El pasado 28 de julio, al difundirse una entrevista de Marco Rubio con Fox News, el secretario de Estado volvió a repetir que Cuba constituye una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. Su argumento combinó varias ideas conocidas: la cercanía de la Isla, sus relaciones con Rusia y China, los casos históricos de espionaje y una supuesta red cubana de influencia sobre protestas y organizaciones políticas estadounidenses.
Rubio resumió la tesis con una formulación diseñada para producir alarma: «Un Estado fallido a 90 millas de nuestras costas, alineado con adversarios de Estados Unidos, es una amenaza para nuestra seguridad nacional». En la misma conversación calificó a Cuba como una «superpotencia de la influencia y el espionaje» y vinculó a La Habana con manifestaciones contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, protestas propalestinas y movimientos de solidaridad con gobiernos latinoamericanos.
Pero una cosa es lo que afirma el Gobierno de Donald Trump y otra lo que realmente consigue instalar como convicción propia entre las audiencias estadounidenses.
Respuesta principal del estudio: solo el 26,1 % de las formulaciones originales en inglés, en audiencias estadounidenses, sostiene que Cuba es una amenaza. El 73,9 % rechaza o cuestiona esa idea.
Esto no significa que el 73,9 % afirme expresamente que Cuba no representa ningún riesgo. Significa algo más preciso y, para evaluar la eficacia del discurso gubernamental, más relevante: casi tres de cada cuatro mensajes distintos no reproducen como convicción propia la afirmación central de Rubio.

Una narrativa más repetida que asumida
El resultado cambia radicalmente cuando, en lugar de contar ideas diferentes, se cuentan todas las publicaciones, incluidas las réplicas, los retuits, las reproducciones automáticas, los titulares sindicados y los mensajes casi idénticos.
En el volumen total, el 49,6 % de las publicaciones afirma o reproduce que Cuba es una amenaza; el 23,3 % rechaza o cuestiona esa caracterización, y el 27 % permanece ambiguo. Vista de esa manera, la narrativa gubernamental parece ocupar casi la mitad de la conversación.
Sin embargo, al eliminar las repeticiones, su peso cae del 49,6 % al 26,1 %: pierde 23,5 puntos porcentuales. La conclusión es difícil de ignorar.
El discurso de amenaza no domina porque sea formulado de manera independiente por una mayoría de usuarios, sino porque existe un sistema de amplificación gubernamental y partidista que multiplica la agenda de Marco Rubio a través de declaraciones oficiales, congresistas aliados, medios afines, cuentas políticas y redes de reproducción coordinada.
Ese circuito consigue que unas pocas formulaciones alcancen una presencia desproporcionada en la conversación pública y que el volumen aparente del mensaje sea muy superior a la diversidad real de opiniones que lo respaldan.
Sin embargo, cuando se eliminan las repeticiones y se observan únicamente los mensajes originales o las formulaciones distintas, se comprueba que esa narrativa no es acompañada mayoritariamente por las audiencias estadounidenses. La maquinaria de amplificación logra imponer el tema y aumentar su visibilidad, pero no consigue convertirlo en una convicción social ampliamente compartida.

La cuota de la afirmación de amenaza se multiplica por 1,9 cuando se pasa de las formulaciones únicas al volumen total. En cambio, las posiciones críticas y ambiguas pierden visibilidad: su diversidad real es mayor que su peso aparente en la conversación.

