Acto del Comité Uruguayo Antiimperialista de Solidaridad con Cuba, por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada; en Sala Zitarrosa. Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS.

Te molesta mi amor

Gonzalo Perera

La historia de los procesos políticos se caracteriza por no ser lineal ni de traducción mecánica en términos militares, diplomáticos, jurídicos, etc. 

Desde una lectura estrictamente militar de la historia, por ejemplo, el 26 de julio de 1953, cuando 135  guerrilleros, divididos en tres columnas, intentaron tomar por asalto el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, es clara referencia a una derrota. Y sin embargo, en términos políticos, fue una enorme victoria. Fue el momento en que el pueblo cubano (y el mundo) fue tomando conciencia que el infame dictador Fulgencio Batista y sus padrinos (literalmente) mafiosos de Estados Unidos, tenían en frente a gente dispuesta a dar la vida misma combatiéndolos. El miedo empezó a calar en las minorías dominantes, el valor comenzó a tomar cuerpo en el pueblo cubano. Así fue que el 9 de enero de 1960, Fidel, subido en un tractor, participó del derrumbe de los muros del oprobioso cuartel para entregarlo el 28 de enero al Ministerio de Educación. Nacía, por encima del terrible recuerdo de un centro de represión y crueldad, la Ciudad  Escolar 26 de julio, centro de educación universal y liberadora. Para quienes piensan la política como una contienda deportiva, donde todo es cuestión de llevar el tanteador, vale bien anotar que lo que hoy parece irse al descenso a veces es la clave para los laureles de la victoria futura. Es cuestión de mirar los avances en conciencia popular y fragilización de las estructuras del poder, de las clases dominantes.

Pero más allá de esta precisión sobre ampliar miradas, estoy dispuesto a convenir que casi nadie asocia al 26 de julio y el heroísmo desplegado, con una historia de amor.

Estoy dispuesto a convenir que, en todo caso, se asocia una historia de amor a, por ejemplo, la perfección sonora de un hermoso bolero, género musical declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y no casualmente, cubano y santiaguero. La primera pieza consensualmente identificada como bolero es “Tristezas”, compuesto en Santiago de Cuba en 1883 por el músico cubano José “Pepe” Sánchez.

Estoy dispuesto a convenir que quien piensa, en una historia de amor y en Cuba, se imagina bajo las estrellas, sentado al borde del malecón al amparo de un beso, con el ruido y  aroma de las olas rompiendo. Como cantaba (y sigue cantando) el trovador habanero Ireno García,   “Vamos a caminar/se está poniendo el sol/ y La Habana se muda/ a malecón”.

Estoy dispuesto a convenir que quien piense en amar y en Cuba, si de cubanía se empapó, muy probablemente le pida a Elegguá que le abra camino venturoso y a Obbatalá que le permita compartir su reino de los sueños y pensamientos con la imagen de la persona amada.

Estoy dispuesto a convenir que quien piense en una historia de amor y en Cuba, se imagine más bien remontando en bicicleta o conduciendo alguno de esos milagros de la mecánica que aún ruedan y ruedan bien, para encontrarse con quien se ama.

Estoy dispuesto a convenir que si de amores se trata, al cerrar los ojos aparezca una playa de aguas transparentes, compartida, entre risas y cantos de fondo, con el suave perfume de la sal en la piel y de alguna botella de ron a medio tomar entre varios, acentuando quizás alguna risa o afinando algún canto.

Estoy dispuesto a convenir que si hay que hablar de amor, para cualquiera que haya vivido la experiencia de generar vida desde la propia, se trata de los rostros hermosos de las infancias sanas, y dedicadas pura y exclusivamente a ser infancias.

