Matías Carámbula y su visión sobre la visita en términos políticos, diplomáticos, comerciales y de cooperación.
En entrevista con EL POPULAR Matías Carámbula, subsecretario del Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, integrante de la delegación oficial que acompañó al presidente Yamandú Orsi en su visita de Estado a la República Popular China, realiza un balance de la misma.
—Usted participó de la delegación oficial que acompañó al presidente Orsi en la visita de Estado a China. En un contexto internacional marcado por tensiones y disputas abiertas, ¿cómo debe leerse políticamente esta experiencia?
Pienso que debe leerse con conciencia histórica. Viajar a China es entrar en otra escala del tiempo. Allí el desarrollo aparece como una decisión sostenida durante generaciones. Lo que impresiona no es solamente la magnitud de la infraestructura o la velocidad tecnológica, sino la coherencia entre planificación, discurso y ejecución.
China atravesó siglos de fragmentación y humillación colonial. El proyecto actual se presenta como una reorganización definida bajo un rumbo propio. El llamado socialismo con características chinas es parte de esa definición, es la adaptación del marxismo que decidió modernizarse sin perder identidad.
En un mundo donde el modelo de desarrollo occidental es presentado como único horizonte posible, China afirma otro camino. Y eso indudablemente tiene implicancias geopolíticas evidentes.
—En ese sentido, se cuestiona con frecuencia la centralidad del Partido Comunista en ese proceso. ¿Cómo se interpreta esa dimensión desde la experiencia directa de la visita?
Cuando el Partido Comunista de China afirma la posición rectora del marxismo en el campo ideológico, está haciendo la afirmación de que el desarrollo necesita dirección. El crecimiento económico no puede ser neutral ni liberado a las leyes del mercado. Requiere conducción estratégica y orientación colectiva. El Partido se presenta como conductor histórico, garante de continuidad institucional y cohesión estratégica. La construcción económica es definida como tarea central del Estado, pero siempre subordinada al propósito de la mejora de la vida del pueblo.
Prosperidad común, desarrollo integral de las personas, satisfacción de la creciente demanda por una vida mejor. Estos principios atraviesan los planes quinquenales. El desarrollo de alta calidad, la reforma y la innovación como fuerzas motrices, la disciplina institucional como garantía forman parte de una arquitectura política coherente.
Se podrá debatir el modelo, pero no puede negarse su consistencia.
—¿Qué rasgos del proceso chino considera centrales para comprender su proyecto de modernización?
La propuesta del Comité Central para el XV Plan Quinquenal expresa con claridad la ambición del proyecto. Se plantea fortalecer el poder económico, científico-tecnológico y de defensa; consolidar la fortaleza integral del país y ampliar su influencia en el escenario internacional. Es una formulación explícita de construcción de poder nacional en un mundo competitivo. Pero ese horizonte material se vincula con una dimensión social concreta, una vida del pueblo “más feliz y hermosa”, la construcción de una “China bella” y la consolidación de la modernización socialista. El progreso económico, el avance tecnológico y la fortaleza institucional adquieren legitimidad en la medida en que se traducen en bienestar colectivo.
Esa articulación entre poder material y propósito social explica buena parte de la estabilidad del proyecto.
—En ese marco, ¿qué significa la idea de “China bella”?
Es una redefinición profunda del desarrollo. La afirmación recogida en la propuesta del Plan que “las aguas cristalinas y las montañas verdes son también cordilleras de oro y plata” expresa que la riqueza de una nación incluye la preservación de su territorio y de su base ecológica.
La transición ecológica, pico de emisiones de CO₂, carboneutralidad, expansión de áreas verdes, reducción de contaminantes, se integra al núcleo de la estrategia económica. Modernizar para ellos no es solo producir más, sino hacerlo de manera sostenible. En un contexto global de crisis climática, esta dimensión tiene un peso político internacional.
—¿Cómo se proyecta todo este proceso interno en la política exterior china?
