Gonzalo Perera
La vida me ubicó en un puente entre distintas generaciones de mujeres. Un puente que une historias que comienzan en el siglo XX con mi madre, nacida a mediados de la década del 20, que sigue con las vivencias de mis dos hermanas a partir de la década del 50 y que llega, ya a comienzos del siglo XXI, a mis dos hijas.
En sus vidas pude ver de manera harto elocuente cuántas cosas han cambiado en nuestra sociedad para las mujeres. Lo que para mi madre era absolutamente impensable, para mis hermanas era posible y para mis hijas es parte de su vida cotidiana. Eso no fue maná que cayó del cielo. Eso fue conquista de generaciones de luchadoras. Luchadoras que enfrentaron la agresión, la grosería, la mirada socarrona, el juicio condenatorio, por ser las primeras mujeres en ocupar espacios que se consideraban reservados para varones. Luchadoras que se atrevieron a desafiar la hipocresía, la moralina, el prejuicio, la prepotencia. Luchadoras que ocuparon una y otra vez las calles reclamando por sus derechos. Que reclamaron el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos como parte del derecho a decidir sobre sus propias vidas. Que reclamaron el derecho a no ser cosificadas, explotadas, violentadas de diversas formas, muy particularmente por la atrocidad del femicidio.
Tanta lucha generó muchos cambios, es indudable. Sin embargo, tan cierto como eso, es que hay muchas cosas, demasiadas y muy dolorosas, en que aún no ha habido muchos cambios muy fundamentales e imprescindibles.
Comencemos por algunos datos muy fríos: en nuestro Uruguay de hoy, estadísticamente hablando, las mujeres alcanzan mayor nivel educacional que los varones, pero sin embargo tienen mayores dificultades para acceder al empleo y cuando lo hacen, tienen condiciones de trabajo y salarios inferiores que los varones (en la misma tarea). Por ejemplo, al 2019 (antes del pasaje del huracán “Luis”), el porcentaje de la población de entre 25 y 65 años que llegó a estudios terciarios era 23,8%, pero al desglosarlo se tenía que en varones era 19,4% y en mujeres 27,8%, una diferencia muy ostensible a favor de las mujeres. En cambio, con una tasa de empleo que en los valores era del 65%, en las mujeres era 44%, una diferencia también muy ostensible, pero esta vez en contra de las mujeres.
Obviamente las diferencias de derechos de género se agudizan cuando se cruzan con las diferencias de clase. Si bien en toda clase social las mujeres cargan una mochila mucho más pesada que los varones, en las clases explotadas y más aún en las que han sido condenadas a la marginalidad, esa sobrecarga es infinitamente mayor. Cualquier estudio, sea cualitativo o cuantitativo, muestra que en los sectores más pauperizados es abrumadora la presencia de madres haciéndose cargo de sus hijos de forma solitaria, hijos que incluso pueden tener diferentes padres que en algo coinciden: estar ausentes.
El articulo más central y doloroso de nuestra Constitución de la República es el octavo. El mismo reza: “todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.” Es doloroso por su distancia respecto a la realidad. No son iguales quien nace en un barrio privado en la casa de un “malla oro” y quien nace en un ranchito de la periferia, en medio de la pobreza y privaciones. Aunque el primero sea un tarambana y el segundo un verdadero talento, es muy probable que pueda realizar plenamente su vida solamente el primero. No es lo mismo tener un color de piel u otro. La lista podría seguir, pero agreguemos simplemente que ya vimos que, aunque puedan ser mayores los talentos en una mujer, suele estar en desventaja frente a un varón.
La opresión y desigualdad de género no perdona ningún ámbito. Por ejemplo, la Universidad de la República, institución de la que somos parte desde jovencitos, es básicamente femenina, por la composición de su alumnado y de su plantel docente. Pero la presencia femenina se diluye en los cargos docentes de mayor grado, un fenómeno usualmente llamado “techo de cristal”. Esto además aproxima a un fenómeno vergonzante: la postergación de la mujer en los lugares de mayor responsabilidad en la sociedad uruguaya. No hay estadística más fácil que la de cuántas mujeres han sido electas Presidentas de la República en Uruguay: CERO. Y este dato es particularmente fuerte pues la sociedad uruguaya siempre se sintió más culta, civilizada e igualitaria que sus vecinas. Pero en Argentina, Brasil y Chile, ya ha habido presidentas. En Uruguay no: salvo ocupaciones breves del cargo por ausencia del presidente, ninguna mujer ha recibido la cinta de primera mandataria. Tampoco hemos tenidos rectoras, las ministras no pululan y aún en el ámbito privado rara vez es una mujer la gerente general de una empresa.
Pero una vergüenza ya extrema es la enorme diferencia ante el más básico derecho: el derecho a la vida. Es realmente aterradora la cantidad de femicidios, fenómeno que claramente está en proceso de agravarse constantemente, donde en la mayoría de los casos la mujer es asesinada por quien fue su pareja, que no acepta que la mujer termine la relación. Una punta posible para seguir frente a esta atrocidad es la absoluta falla del sistema policial y judicial para proteger las vidas de las mujeres, alcanza con mencionar que en muchos casos hay denuncias previas contra el femicida. Sin embargo, es quizás más revelador de nuestros males como sociedad ir al origen del problema, que es que para muchos varones la mujer con que comparte la vida es una posesión más. Es un objeto más de su propiedad, como si se tratara de una bicicleta o una vestimenta. En una sociedad obsesionada por la propiedad privada, por acrecentar las posesiones, las personas muchas veces se cosifican y son parte del inventario. El varón que cosificó a su pareja, que considera su propiedad, no puede ni siquiera entender que tome la libre decisión de terminar la relación, porque las propiedades no pueden tomar decisiones, sólo su poseedor. La mano que mata es ejecutora en su expresión extrema de la lógica misma del capitalismo patriarcal.
Para que no sean necesarios los 8M tendrá que cambiar radicalmente nuestra sociedad. Ningún femicidio, ninguna opresión, ninguna discriminación, ninguna postergación es tolerable. El margen de tolerancia debe ser un enorme cero. Hasta que la vida no lo refleje, hasta que el artículo octavo de la Constitución de la República no sea una realidad, seguirá habiendo lucha en todos los ámbitos y formas posibles, lucha democrática y pacífica, pero inclaudicable e intransigente.
A veces se lucha mejor, cuando los derechos (o su ausencia) tienen caras. Dejan de ser una abstracción, se vuelven una mirada concreta que nos interpela, que nos reclama.
Parte del puente intergeneracional que mencionaba al principio ya no está. Ni mi madre ni una de mis hermanas están con nosotros. En algún lado sé que están: en mi corazón, en mis recuerdos. Sé que ellas me están diciendo que haga algo, que aporte algo, que no sea cómodo, que no permanezca indiferente. Sé que me están diciendo que mire a los ojos de mis hijas y les jure que algún día esta sociedad de mierda que asesina mujeres, que las explota, que las oprime, dejará ser el asco que es.
Mientras mirar a esos ojos me siga dando vergüenza, algo, aunque sea poquito, dentro de los colectivos donde puedo actuar, tengo que hacer para contribuir al cambio muy radical que nuestra sociedad precisa urgentemente.
Foto de portada:
Marcha en contra de la violencia hacia las mujeres por la avenida 18 de Julio. Nicolás Celaya /adhocFOTOS.






















