Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS

Las jóvenes militamos la memoria

UJC

Cada mayo vuelve a pasar. Las calles se llenan de silencio, las fotos reaparecen entre nuestras manos y los nombres de los desaparecidos recorren otra vez plazas, liceos, sindicatos, facultades y barrios. Pero no es solamente una fecha en el calendario. Para muchas jóvenes uruguayas, mayo se convirtió en un tiempo de encuentro, reflexión y militancia. Un momento donde la memoria deja de ser únicamente pasado y se transforma en una práctica colectiva del presente. 

¿Por qué generaciones que no vivimos la dictadura sentimos igualmente la necesidad de marchar, organizar actividades, levantar carteles, pintar margaritas o pasar noches enteras preparando una intervención para el barrio o el centro de estudiantes? La respuesta probablemente no sea una sola, pero quizás tenga que ver con que entendimos que la memoria no pertenece solamente a quienes vivieron el horror de manera directa. La memoria también se hereda. 

Hoy, casi treinta años después de aquella primera Marcha del Silencio de 1996, son miles las jóvenes que toman esas banderas y las hacen propias. Como señalan los historiadores Aldo Marchesi, Vania Markarian, Álvaro Rico y Jaime Yaffé, fue precisamente a mediados de los años noventa cuando los temas vinculados a la dictadura comenzaron a recuperar un lugar visible dentro de la discusión pública uruguaya. La Marcha del Silencio marcó un punto de inflexión: los reclamos de verdad y justicia volvieron a ocupar las calles y, con ellos, comenzó también una nueva etapa de transmisión entre generaciones. 

Los autores sostienen que “hasta la mitad de los noventa, el tema estuvo alejado de la discusión pública” y que fue recién a partir de 1996 cuando comenzó un “progresivo retorno de los temas vinculados a la dictadura en la agenda pública”. Desde entonces, cada 20 de mayo dejó de ser solamente una fecha de denuncia para convertirse también en un espacio de encuentro, memoria y construcción colectiva. 

Crecimos en un contexto donde la memoria volvió a ocupar un lugar visible en los barrios, los centros educativos, la cultura y las organizaciones sociales. Y como plantean Marchesi, Markarian, Rico y Yaffé, tres décadas parecen un tiempo suficiente “para acercarnos al análisis de su incidencia en la configuración de la sociedad uruguaya actual”. Es decir: el pasado reciente no quedó atrás. Sigue influyendo en cómo entendemos la democracia, los derechos humanos y la participación política en el presente. 

La historiadora Eugenia Allier sostiene que vivimos en una época donde las sociedades vuelven constantemente sobre el pasado para intentar comprender un presente incierto. Y quizás algo de eso también aparece cada mayo en Uruguay: la necesidad de recordar juntas para entender quiénes somos y qué futuro queremos construir. 

Pero la memoria no se sostiene sola. Necesita espacios colectivos que la mantengan viva. Por eso los centros de estudiantes, las organizaciones juveniles y los sindicatos siguen teniendo un rol tan importante. Militar hoy en esos espacios no implica solamente resistir o defender derechos, sino también construir comunidad y disputar sentidos sobre el presente. La militancia estudiantil también es una forma de “crear, sostener redes y defender la educación como derecho”, proyectando espacios colectivos capaces de interpelar la realidad actual.

Y quizás ahí haya algo profundamente generacional. Muchas jóvenes encontramos en las actividades de memoria un lugar de pertenencia. No solamente por lo que pasó durante la dictadura, sino porque esas experiencias también hablan del presente: de la necesidad de encontrarnos con otras, organizarnos y construir colectivamente en tiempos donde muchas veces predominan el individualismo y la indiferencia. 

Por eso cada vez más jóvenes participan en espacios vinculados a la memoria. En Las Piedras, por ejemplo, existe Jóvenes por la Memoria, un colectivo integrado por jóvenes de la ciudad que desde hace años impulsa actividades durante mayo vinculadas a los derechos humanos y al pasado reciente. Concentraciones en la plaza, intervenciones artísticas, muestras, jornadas de reflexión, lecturas y actividades barriales forman parte de una construcción colectiva que también termina siendo un espacio de encuentro para muchas gurisas que sienten la necesidad de involucrarse y preguntarse sobre lo ocurrido. 

