Acto del Comité Uruguayo Antiimperialista de Solidaridad con Cuba, por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada; en Sala Zitarrosa. Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS.

Cuba y Uruguay al calor de estos tiempos

Ernesto Limia Díaz (*)

Los segmentos más conservadores de la derecha en Uruguay tienen desplegada una campaña contra Cuba para desacreditar la solidaridad que promueve la dirección del Frente Amplio —partido en el Gobierno y fuerza política que articula todo el espectro de la izquierda— con el respaldo del 86 % de su membresía y, aunque puede parecer raro, con un tercio de las fuerzas de la propia derecha, que no se traga la narrativa que quiere imponer el Departamento de Estado en una operación coordinada entre las embajadas de Estados Unidos en la región, las unidades de guerra psicológica del Pentágono y las redes sociales de Internet, como revela un cable firmado por Marco Rubio que revelaron en marzo la agencia Reuters y el diario The Guardian. Los medios uruguayos que se han alineado a esa operación llegaron al colmo de atacar la visita a La Habana de una delegación que encabezó su presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, y el intercambio que sostuvieron con el presidente Miguel Díaz-Canel como parte de una agenda que incluyó encuentros con el Centro Martin Luther King, uruguayos residentes en la Isla y gente de la calle con la que conversaron de manera informal.

Los medios anticubanos no ensayan ningún mensaje novedoso. Con argumentos manidos repiten el mismo guión puesto en práctica desde 1959: con el término “dictadura” procuran demonizarnos mostrando al régimen de la democracia burguesa como paradigma de construcción social y política. Se ataca nuestro sistema de democracia participativa por la supuesta enajenación popular debido al modo indirecto de elegir al presidente, método que garantiza la elección de quienes tienen mayores méritos, no más dinero como ocurre en Estados Unidos, donde las elecciones igual son indirectas —definen los votos de los colegios electorales de cada estado de la Unión, no el sufragio popular.

Hace unos años ante una pregunta, Silvio Rodríguez respondió que él no sabía si Fidel creía posible el cielo en la tierra; pero lo que sí creía Fidel es que era imposible no luchar por ello. Ese Fidel humanista hasta la médula que hizo de la solidaridad internacional una labor de culto y convirtió en práctica cotidiana el intercambio con las masas en Cuba y el exterior —forjando una cultura sin paralelo—, durante toda su existencia revolucionaria fue tildado de “dictador” por los medios que hoy se empeñan en denigrar a Díaz-Canel, un ingeniero y profesor universitario que en la década de 1980 cumplió misión internacionalista en Nicaragua como maestro.

El discurso de odio apunta a provocar en el imaginario popular una analogía con los gorilas que Estados Unidos legitimó en América Latina a lo largo del siglo XX —y hasta en el XXI, como el caso del golpe contra Manuel Zelaya en Honduras. En particular en Uruguay sufrió una dictadura atroz y hoy conviven muchos de aquellos militares con familiares de las víctimas. Y el pueblo no olvida —¿cómo hacerlo sin traicionar la memoria de quienes aún yacen sin una lápida en la que colocar una margarita?—, razón que aprovechan los medios de la derecha para desdibujar a Cuba, donde en 67 años no hay un solo caso de desaparecido, torturado o de asesinato extrajudicial —69 años para ser exactos, porque tampoco hubo en la Sierra Maestra: Fidel dignificó el trato a los prisioneros de guerra de tal modo, que eran los primeros en ser socorridos; los primeros en comer y dejaba la pistola de reglamento a los oficiales, hecho sin precedentes en los anales de la historia.

En Cuba cuando las Fuerzas Armadas aparecen en las comunidades es para apoyar al pueblo en el enfrentamiento a las contingencias climáticas. La policía no porta armas largas y en casos de manifestaciones de descontento que se han dado tras el recrudecimiento del acoso económico y financiero; o como en el 11 de julio de 2020 —la Administración Biden orquestó una operación de cambio de régimen mediante un “golpe blando” con actos vandálicos y acciones de terrorismo—, no se emplean escafandras ni carros lanza aguas y muchísimo menos se reprime con armas largas, balines o balas plásticas como en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y algunos países de América Latina. Los cuadros del Partido y el Gobierno se personan en el lugar; escuchan a la gente y explican; en medio de la tensión buscan soluciones para paliar los daños provocados por el acoso.

