Los datos duros de la economía son contundentes: en Uruguay crece la desigualdad. Esta conclusión es irrefutable si se toman algunos datos centrales de la economía del país. La carestía se profundiza, los precios no paran de crecer, la inflación interanual roza el 10%, 9.56% para ser más precisos. Ese dato ya de por sí sería suficiente, pero hay que profundizar más y decir que el incremento de los precios es mayor aún en rubros claves como la alimentación y que golpea más duramente a los sectores populares. Aumenta el desempleo, ya van dos meses que se mantiene en niveles superiores al 8%, eso significa que afecta directamente a más de 150 mil personas y estos datos no incluyen a quienes ya no buscan trabajo, por ello, en realidad, podemos hablar de casi 200 mil personas que no tienen empleo seguro. Sigue el deterioro de los salarios y jubilaciones, el salario medio cerrará este 2022 seguramente con números negativos comparado con la inflación, eso implica que por tercer año consecutivo habrá deterioro salarial. Eso impacta directamente en las jubilaciones y pensiones que tienen como referencia de ajuste el Índice Medio de Salarios. En Uruguay, cerca del 80% de la población depende de ingresos fijos, esa es la dimensión del impacto. Esto se da mientras, simultáneamente, las exportaciones baten récord tras récord, si se toman los últimos 12 meses superan los 13 mil millones de dólares, lo que implica un crecimiento del 50% con respecto a la pre pandemia, si tomamos el mismo período de tiempo. Como recuerda una nota del economista Bruno Giometti, en esta misma edición, incrementan sus volúmenes de exportación, con respecto a los años pre pandemia, los 13 rubros económicos principales, que explican el 80% de las ventas al exterior. Y hay algunos que tienen un crecimiento superior al 70%, entre ellos la carne, la soja, los subproductos cárnicos, el trigo y los vehículos automotores. A eso hay que agregarle las cifras del crecimiento de los depósitos bancarios, en nuestro país y en el exterior, en más de 9 mil millones de dólares, que está concentrado, además, en las cuentas de más de 100 mil dólares.
“Unos mucho y otros nada y eso no es casualidad, si el maíz crece desparejo, alguna razón habrá”, dice, con mucha razón, la emblemática canción “La Rastrojera”, del inolvidable Marcos Velázquez.
Se pueden dar muchos debates sobre los resultados de las políticas de un gobierno. De hecho, la ministra de Economía y Finanzas, Azucena Arbeleche y el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, Isaac Alfie, en su comparecencia en el Parlamento por la Rendición de Cuentas, dijeron que vivimos en el país de las maravillas, que estamos creciendo y que la izquierda es incapaz de ver lo bien que le va al país.
El problema es, que como bien dijo el presidente de la República, Luis Lacalle Pou, principal responsable de la aplicación de las políticas que arrojan este resultado, se trata de “datos y no relato”.
El capitalismo genera desigualdad, está en su ADN, tanto que algunos, como en su momento lo hizo el presidente de la Asociación Rural del Uruguay en la Expo Prado, la consideran “natural”.
El mundo actual es una clara muestra de ello, el capitalismo en crisis estructural y orgánica se transforma en un permanente generador de desigualdad. Hoy, mientras crecen los mil millonarios, la FAO alerta sobre la gravedad de la hambruna, ya hay 800 millones de personas pasando hambre y este año se podría llegar a los mil millones. Es tan grave la situación que el renombrado economista Thomas Piketty ha señalado que Europa es hoy más desigual que cuando se produjo la Revolución Francesa.
Esto es así. Pero un gobierno puede tomar medidas que fortalezcan esta tendencia natural del capitalismo o, por el contrario, generar políticas que reduzcan esa consecuencia del sistema imperante.
Pues bien, el gobierno de la coalición de derecha, encabezado por Luis Lacalle Pou, por concepción y por práctica, se sube a la ola y genera más desigualdad. Luis Lacalle Pou ha expresado públicamente su decisión de gobernar con lo que denominó con cruda sinceridad los “malla oro” como prioridad.
