La convicción no se mide en porcentajes

Por Federico Amorín

Hace más de cincuenta años, en una conferencia que todavía incomoda a politólogos y consultoras, el sociólogo Pierre Bourdieu se animó a decir algo que sonaba a herejía: la opinión pública, tal como la conocemos (esa cifra que abre los portales de noticias un lunes cualquiera), no existe. No como magnitud real, homogénea, sumatoria de voluntades individuales. Existe como artefacto, como un instrumento fabricado para producir un efecto muy preciso, el de instalar la ilusión de un consenso donde en realidad hay un sistema de fuerzas, tensiones e intereses. «El equivalente de ‘Dios está de nuestra parte’ es hoy ‘la opinión pública está de nuestra parte'», escribió hace más de medio siglo. No lo dijo como exceso retórico, sino que allí está la clave de todo el mecanismo.

En Uruguay, ese mecanismo funciona a pleno. No pasa una semana sin una nueva encuesta (Factum, Equipos, Opción, Cifra) que titula la caída del gobierno de Orsi, cada una compitiendo por el número más contundente, cada una reproducida por la prensa como si fuera un hecho de la naturaleza y no lo que Bourdieu llamaba, un instrumento de acción política. El propio presidente terminó admitiendo, ante la insistencia de los micrófonos, que «hay algo que no está saliendo bien», señal de que hasta el gobierno quedó atrapado administrando su legitimidad en función del termómetro semanal y no de lo que efectivamente construye.

Bourdieu discutía tres supuestos que toda encuesta da por sentados sin decirlo, que cualquiera puede tener una opinión formada sobre cualquier cosa; que todas las opiniones pesan lo mismo; y que existe un acuerdo previo sobre qué preguntas vale la pena hacer. Ninguno de los tres argumentos se sostiene. El segundo, en particular, olvida algo elemental, las opiniones no pesan igual porque el instrumento ignora el peso real que logran los grupos de interés organizados detrás de las posiciones que defienden. Y el tercero es hoy el que más salta a la vista en el caso uruguayo.

Buena parte del deterioro reciente se ancló más en episodios puntuales, que en un balance de gestión. La famosa camioneta, por ejemplo, fue convertida durante semanas en el centro de la agenda, mientras otras preguntas, las de los avances reales que se ejecutan en un contexto complejo de la economía, de la coyuntura internacional y de correlaciones de fuerza parlamentarias adversas, directamente no se formulan. No es casual qué se pregunta y qué se calla. La problemática que domina las encuestas es la que le interesa a quien tiene el poder de instalar agenda, no la que surgiría de un consenso social sobre lo importante. El sondeo, además, hace algo más que registrar una realidad preexistente, en buena medida la fabrica, forzando a la gente a pronunciarse sobre asuntos que hasta entonces no le interesaban demasiado, y que la propia encuesta termina instalando como consenso.

Hay algo más en el análisis que vale la pena traer al debate, porque desarma otro de los lugares comunes con los que se suele leer el humor social. La idea de que el pueblo, cansado, se vuelve naturalmente conservador y le exige al gobierno que achique sus ambiciones. Bourdieu mostró exactamente lo contrario cuando distinguió entre dos tipos de preguntas. Frente a cuestiones de moral doméstica, los sectores populares pueden aparecer, en efecto, como más conservadores. Pero frente a las preguntas que ponen en juego una transformación real de las estructuras y de las relaciones de fuerza entre clases, son los sectores populares los que se muestran más partidarios a la innovación, mientras que el conservadurismo crece a medida que se asciende en la jerarquía social.

Trasladado al día de hoy que un estudio de opinión registre cansancio o malestar no equivale a un mandato de repliegue programático. Puede ser, igual de plausible, la expresión de una impaciencia por profundizar lo que todavía falta en salario, vivienda, seguridad social y distribución, antes que un pedido de freno.

