UJC
Entramos en las semanas previas al comienzo de una nueva copa del mundo. La fiebre mundialista se siente en las calles, centros de estudio y lugares de trabajo; sin embargo, detrás de intercambios de figuritas para llenar el álbum, pencas y promesas a cuenta de algún campeón (si es posible de color Celeste); hay algunas cosas que se hacen lugar en las conversaciones, a los codazos y metiendo pechera, porque la realidad siempre es más fuerte.
Cualquiera que vaya al súper, sea independiente o le haga algún mandado a sus viejos, se encuentra un día sí y otro también, con el escenario generalizado de aumento de precios. O, mejor dicho, porque lo que uno nota no es estrictamente eso: lo que se hace palpable es que cada vez dejamos más plata para llevar menos cosas.
Y es que, aunque algún actor del autoproclamado “centro” de la coalición de gobierno lo quiera relativizar, los uruguayos y uruguayas llevamos más de 30 meses de caída del salario real. Son ya 30 meses en donde nuestros ingresos están estancados o crecen a menos velocidad que los precios. Muchas excusas han circulado ante lo inocultable de la realidad: que si la pandemia, la post pandemia, la guerra, etc. Y seguramente algo de eso influya hoy, como otras cosas influyeron en otros momentos. Pero la política es eso, lo que trata de intermediar entre los condicionantes de la realidad y los objetivos que se persiguen; deberían saberlo, se supone que estaban preparados.
No poder trascender las excusas puede tener únicamente tres explicaciones. O renunciaron a hacer política, cosa que no está sobre la mesa (cada vez que tergiversan una cifra oficial en conferencia de prensa para anotarse un punto o cierran un negocio favorable para empresarios amigos y lo publicitan reafirman lo contrario); o era todo mentira y no estaban preparados (pero se los ve demasiado cómodos y seguros con el rumbo seguido); o sus objetivos no distan de los resultados que han venido obteniendo.
Está última hipótesis pareciera ser la que más se corresponde con la realidad, porque pandemia, post pandemia y guerra mediante, el Uruguay crece. Crece más que antes de que asumiera el gobierno de derecha.
Crecen las exportaciones que cerraron el 2021 en récord histórico de US$11.549 millones (26% más que previo a la pandemia), y estaban al cierre del primer semestre de este año 30% arriba que a igual período del año pasado. Crecen los depósitos en el exterior que cerraron el 2021 en US$10.064 millones; batieron récord en el primer semestre del 2022 los depósitos en el sistema financiero nacional, con un aumento de alrededor de los US$10.000 millones, concentrando el 80% de ese crecimiento cuentas de más de US$100.000. Y crece también el PBI, que para el segundo trimestre de este año mostraba un crecimiento de casi 4% respecto al momento previo a la pandemia.
Sin embargo, la mayoría no exportamos, ni tenemos depósitos en el exterior, ni guardamos parte del PBI abajo del colchón.
El problema es que hay otras cosas que en nuestro país también crecen, cosas que los de a pie vemos más seguido que exportaciones y depósitos en dólares. Crece la pobreza que alcanzó 10,7%, el entorno de 380.000 uruguayos, según datos del primer semestre de este año. Crece la cantidad de trabajadores y trabajadoras que ganan menos de $25.000 por 40 horas de trabajo semanales, superando el medio millón de ocupados y los 300.000 asalariados. Así como crece también la cantidad de compatriotas que sufren inseguridad alimentaria.
Entre los condicionantes de la realidad y los resultados obtenidos, sigue germinando un Uruguay cada vez más desigual y excluyente. Si no es el resultado de los objetivos que persiguen con su política, la jugada les está saliendo como de pizarrón.
Pero el resultado de su política tiene otra dimensión que es necesario poner sobre la mesa, entre debate sobre lesiones de jugadores y comentarios de diseños de casacas mundialistas. Parte de los peores costos de este nuevo Uruguay que germina, están recayendo sobre las espaldas de los y las jóvenes.
La pobreza en niños, niñas y adolescentes fue la que registró peores resultados al primer semestre de 2022, alcanzando 22,5% para los menores de 6 años, 18,5% para los gurises de entre 6 y 12 años y 17,1% para los mayores de 12 hasta los 17 años. Entre los menores de 25 años que trabajan, casi el 60% gana menos de $25.000 por 40 horas semanales de trabajo. Además de ser aquellos que nos encontramos en condiciones de trabajo más precarias y presentamos mayores niveles de desempleo, situación en la que está el 26,4% de los menores de 25 años (18,1 puntos porcentuales más que el promedio general).
Por si pagar los costos de los mejores 5 años de los “malla oro” fuera poco, desde el primer día el gobierno desarrolla una política de recorte a la participación y represión de la movilización juvenil, especialmente en la educación. Precariza las condiciones de estudio, recorta presupuesto y rebaja contenidos; ofreciendo como contra cara la censura y criminalización de gremios estudiantiles, pretendiendo pasar actos políticos por instancias de diálogo e intercambio.
Lo dicho, entre el punto de partida, los condicionantes de la realidad y los resultados obtenidos se inserta la política, su práctica y objetivos. Con las cartas vistas y antes de que empiece a rodar la pelota, hay un partido que se está jugando hace más de dos años y los resultados apuntan a un solo balance: su modelo desprecia a la juventud.
Foto de portada:
Estudiantes y docentes de Secundaria y UTU marchando bajo la consigna “la educación del pueblo se defiende” por el centro de Montevideo. Foto: Javier Calvelo/adhocFOTOS.























