de borda y se alejen de las zonas inundadas.
La leyenda relata que cuando a María Antonieta se le hizo notar que las masas estaban indignadas porque no tenían pan, su respuesta habría sido que “si no tienen pan, que coman pasteles”.
No cabe duda alguna que tenemos un gobierno imbuido por el espíritu de esa leyenda de María Antonieta.
Foto de portada:
Bomberos trabajando en la extinción de un incendio en La Floresta, Canelones el pasado mes de enero. Foto: Daniel Rodriguez /adhocFOTOS.























