Una panorámica del acto de inauguración del XVII Congreso de la UJC.Foto El Popular.

Una Juventud para hacer posible la esperanza

Por Claudio Arbesún (*)

Este 25 de agosto nuestro país celebra 200 años de la declaración de su independencia. Somos un pueblo que nace, incluso antes de ese día, al clamor por la libertad; y en las raíces de esa libertad buscada que forma parte de nuestro ADN, está la lucha por la justicia social, por hacer posible en este pedazo de tierra la premisa artiguista de que nadie sea más que nadie. Y en un país que celebra 200 años de su declaratoria de independencia, hay una Juventud que lleva más de un tercio de ese tiempo siendo parte de su lucha por construir un destino compartido. Este 25 de agosto la Unión de la Juventud Comunista celebra su 70 aniversario.

La UJC se fundó el 25 de agosto de 1955 como parte de un proceso de rectificación de la línea política, teórica e ideológica del PCU, que desembocó en el histórico XVI Congreso del Partido, marcando el comienzo de una orientación política de acercamiento a nuestro pueblo y sus luchas. Una perspectiva de trabajo que pone en el centro la unidad del pueblo en sus diversas expresiones y la forja de una gran organización política que pueda sostener y proyectar organizativa y programáticamente ese proceso. Es como parte de todo eso que la Juventud Comunista comienza a dar sus primeros pasos. 

La fundación de la UJC implica el nacimiento de una herramienta para la juventud uruguaya, no una formulación táctica de dirigentes que perseguían la acumulación político electoral de un partido. Implica la forja de un espacio por y para jóvenes, para organizarse y luchar política y socialmente con el objetivo de dejar atrás las desigualdades que nos atraviesan. La Juventud Comunista nace para transformar nuestra vida, con el horizonte puesto en hacer posible desde nuestra práctica cotidiana una sociedad nueva. 

Los jóvenes comunistas pretendemos luchar a partir de nuestra cotidianidad, de nuestra vida en tanto jóvenes que viven en un país con niveles intolerables de desigualdad, en el que casi uno de cada tres niños nacen y viven en la pobreza, mientras el 1% de la población concentra riquezas equivalentes a casi todo lo que nuestro país (con el esfuerzo de todos nosotros dentro de él) produce en un año. Nos organizamos desde nuestros problemas para conseguir un trabajo que nos permita una vida digna, en una tierra en la que 1 de cada 4 jóvenes no consigue empleo y 1 de cada 2 de quienes lo consiguen ganan menos de $25.000. Nos movilizamos desde nuestros barrios, atravesados por la desigualdad en el acceso a la salud, la vivienda, el transporte y la cultura; golpeados por la violencia de una sociedad que orilla a muchos de nosotros a la precariedad y la exclusión. Lo hacemos desde nuestros centros de estudios, en donde vemos compañeros quedar del lado de afuera del salón por tener que salir a laburar, quedarse a cuidar a un hermano o perderse en un sistema educativo sin los recursos y herramientas necesarias para tenderle una mano para ayudarlos a seguir.  

Pero no nos organizamos desde la resignación o el resentimiento, nos unimos desde la convicción profunda de que el mundo debe y puede cambiarse, desde el sentimiento de que es necesario vivir de otra manera y desde nuestra disposición de trabajar todos los días por hacerlo posible.  

70 años después, los Jóvenes Comunistas somos parte de una generación que vive su vida con una advertencia latente: el futuro no puede darse por sentado. Así como la generación que creció en la década de los 90´s lo hizo ante el bombardeo permanente de quienes anunciaban el fin de la historia, vendían relatos de la sociedad del mérito y afirmaban que lo mejor era «hacer la tuya», salvarte a vos mismo y salvarte sólo; nuestra generación está acostumbrada a ver con más claridad la posibilidad del caos, la expansión de las incertidumbres y el cuestionamiento a la propia vida, antes que un futuro en donde la desigualdad y la precariedad no sean moneda corriente.