Se invocan informes de organizaciones internacionales bajo control de Estados Unidos y las “denuncias” de una oposición interna pagada con fondos que aprueba el Congreso estadounidense; por tanto, sin proyecciones, arraigo ni legitimidad entre el pueblo. Nunca la han tenido y eso se sabe en Washington: en un cable fechado el 15 de abril de 2009 el entonces jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, Jonathan D. Farrar, se quejó al Departamento de Estado sobre el mercenarismo y la división: “Con la búsqueda de recursos como principal preocupación, su siguiente prioridad parece limitarse a marginar de las actividades a sus antiguos aliados, para preservar así el poder y los escasos recursos”. ¿Qué solución presentó en este memorándum con copias a la CIA, el Comando Sur, el Consejo de Seguridad Nacional y la Oficina de Inteligencia de la Base Naval en Guantánamo?: “…tendremos que buscar en otra parte, incluso dentro del propio gobierno, para identificar a los sucesores más probables del régimen de Castro”.

Somos sí —lo decimos con orgullo—, la dictadura del 99 %: la dictadura de las mujeres; de los hombres y mujeres negros; de los campesinos; de las trabajadoras y trabajadores; de los pobres de la Tierra con los que Martí y Fidel echaron su suerte y tras un siglo de luchas se constituyeron en Gobierno.

En Cuba rigen el diálogo y el intercambio entre el pueblo y su dirigencia; trabajadores, campesinos y estudiantes forman parte de la toma de decisiones desde las organizaciones sociales, estudiantiles y de masas; desde el Parlamento y el Consejo de Estado. Las principales decisiones se consultan al pueblo —incluido el programa estratégico de Gobierno— y el 50 % de los diputados que integran la legislatura a la Asamblea Nacional son delegados de base. Es un diálogo no exento de contradicciones, que en no pocas ocasiones se ha visto afectado por la tendencia a subestimar la comunicación política en organismos de la administración central del Estado; y en otras por la pervivencia de ciertos dogmas de corte estalinista o porque afloran tendencias neoliberales entre la tecnocracia. El socialismo es participación o no es socialismo y nuestro pueblo exige la mayor cuota de participación en la construcción de sus destinos. Pero en tiempos de Internet y Facebook decir que en Cuba la gente no puede decir lo que piensa o que el Gobierno controla la información que se divulga entre el pueblo, es ridículo.

Una Revolución vale lo que es capaz de defenderse y Cuba no se doblegará ante Estados Unidos. El primer derecho de la Revolución es su derecho a existir. En cualquier país del mundo es natural que los individuos que realizan actos terroristas, orquestan actos vandálicos o invoquen una invasión de una potencia militar extranjera, rindan cuenta ante la justicia. Pero ningún cubano cuando se marcha de la Isla se atreve a discutir con la policía o con una autoridad del Estado en el que se asienta como lo hace acá en nuestro país —muchísimo menos los que residen en Estados Unidos, donde la violencia policial es una práctica cotidiana. ¿La razón? Las leyes cubanas respaldan un trato justo a las personas, en base a derecho. Y ese ordenamiento legal es resultado de que la Revolución considera como derechos inalienables la justicia y el respeto a la dignidad plena de sus ciudadanas/nos.

En el empeño de barrer a Cuba como brújula moral, se proclaman los dogmas del Mccartismo. Cuba tiene un partido que encabeza los esfuerzos del desarrollo y la defensa del país: el Partido Comunista, integrado por una vanguardia de mujeres y hombres depositarios de méritos personales, de una ética revolucionaria y vocación de servir. Militar en sus filas constituye un honor que entraña abnegación y sacrificios; no privilegios. La sociedad cubana es diversa y el tono de los debates en sectores como la cultura artístico-literaria y la intelectualidad, por citar dos —e incluso en el seno de no pocos núcleos del partido—, llega a ser muy fuerte. Construir consenso en un pueblo instruido, crítico y rebelde, no es tarea sencilla. Tanto en el Gobierno como en el sistema empresarial del Estado y el sector no estatal —cooperativo y privado—, hay directivos que militan en el Partido y otros que no. Miente quien diga lo contrario. Hay militantes que han perdido su ejemplaridad y también hay corrupción; menos que en Estados Unidos y América Latina, incluido Uruguay —uno de los países con más bajo índice en el continente.