A través de la noción de “una comunidad de destino compartido para la humanidad”. Es una categoría que tiene dimensión geopolítica, sin duda, pero también responde a una comprensión de la interdependencia contemporánea. En un mundo atravesado por tensiones comerciales, tecnológicas y militares, China plantea cooperación en infraestructura, financiamiento, comercio, tecnología e intercambios culturales.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta articula esa visión en términos concretos. Se trata de una arquitectura de conectividad global que combina infraestructura, puertos, corredores ferroviarios, energía y telecomunicaciones, con financiamiento, cooperación tecnológica y marcos de coordinación económica. Es una estrategia de integración que reorganiza flujos comerciales y productivos a escala internacional, ampliando espacios de interdependencia y ofreciendo a los países participantes nuevas posibilidades de inserción en la economía global.
—Pasando a la visita concreta del presidente Orsi, ¿cuál fue su significado político?
Pienso que la lectura debe hacerse desde la integralidad de cuatro dimensiones, la política, la diplomática, la del comercio e inversiones y la de la cooperación. La declaración conjunta del 3 de febrero de 2026 integró explícitamente estas dimensiones.
Desde el punto de vista político, se reafirmó el compromiso con la ONU, el respeto a la soberanía y la integridad territorial, la no intervención y la resolución pacífica de controversias. En un contexto global donde estas categorías están en disputa, reafirmarlas es una toma de posición. Para Uruguay, con su tradición de defensa del derecho internacional y su vocación de promotor de paz, esta convergencia tiene una importancia estratégica. Se consolidó el apoyo al sistema internacional basado en normas, la cooperación Sur-Sur y la proyección hacia el Foro China-CELAC, en el marco de la próxima presidencia uruguaya de la CELAC en 2026.
La cooperación en operaciones de mantenimiento de la paz y el respaldo a América Latina y el Caribe como Zona de Paz amplían esa dimensión.
—¿Y en términos institucionales y económicos?
La Asociación Estratégica Integral se profundizó, consolidando casi cuatro décadas de relaciones y proyectando el vínculo hacia el 40 aniversario en 2028. Se fortalecieron mecanismos institucionales y se firmaron diecinueve acuerdos.
Se ampliaron áreas de cooperación en infraestructura, transición energética, agroindustria, pesca, seguridad alimentaria, inteligencia artificial, economía digital, minería sustentable, logística, infraestructura ferroviaria, laboratorios conjuntos de investigación y cooperación científica.
Desde el punto de vista económico, indudablemente, el vínculo tiene un peso estructural para Uruguay. China es el principal destino de nuestras exportaciones y uno de los pilares de nuestra inserción internacional. Su demanda sostiene sectores clave de la economía y tiene impacto directo en empleo y divisas.
La actualización del marco jurídico de inversiones, el diálogo financiero (incluida la cooperación con el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura), el impulso a la innovación y la complementariedad logística muestran que los acuerdos se inscriben en una perspectiva de largo plazo.
—Finalmente, ¿qué reflexión estratégica deja esta experiencia para Uruguay?
Lo más profundo que me deja esta misión es una convicción sencilla y exigente: el futuro se construye con dirección, acuerdos y propósito colectivo El encuentro fue entre una nación que planifica su destino en horizontes de décadas y otra que necesita profundizar su capacidad estratégica sin renunciar a su identidad democrática.
Uruguay no puede ni debe compararse con modelos ajenos. Pero sí debe interpelarse. ¿Pensamos el desarrollo más allá de la coyuntura? ¿Tenemos continuidad estratégica? ¿Colocamos el bienestar popular como punto cardinal de nuestras decisiones?
China decidió planificar, invertir en ciencia, disciplinar su estructura política y articular tradición y modernidad bajo la idea de prosperidad común. Esa voluntad histórica se percibe en los resultados, en la cohesión y en la determinación.
Reafirmar el multilateralismo, la no intervención y la cooperación Sur-Sur es una toma de posición en un escenario donde el unilateralismo y las presiones geopolíticas buscan restringir opciones. Diversificar vínculos, fortalecer capacidades productivas y sostener relaciones estratégicas con actores del Sur Global es parte de una política soberana. La relación con China puede ser una oportunidad si se integra a un proyecto nacional que combine soberanía, desarrollo productivo, justicia social y sostenibilidad.






