Hay, sin embargo, un dato dentro de las propias encuestas que a los grandes medios les interesa mucho menos destacar y que a nosotros debería interesarnos más. La caída no es pareja. Entre el electorado frenteamplista «no ideologizado», el que vota sin anclaje orgánico ni participación militante, la desaprobación crece con fuerza. Entre quienes militan, entre quienes sostienen el proyecto desde el comité, el desgaste es sensiblemente menor.

Lo que la encuesta mide como una masa homogénea son, en realidad, dos cosas distintas. Por un lado, una opinión atomizada, recogida en el vacío de la cabina electoral, sin peso organizativo detrás, disponible para el humor social del momento, para la fatiga, para el titular de la semana. Por otro lado, una opinión movilizada, lo que Bourdieu llamaba «opiniones sostenidas por grupos», constituida en la práctica cotidiana, en el trabajo territorial, en el compromiso con un proyecto que se conoce por dentro y no por los medios.

Esa segunda opinión es la que de verdad importa, no por ser más fiel o más justa, sino porque es la que produce efectos reales sobre la primera. Es la militancia la que explica el proyecto puerta a puerta, la que sostiene el ánimo en el barrio cuando el titular desanima, la que transforma el descontento difuso en discusión política y no en resignación.

Cuando esa opinión movilizada se debilita, cuando el entusiasmo militante se desgasta o se enfría, el impacto no se queda adentro, se filtra hacia afuera, hacia ese electorado fronterizo que no tiene con qué sostener el humor social frente al bombardeo de malas noticias. Un militante sin ánimo difícilmente convence a nadie, y mucho menos contagia entusiasmo a los demás. Y ese contagio, esa capacidad de trasladar entusiasmo desde el núcleo organizado hacia el círculo más amplio y menos definido del pueblo, es exactamente lo que ninguna encuesta puede medir, pero es lo único capaz de modificarla.

De ahí que la respuesta a este momento no deba limitarse a la defensiva. Se necesita que el gobierno se acerque aún más a su militancia, no como recurso de comunicación en tiempos difíciles, sino porque ahí está su base material y política. Donde la militancia, a su vez, reincorpore a ese gobierno como propio, con sus límites y sus aciertos, sin la distancia cómoda de quien solo evalúa desde afuera. Sabiendo que ese proyecto tiene limitaciones y debilidades, algunas heredadas y otras propias, en un contexto global adverso que condiciona el margen de maniobra de un país pequeño. Pero tiene, y debe tener, perspectivas superadoras para el conjunto del pueblo trabajador, y esas perspectivas sólo se sostienen si hay quien las defienda con convicción.

Toda construcción ideológica tiene dos caras, puede operar como dominación, deformando la lectura de lo social para sostener un orden dado, o puede actuar como horizonte, como la capacidad de un grupo de imaginar y sostener, desde su propia identidad, un grado de libertad frente al relato dominante. El clima instalado semana a semana por las encuestas pertenece a la primera cara. El enamoramiento de un proyecto transformador no se agota en lo sentimental ni en la consigna, pesa como fuerza material. Una militancia convencida, activa, que discute puerta a puerta los avances concretos y no se resigna frente a los límites, es la que finalmente empuja el humor social del entorno más amplio, del votante no ideologizado, del vecino que hoy responde «desaprueba» sin mucho más sustento que el cansancio de una época. Ese es el terreno real de la disputa, y no aparece en la próxima encuesta, aparece en cada comité, en cada sindicato, en cada organización social que decida, otra vez, entusiasmarse con lo que falta construir.

Ahí hay una tarea concreta, no un estado de ánimo que simplemente ocurre o no ocurre. Le corresponde al gobierno profundizar en el programa y en el vínculo con su fuerza política. Y le corresponde a la militancia disputar puertas adentro, con argumentos y no con resignación, la orientación de un proyecto que sigue siendo, con todas sus limitaciones actuales, la mejor herramienta disponible para transformar la vida del pueblo trabajador. Ninguna de las dos cosas se resuelve sola. Pero de esa relación, un gobierno que se acerca y una militancia que se apropia, depende que el entusiasmo deje de ser un dato de minoría organizada y vuelva a nutrir al conjunto del pueblo.

Compartí este artículo
Temas