La muerte ya no paga boleto

El 9 de abril de 2021 fue Nadia en La Unión; el 24 de diciembre de 2023, Kiara en el barrio Peñarol; el 18 de enero de 2024, un niño de 8 años en Malvín Norte; el 22 de febrero fue la hora final para un niño de 2 años en Pinar Norte, departamento de Canelones.

Un informe de Subrayado dio cuenta de un incremento en la cantidad de niños baleados que pasó de 2 o 3 por año a uno por mes como mínimo, según confirmó el director del Hospital Pereira Rosell, Dr. Álvaro Galiana.

La muerte puso la mira en los niños, y la infancia uruguaya pasó a integrar la negra estadística oriental de muertes violentas. La muerte -como los niños- ya no paga boleto…

Escudos vulnerados/Códigos rotos

La familia era un rincón sagrado en el ambiente criminal, hasta que un día se enfrentaron los clanes y empezó la guerra entre los colectivos afines. Pasó en la mafia magistralmente inmortalizada en la saga de El Padrino y de ahí en más se expandió por el orbe mismo. Pero, si había algo aún más sagrado en ese ambiente, era la figura de la madre y la de los niños, esos eran mojones que todos respetaban. Era el límite infranqueable que no se atrevía a violar ni el criminal más sanguinario. Pero, así como gira el mundo, también cambiaron algunos códigos y un día se atravesó ese límite en un camino sin retorno que cambió al mundo. Un giro irreversible al que en Uruguay todavía contemplábamos a través de las películas… hasta ahora.

En los últimos años y a pesar de una pandemia que ralentizó su llegada, asistimos a una escalada de violencia sin precedentes que se supera con cada evento. A cuál más violento y con daños impensados. De los cuerpos desmembrados, quemados o con evidentes signos de tortura, pasamos a la muerte de niños como producto colateral de una lucha entre clanes que se disputan los territorios de un magro mercado que no da para todos. La vieja ley de la oferta y la demanda mostrando su rostro más cruel y duro…

Niños que sucumben ante una bala perdida y que ya no están protegidos ni en su propio hogar (como ocurrió con Nadia en La Unión); o en su barrio, como le sucedió a Kiara en Peñarol. O niños que están en lugares y horas inapropiadas por responsabilidad de adultos que los llevan consigo en lo que se asemeja a acciones en busca de protección ante posibles ataques, usando a los niños como escudos (“si estoy con niños no se atreverán a disparar”, pensarían quienes no tuvieron en cuenta que los códigos cambiaron o que ya no hay tales códigos).  

Lo triste y preocupante de todo esto es que se cruzó una peligrosa línea que lleva a pensar que todo puede ser mucho peor aún. Porque, lejos de amedrentarse, la sed de venganza está latente en las familias de las víctimas que no dejarán impunes dichos crímenes. 

Ya no se trata de poner a la minoridad como victimarios pues ese relato se ha ido diluyendo con la evidencia científica de los datos que brinda el Observatorio del Ministerio del Interior. La tendencia de la participación de menores en los homicidios se ha mantenido incambiada e incluso, ha descendido, durante largos períodos, contrariamente a lo que quisieron imponer siempre los que solo apelan a la represión como respuesta. Esos que piensan en disparar, pero no ajustan bien la mira, apuntando a adolescentes como autores cuando en realidad la causalidad indica que no son estos los principales responsables ni mucho menos.

Datos de homicidios con participación de menores como autores

(fuente: Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad – Ministerio del Interior)

• 2011 – 13%

• 2012 – 15%

• 2013 – 11%

• 2014 – 7%

• 2015 – 10%

• 2016 – 11%

• 2017 – 6%

• 2018 – 4%

• 2019 – 3%

• 2020 – 5%

• 2021 – 4%

• 2022 – 6%

Entonces, con el dato que mata todo relato, ya no es posible afirmar que los adolescentes son los principales responsables de la violencia letal en el país. Nunca lo fueron y -además- su participación ha ido decreciendo significativamente como lo demuestran los números del organismo encargado de construir las estadísticas del Ministerio del Interior.

Lo que sí ha mutado ha sido otro aspecto y es que los niños y/o adolescentes han dejado de ser inmunes pasando a ser un objetivo posible de la peor violencia que puede producir el ser humano. Ya sea por daño colateral asociado a la violencia que campea por los barrios a lo largo y ancho del país, como por circunstancias asociadas a esa misma violencia y donde los niños son utilizados cual escudo. Algo que ya no debiera ser práctica corriente en un ambiente criminal que no distingue edades y dispara contra todo lo que se mueva frente al objetivo.

“El narco ya mata niños”, se escucha decir en los barrios y aunque ese no haya sido el objetivo, la cruda realidad ha impuesto el dato en un viaje de ida que no tiene fecha de vencimiento… al menos en el corto plazo.

Está difícil de encarar este nivel de violencia sin apelar al recurso directo de aplicar más violencia en lo que desataría una guerra sin precedentes donde todos perdemos. Se impone aplicar mucha inteligencia y ser quirúrgicamente precisos a la hora de aplicar medidas a riesgo de cometer excesos que generen más complicaciones que resultados positivos. 

No es fácil, se requiere de mucha discreción e inteligencia, al tiempo de generar vínculos con una ciudadanía recelosa por la acción incorrecta de una gestión que vino a terminar con el recreo y -en cambio- obtuvo peores resultados con niveles extremos de violencia. Las cifras que ventilan como exitosas no se compadecen con la realidad de las víctimas que padecen la inseguridad y optan por no revictimizarse aún más con largas e interminables esperas en una comisaría. ¡Porque así es como bajaron los números! Ya no toman la denuncia en el lugar, y las tablets son un bulo para quienes les simulan la toma de denuncia y luego acuden a una seccional para comprobar que no cargaron nada (denuncias de estas pululan en las redes sociales).

Mientras tanto, la muerte viaja libremente por todo el territorio y no mide sexo, edad ni condición social. 

La muerte ya no paga boleto…

el hombre hizo silencio,

el perro lagrimeaba en la casilla… 

Fernando Gil Díaz – «El Perro Gil»

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