Las actividades son variadas. Algunas son instancias visibles y convocantes; otras son pequeños gestos cargados de significado. Porque militar la memoria también puede ser quedarse hasta tarde pintando un cartel, repartir margaritas en un liceo o sostener la foto de un desaparecido mientras amanece el 20 de mayo. 

Y quizás ahí aparece algo importante de nuestra generación. Muchas entendimos que la memoria no se construye solamente desde grandes discursos o actos oficiales, sino también desde cosas mucho más cotidianas: encuentros entre jóvenes, conversaciones incómodas que abren preguntas o actividades organizadas en barrios y centros educativos. 

Por eso los centros de estudiantes tienen un rol tan importante. Muchas veces son el primer espacio donde comenzamos a discutir sobre la dictadura, los derechos humanos y el pasado reciente. Ahí entendemos que la memoria no es solamente un tema de Historia o una fecha para recordar en clase. Es algo que atraviesa nuestra realidad actual y nuestra forma de entender el presente. 

Cada mural realizado en un liceo, cada cartelera armada por estudiantes o cada jornada de reflexión organizada tiene un valor enorme. Porque son espacios donde las jóvenes dejamos de ser espectadoras y pasamos a participar activamente en la construcción de memoria colectiva. 

Lo mismo sucede en los sindicatos. Muchas jóvenes trabajadoras encuentran allí otro espacio desde donde defender los derechos humanos y sostener la memoria. Y no es casual. La dictadura también persiguió sindicatos, prohibió la organización colectiva y reprimió la participación política y social. Por eso recordar desde estos espacios también implica defender hoy la participación y la organización colectiva. 

Todavía hay quienes se preguntan por qué seguimos hablando de la dictadura tantos años después. Como si el paso del tiempo volviera menos necesarias estas discusiones. Pero justamente porque pasaron los años, nuestra participación se vuelve todavía más importante. Llega un momento donde la memoria deja de transmitirse solamente desde quienes vivieron aquellos años y comienza a depender también de las nuevas generaciones. 

Nosotras heredamos relatos, fotografías, documentos y testimonios. Pero también heredamos responsabilidades. La responsabilidad de escuchar, preguntar y continuar aquello que otras comenzaron mucho antes. 

Para muchas jóvenes, además, la memoria no aparece solamente en libros o fechas conmemorativas. A veces surge en conversaciones familiares, en silencios difíciles de explicar, en historias contadas a medias o en preguntas que atraviesan distintas generaciones. Hay quienes crecieron muy cerca del dolor que dejó la dictadura y también quienes, desde trayectorias familiares diferentes, igualmente sienten la necesidad de acercarse a estas luchas y defender la importancia de los derechos humanos. 

Hay experiencias que marcan especialmente a quienes las viven. El amanecer de la FEUU, por ejemplo, reúne cada año a cientos de jóvenes en una vigilia previa a la Marcha del Silencio. Canciones, lecturas, intervenciones artísticas y conversaciones compartidas durante toda la noche generan una sensación difícil de explicar. 

Hay algo muy fuerte en ver cómo generaciones que nacieron décadas después siguen sintiendo la necesidad de encontrarse para recordar juntas. 

Porque la marcha también se vive desde lo emocional. Desde los nervios previos, desde el momento en que se empiezan a llenar las calles, desde las primeras fotos levantadas en silencio. Hay algo movilizante en caminar junto a miles de personas sin escuchar otra cosa que los pasos y los nombres de los desaparecidos. 

Y quizás una de las cosas más impactantes de la Marcha del Silencio sea justamente esa experiencia colectiva. El silencio de una avenida llena. Las fotos levantadas por manos jóvenes. Las margaritas pegadas en mochilas, camperas y carteleras. Personas que no se conocen caminando juntas con una misma convicción. 

Porque aunque cada una llegue desde historias distintas, durante esas horas aparece algo común: la sensación de que la memoria sigue viva porque hay quienes deciden sostenerla. 

La memoria sigue viva cada vez que una foto vuelve a levantarse en manos jóvenes. Cada vez que alguien organiza una actividad en su liceo, pinta una margarita, investiga sobre el pasado reciente o marcha en silencio por 18 de Julio. 

Porque recordar no es quedarse atrapadas en el pasado. Es negarse a aceptar el olvido. 

Y mientras existan jóvenes dispuestas a levantar una foto, organizar una actividad, pintar una margarita o marchar cada 20 de mayo, la memoria seguirá caminando con nosotras.

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