Nada de esto parece tener que ver con la política y menos que menos con el 26 de Julio. Y sin embargo…

La Revolución no fue un episodio militar, ni la épica de un momento, es la construcción cotidiana que aquel 26 de julio se mostró posible. Se hizo construcción no sólo de los héroes iniciales, sino de todo un pueblo, con todos sus problemas, con todas las dificultades cotidianas. Que cómo podría ser acaso la vida si durante más de seis décadas te privan de conseguir desde artículos de uso cotidiano hasta la posibilidad de comerciar libremente, mientras te agreden, te tiran encima bestias que hacen atentados en hoteles o aviones, mientras te acusan mediáticamente hasta de los males aún no inventados, por las dudas,  en “ataque preventivo”. 

Pero esa sangre, sudor y lágrimas no fueron por querer sufrir, sino por estar dispuestos a hacerlo, para poder amar.

Para poder amar la música y que tras el triunfo de la Revolución, la riquísima historia musical de Cuba se engalanara con sus formidables condiciones para estudiar a tiempo completo desde temprana edad cuando el talento se evidenciaba. Ya no fue sólo el bolero, ni la rumba, el son, el songo, la nueva trova, el jazz cubano…Cuba ha recibido en sus centros de estudios enamorados de su música de todos los rincones del mundo, doy fe. 

Para poder amar el malecón, las estrellas y el mar, Cuba se hizo ejemplo en control de su huella ecológica, desde las inolvidable palabras de Fidel en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992, llamando a terminar con el hambre y no con el hombre. Porque se trata de amor a la vida, en todas sus formas, su rica diversidad, sus hábitats y sus equilibrios, donde el paso humano transcurre, pero no puede destruir ya más…

Porque la cubanía diversa, multicolor, de ritos y lenguas varios, se cultiva desde el amor. El amor en recuerdo a quienes con tanto sufrimiento trajeron a la isla, desde su África natal, tanta riqueza cultural y preservaron las tradiciones como el tesoro que son, siempre generadoras de nuevas experiencias por fusión, pero sin perder las raíces jamás.

Porque no se precisa una Harley-Davidson o un Porsche para ser feliz, y seguro que no lo es quien los conduce para no encontrarse sinceramente y a flor de piel con absolutamente nadie. Mientras que muy feliz es quien pedalea o conduce lo que la mecánica a duras penas explica, para llegar hasta esa sonrisa a pleno fulgor, propia a la  alegre bienvenida de un alma gemela por el tiempo que lo sea.

Porque las aguas son transparentes y llenas de risas y cantos cuando son de y para todos, y el ron bien perfuma sólo cuando se comparte.

Porque los benditos rostros de infancias sanas plenamente dedicadas a solamente a ser infancias, requieren adultos que no solo no abusen ni violenten, sino que protejan, cuiden, en suma, amen.

Por eso, bajo riesgo de parecer cursi, el 26 de julio es una inmensa historia de amor. Amor humano, no de angelitos, por lo tanto amor con contradicciones, con fallas, con cansancios y fastidios. Pero amor al fin. Que se reconcilia con la primera disculpa o con el paso de décadas, que poco sabe el tiempo de estos asuntos.

Amor que es esfuerzo, prudencia, perseverancia, serenidad bajo la tormenta, sensatez y realismo. Pero que ante todo se siente, conmueve, impulsa, lleva a resistir, disfrutar, anhelar, corregir, compartir.

Cuba y su Revolución, su 26 de julio, son brigadas médicas, son música, danza, poesía, sonrisas luminosas, cerebros lúcidos, educación, cuidado del ambiente y los recursos que no tienen repuesto (y los repuestos que resucitan autos cuasi centenarios).

Es también las caras y las sonrisas de compañeras y compañeros que partieron antes de tiempo, que aún oímos sus voces, acentos, risas, por ese bicho raro llamado amor.

Que me disculpen las seriedades de bronce, 26 de julio y Cuba es, ante todo, un muy puro amor. 

Por eso molesta tanto. Porque el amor no es rentable, ni se acumula: sólo se da y derrama.

Molesta, y encima, no se puede bloquear.

Viva Cuba, mi amor…

Foto

Acto del Comité Uruguayo Antiimperialista de Solidaridad con Cuba, por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada; en Sala Zitarrosa en el año 2022. Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS.

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