En Cuba todas y todos —con independencia de sus concepciones políticas o sus creencias religiosas—, tienen acceso gratuito a la educación y la salud, dos sistemas que se preservan con esfuerzos colosales dado el daño económico que genera en ellos el bloqueo-cacería de Estados Unidos. Y en tiempos de exacerbación de los prejuicios y retrocesos de las ideas humanistas, Cuba aprobó el código civil más avanzado del Planeta, que, entre otras cosas, refrenda el matrimonio igualitario y su derecho a la adopción; el código de la niñez más revolucionario del siglo XXI, que sustituye la patria potestad por la responsabilidad parental —nadie es dueño de sus hijos y la ley condena el abuso infantil, venga de quien venga—; y aunque queda mucho por barrer, en ningún otro lugar se ha hecho tanto como en Cuba por las personas negras, ni se combate tanto desde todos los frentes contra toda manifestación discriminatoria por color de la piel.

En el plano de los derechos económicos, desde la década de 1990 Cuba se abrió a la inversión del capital extranjero y recientemente se aprobó que puedan invertir los cubanos radicados de forma permanente en el exterior, incluso en la banca nacional. A contrapelo de las prácticas monopólicas instauradas en la era de la globalización neoliberal, en la que pulpos y tiburones arrasan con los peces chiquitos —Uruguay no está ajena a esa práctica—, Cuba promulgó un grupo de normativas que promueven la constitución de micros, pequeñas y medianas empresas privadas en armonía con la empresa estatal —incluido la conformación de empresas mixtas y de asociación de capital entre ellas— y las conectan con los intereses del desarrollo de la nación y las bondades del socialismo prescritas en todo su cuerpo legislativo —incluido el derecho a la sindicalización.

¿Cómo creer cobarde a un pueblo que con tres millones de habitantes fue capaz de vencer a los 250 mil soldados que envió España en 1895 para preservar su colonia, y tras la intervención yanqui no permitió la anexión sufrida por Puerto Rico, Hawái y Filipinas? ¿Cómo suponer pusilánime a quien derrocó las sangrientas dictaduras de Gerardo Machado en 1933 y Fulgencio Batista en 1959? ¿Cómo creer apocado a quien en 62 horas derrotó en 1961 en Playa Girón la invasión mercenaria orquestada por la CIA y el Pentágono como preámbulo de una intervención directa?

Cuba encaró la Crisis de los Misiles en octubre en 1962 —el momento más dramático de la segunda mitad del siglo XX—, y todo el pueblo brincó de júbilo cuando la batería soviética derribó en el oriente del país a un avión yanqui que violaba su espacio aéreo. Seis décadas más tarde, sufre con decoro la arremetida del núcleo fascista que se hizo de la Casa Blanca y está resuelta a defenderse con las armas en caso de una agresión militar. Somos un pueblo de paz que no teme a la guerra. Y a pesar del acoso y la estela de crímenes del terrorismo de Estado, nunca se anidó en ella un sentimiento antiestadounidense, enseñanza de Fidel que constituye una pieza clave de su política exterior. Basta apreciar las fotos e imágenes televisivas del encuentro cordial celebrado este 7 de abril entre el presidente Díaz-Canel con los congresistas demócratas Pramila Jayapal y Jonathan L. Jackson, en medio del clima de guerra fría impuesto por la Administración Trump.

Seamos sinceros: ¿qué Gobierno en América Latina y el Caribe podría ser capaz de resistir una semana de este cerco-cacería que sufrimos? Solo en la Cuba revolucionaria es posible y Trump reconoció que no tienen ya cómo ejercer mayor presión; lo único que les queda es demolerla a bombazos. ¿Eso persiguen legitimar los medios de la derecha en Montevideo: un genocidio como el de Israel en Gaza?

En el curso de los últimos 20 años se han insertado en Uruguay unos 20 mil cubanas y cubanos. En su gran mayoría optaron por buscar una salida individual a los efectos adversos de una política proyectada expresamente desde 1960 para rendirnos por hambre y enfermedades. Victimizar a la víctima legitima la violación de sus derechos, incluido el derecho a la vida, como revela el bloqueo a todas sus fuentes de ingresos, el combustible y los medicamentos. Se trata de que, en un acto de desesperación, sea el propio pueblo quien se pliegue a los designios del violador.

Se pregona que el socialismo impide el desarrollo de Cuba. Esa narrativa ignora que, en menos de una década, Cuba remontó la pérdida del 85 % de su comercio exterior por la desaparición del socialismo europeo, así como los efectos del recrudecimiento del bloqueo-cacería con la promulgación de la Ley Helms-Burton: levantó un Polo Científico en el campo de las ciencias farmacéuticas y la biotecnología, comparable a las mayores potencias del mundo; preserva su sitial deportivo en el subcontinente con la mayor cantidad de medallas olímpicas y mundiales; ha brindado cooperación médica a más de sesenta naciones, incluida Europa; tiene uno de los cuerpos profesionales más prestigiosos del Tercer Mundo en las instituciones científicas y centros universitarios; estuvo a punto de llegar a cinco millones de turistas cuando la Administración Obama optó por recorrer un camino tendente a la normalización de las relaciones bilaterales; y en los dos años de flexibilización del bloqueo (2014-2016) la curva de su crecimiento económico comenzó a ascender de forma tan preocupante para los sectores extremistas en Estados Unidos, que no más llegar Trump a la Casa Blanca en 2017 derogó de un plumazo la directiva presidencial de Obama que codificó lo logrado.