Esto no quiere decir que hoy, como hace algunas décadas, el discurso individualista y meritocrático no estén presentes. No quiere decir que no sigan siendo en gran medida las recetas que, desde espacios de poder económico y mediático, se presentan como alternativas novedosas a las dificultades que atravesamos en nuestro día a día, haciendo caso omiso al fracaso histórico que han tenido como camino de desarrollo para la humanidad. Sino que hoy hay algo distintivo que convive con aquello, tampoco es algo necesariamente nuevo, pero si está presente nítidamente y de forma predominante en nuestro presente: vivimos bajo la advertencia permanente de la guerra, el colapso ambiental, o de ambas cosas juntas.

Ahora bien, estamos convencidas de que esta situación no es fruto del azar, ni «es responsabilidad de todos» como muchas veces se dice cuando el origen de los problemas que enfrentan las sociedades son complejos o radican en los pilares mismos de su forma de organización. Este peligroso, preocupante y frágil escenario global sobre el que desarrollamos nuestra vida es producto del fracaso del sistema económico y social que impera como alternativa civilizatoria. La producción social de la riqueza choca con su apropiación privada, su distribución desigual y mercantilizada, y, para sorpresa de nadie, ha fracasado para asegurar una vida de mínima dignidad para una enorme porción de nuestro planeta. Al mismo tiempo, engendra problemas para dar continuidad a la propia acumulación desigual de riqueza, tensionando las relaciones de poder a nivel internacional y depredando a su paso todos los recursos necesarios para asegurar la reproducción de la vida. El colapso de ecosistemas y la pérdida de biodiversidad, los fenómenos climáticos extremos, la contaminación del aire y el agua, la propagación de enfermedades, la inseguridad alimentaria y hambrunas, son algunos de los efectos que recorren nuestro planeta. 

Sin embargo, tanto sus impactos como sus causas están atravesadas también por la desigualdad: ni todas las personas tenemos la misma responsabilidad en esta crisis, ni nos vemos afectados de igual manera. La desigualdad y el cuestionamiento a la viabilidad de nuestra vida son dos caras de la misma moneda. Las decisiones económicas y productivas al servicio de la acumulación desigual de la riqueza son el centro de esta crisis. 

Ante este panorama, la UJC es por sobre todas las cosas una invitación a “dar vuelta el tiempo como la taba”, a plantarle con otros cara al presente, convencidos de que el futuro nos pertenece, construyendo avances desde cada espacio que habitamos. Es una convocatoria a trascendernos, a ver en la conquista de una beca, de un nuevo horario de clase, de un aumento salarial o una licencia por estudio, de una plaza para el barrio o un centro cultural, terreno conquistado a “aquellos que se oponen a la pública felicidad” y ganado para aquellos que construimos toda la belleza del mundo.

Si algo podemos afirmar de estos 70 años es que la Gloriosa UJC está siempre donde la juventud uruguaya lucha contra privilegios, para abrirle paso a los derechos. Tenemos la satisfacción de saber que desde nuestro nacimiento es imposible pensar en la historia de nuestra país y sus luchas sin pensar en nuestra Juventud. Pero no es una satisfacción narcisista o sectaria, jamás no creeríamos protagonistas excluyentes de la historia; es el hecho de sabernos parte de ella, rodeados de otros, lo que convierte ese sentimiento en la reafirmación de continuar el mismo camino.

En noviembre del año pasado también estuvimos allí, en los abrazos que en cada pueblo nos dimos, luego de años de lucha contra el modelo de la desigualdad. Estuvimos ahí convencidos de que en el desafío de abrir un proceso de concreciones programáticas que den respuesta a las necesidades de nuestra gente, se juega la suerte de nuestro pueblo. Pero fundamentalmente, seguimos allí el día después, para organizar a miles y hacer avanzar la historia. 

Porque 70 años después, se sigue tratando de juntarse con otros para hacer posible la esperanza.

(*) Secretario general de la Unión de la Juventud Comunista (UJC).

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