El actual gobierno es la expresión política de la fracción más conservadora de las clases dominantes uruguayas, en él tienen un peso enorme el agronegocio, el capital financiero y el sector exportador. Es su base social constitutiva, más allá de quien los vote, universo obviamente mucho más amplio. Se trata de los intereses materiales que defiende y de la ideología que inspira su accionar. Y si, tiene un núcleo duro de un dogmatismo neoliberal casi fanático.
Por eso usaron y usan los salarios como variable de ajuste. Por eso el mantra del recorte de gasto y el déficit fiscal. Por eso conciben el Estado como un obstáculo para sus negocios y no como una palanca de desarrollo y una herramienta de construcción de igualdad.
La situación no es peor porque la lucha popular, particularmente la sindical, ha impedido que el deterioro sea mayor, varios sindicatos importantes de la actividad privada han peleado y conseguido Convenios Colectivos, rompiendo las pautas de rebaja salarial del gobierno y logrando que miles de trabajadoras y trabajadores no pierdan salario. Porque también fue la lucha de los gremios de la Educación y de la Administración Central y del PIT-CNT la que obligó al gobierno a negociar una recuperación salarial que no quería dar.
Lo que sucede es que, a pesar de esas grandes luchas y sus conquistas, cientos de miles de uruguayas y uruguayos perdieron calidad de vida y salario en estos dos años y medio, y eso no se recupera más. Este proceso material, económico y social, no es neutro, tiene ganadores y perdedores. Perdieron los y las trabajadores y ganaron los grandes empresarios y especuladores financieros, los famosos “malla oro”. Hubo un traslado de miles de millones de dólares de riqueza generada que no fue para los trabajadores y que captaron, como rentabilidad del capital, los “malla oro”. En Uruguay, el gobierno de derecha, Luis Lacalle Pou, han promovido una redistribución de la riqueza, pero de signo negativo. El proyecto de país que impulsan es concentrador de la riqueza y el poder y excluyente en términos sociales.
La generación de desigualdad, para usar otro término en boga, transversaliza, pero en un sentido conservador, todas las políticas del gobierno de derecha. La desigualdad es su principal producto económico y social.
Es muy importante colocar este centro, que es ideológico y político, en el debate público. La desigualdad genera consecuencias terribles en la vida concreta de nuestro pueblo. Miles viven en la calle. Miles siguen recibiendo alimento por la solidaridad de las ollas populares. Miles no llegan a fin de mes. Esa es la cara más dramática de la desigualdad.
Y hay otra. La desigualdad golpea a la democracia. La democracia es un proceso permanente de construcción de libertad e igualdad. La igualdad sin libertad no encuentra como realizarse, como construirse socialmente. Pero la libertad sin el avance en igualdad, se transforma solamente en la defensa de los privilegios actuales de quienes tienen poder.
Por eso es mentira la premisa ideológica de que la derecha al reducir el peso del Estado, privatizar las empresas públicas y entregar aspectos centrales de la producción a empresas privadas y en la mayoría de los casos trasnacionales, como en el Puerto, en ANTEL y las telecomunicaciones, el agua y el proyecto Neptuno, los combustibles y el Portland en ANCAP, defiende la libertad de los emprendedores y los consumidores. No se construye libertad generando desigualdad. En realidad, se recorta la libertad de ejercer efectivamente sus derechos de las grandes mayorías y se amplía la libertad de acumular ganancias y riquezas de unos pocos.
La lucha por los salarios y las jubilaciones; contra los recortes presupuestales a salud, educación, vivienda, la UDELAR y políticas sociales; contra las privatizaciones de sectores claves de la economía y en defensa de las empresas públicas; en defensa de la Educación Pública; por una seguridad social universal, solidaria, sin fines de lucro y sin AFAPs; por la defensa de la INDDHH y contra la impunidad para el pasado y para el presente; tienen un denominador común: construyen igualdad. Al hacerlo, además de defender la calidad de vida de nuestro pueblo, también defienden la democracia.






