Necesitan pulverizar el símbolo. A la derecha conservadora y a los fascistas los enardece que Cuba se interponga en su camino. La vida ha demostrado que el modelo de desarrollo cubano constituye una alternativa contra la filosofía del despojo, y eso la convierte en paradigma de amplios sectores de la izquierda —sin contar que les asusta el reconocimiento por la comunidad internacional que año por año vota en la ONU contra el bloqueo a pesar de las presiones de Estados Unidos.

Nadie es más intolerante y dogmático que esa derecha conservadora y los fascistas; a su vez, pocos movimientos comunistas han mostrado tanta capacidad de diálogo y flexibilidad como Cuba, tan segura de sí y de sus principios de justicia e igualdad social que tiende la mano a todo el que la necesita sin importar su filiación ideológica, como mostró en 2005 Fidel al ofrecer ayuda a George W. Bush tras el paso del huracán Katrina por Luisiana; y al Gobierno de Pakistán, aliado de Bush,

tras el terremoto de 7,6 grados en la escala de Richter que tuvo su epicentro en la región de Cachemira —el peor en cien años en esa nación.

Uruguay es un bellísimo país que tiene estabilidad económica, enseñanza gratuita a todos los niveles y un 40 % de la población con acceso a la salud pública. Su pueblo es educado, inteligente, afable y solidario, y siente un especial cariño y gratitud por Cuba porque no pocos de sus hijas e hijos se exiliaron en La Habana durante la dictadura militar o nacieron acá en esa etapa; a su vez, tras el advenimiento de la democracia, en sus 20 años de gobierno el Frente Amplio ha promovido políticas sociales de gran alcance. La derecha que no cree en la democracia y se sirve para sus despropósitos de ese término arrebatado a la izquierda como tantos otros, está usando el tema Cuba no solo para desacreditar a la Revolución; en nombre del anticomunismo en realidad se está apuntando contra los principios de justicia y equidad que defiende la izquierda uruguaya.

La comunidad cubana en Uruguay no vive un exilio. Nadie los persiguió nunca y visitan Cuba con la regularidad que les permiten sus ingresos. Acá estamos sus familiares y amigos; acá permanece la mayoría de un pueblo que ha optado por la construcción colectiva de la nación y no condena ni critica a nadie que busque una salida individual. A algunos allá les va bien; a no pocos, más o menos; a otros, mal. En mi modesta opinión, corresponde a nuestra embajada en ese país y al Gobierno del Frente Amplio apoyar en su asentamiento a gente educada en valores humanistas y a contribuir a la articulación de sus necesidades con los intereses de ambas naciones; aunque deben interiorizar que nunca gozarán de todos los derechos disfrutados acá y extrañarán esa impresión de sentirse especial que regocija a un cubano residente en la Isla al visitar otro país, resultado de una historia patriótica, cultural, política y de solidaridad que despierta admiración.

¿Traicionarán nuestros emigrados los fundamentos éticos de la nación? No lo creo. Entre una parte, sobre todo en Miami, reverdece la idea anexionista como resultado de la ideologización contrarrevolucionaria que pesca en el resentimiento de quienes buscan justificación moral a sus frustraciones responsabilizando a Cuba; del influjo de la tergiversación, insultos y mentiras destilados como bilis por los medios y las plataformas de Internet; de la degradación a panfleto del arte y la actividad intelectual de ciertos segmentos. Pese a todo, considero que los resortes de nuestra cubanidad, sustentados en el antimperialismo de Martí y Fidel; en el sustrato de una cultura que creció desde las bases populares hasta elevarse a uno de los polos universales del arte; y el arraigo del machete mambí como símbolo de intransigencia patriótica; continuarán activando el alma de cada cubana y cubano digno, más allá de la distancia geográfica a que se hallen de la tierra en que se forjaron.

(*)  Historiador, ensayista y director de Televisión, Licenciado en Derecho y Especialista en Análisis de Información, cubano.

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