El volumen de publicaciones no es sinónimo de opinión pública. Mide circulación y capacidad de amplificación. Puede mostrar qué discurso dispone de más altavoces, pero no cuántas personas han llegado de forma independiente a la misma conclusión.
En este caso, la diferencia entre ambas métricas permite observar la arquitectura de la difusión. Declaraciones de Rubio, mensajes de congresistas de Florida, titulares de medios afines y cuentas políticas con gran capacidad de reproducción alimentan cascadas de contenido. Una misma frase puede aparecer centenares o miles de veces sin representar centenares o miles de razonamientos distintos.
¿Qué argumentos sí convencen al 26,1 %?
Entre las formulaciones originales que consideran a Cuba una amenaza aparecen cuatro argumentos principales.
1. Cuba como plataforma de Rusia y China
El argumento más frecuente no atribuye a Cuba una capacidad militar autónoma para atacar Estados Unidos. La presenta como una plataforma territorial utilizada por potencias rivales para actividades de inteligencia, escucha de señales o eventual despliegue de capacidades militares. La amenaza cubana se deriva, por tanto, de sus alianzas.
2. La proximidad geográfica
La expresión «a 90 millas» que repite Marco Rubio intenta funcionar como una prueba en sí misma. La cercanía sustituye con frecuencia la explicación de una capacidad operacional concreta. El mensaje implícito es que cualquier vínculo militar o tecnológico entre Cuba y un adversario de Washington se vuelve intolerable por su localización geográfica.
3. Los antecedentes de espionaje
Los casos de Ana Belén Montes y Manuel Rocha se utilizan para construir una continuidad entre operaciones de inteligencia documentadas y la afirmación más amplia de que Cuba dirige una red permanente capaz de penetrar las instituciones estadounidenses. El salto discursivo consiste en trasladar responsabilidades individuales a una capacidad general, actual y omnipresente, que es totalmente falsa e ignora deliberadamente que Cuba ha tenido que defenderse durante décadas de acciones terroristas de Estados Unidos. Y jamás ha agredido a ese país.
4. La protesta en EEUU como operación extranjera
La actualización más reciente del relato presenta protestas anti-ICE, movimientos propalestinos y organizaciones de izquierda como piezas de una red financiada o coordinada desde el exterior. Este marco permite desplazar el debate: el descontento deja de interpretarse como fenómeno social estadounidense y pasa a ser descrito como infiltración cubana.
Fuera de estos núcleos, el material ofrece muy poca evidencia de que la audiencia imagine a Cuba como una potencia con capacidad propia para provocar un daño militar significativo a Estados Unidos. La amenaza es predominantemente relacional: Cuba sería peligrosa porque alberga, facilita, conecta o inspira, según el discurso del Secretario de Estado.
Las voces que cuestionan a Rubio
El rechazo no procede únicamente de ciudadanos comunes en Estados Unidos o de organizaciones de solidaridad. Después de la entrevista del Secretario de Estado a Fox han aparecido fuertes críticas entre figuras públicas estadounidenses, antiguos funcionarios y sectores amplios de las audiencias digitales.
El exasesor adjunto de Seguridad Nacional de Barack Obama, Ben Rhodes, respondió directamente a la nueva narrativa: «Esto es simplemente una mentira y Rubio lo sabe». Rhodes ironizó además sobre la contradicción de presentar como una superpotencia a un país que ni siquiera puede mantener encendido su sistema eléctrico en medio de un bloqueo energético y financiero de Estados Unidos.
La observación apunta al principal problema de credibilidad gubernamental. La Administración Trump describe simultáneamente a Cuba como un Estado al borde del colapso y como una potencia capaz de dirigir desde La Habana una extensa red de espionaje, protesta e influencia continental.
Pete Buttigieg, ex Secretario de Transporte de Estados Unidos, en una entrevista difundida en varias plataformas afirmó sobre Rubio que «moralmente, y espero que políticamente, nunca se recuperará de haber vendido su alma». Esto muestra que una parte importante de la audiencia no recibe las afirmaciones de Rubio desde una posición de confianza, sino desde la sospecha de que adapta los hechos a las necesidades políticas de la Administración.
La conversación generada alrededor de ese video —que no constituye una encuesta ni puede tratarse como una muestra representativa— se concentró precisamente en la credibilidad, el oportunismo y la subordinación de Rubio a Trump. Ese contexto condiciona la recepción de sus afirmaciones sobre Cuba.
Las encuestas también muestran la distancia
Los resultados de la escucha social realizada por el Observatorio de Medios de Cubadebate coinciden con una encuesta nacional de YouGov realizada entre el 25 y el 27 de febrero de 2026 a 1.094 ciudadanos adultos estadounidenses.
Solo el 19 % consideró que Cuba representaba una amenaza inmediata y seria o una amenaza relativamente seria. El 65 % la definió como una amenaza menor o afirmó que no constituía ninguna amenaza.

El mismo estudio encontró que el 61 % aprueba la existencia de relaciones diplomáticas con Cuba; el 46 % desaprueba el bloqueo de los suministros de petróleo desde terceros países, frente a un 28 % que lo aprueba; y el 61 % se opone a un ataque militar estadounidense contra la Isla.
Otra investigación, publicada en mayo de 2026 por el Institute for Global Affairs, concluyó que una pluralidad del 47 % desaprueba las sanciones contra Cuba. También encontró que una amplia mayoría desea algún tipo de mejoría en las relaciones diplomáticas.
Conclusiones
A la pregunta «¿Creen los estadounidenses que Cuba es una amenaza?» no puede responderse contando retuits como si fueran ciudadanos ni titulares sindicados como si fueran opiniones independientes.
En el material analizado, solo el 26,1 % de las formulaciones originales sostiene con claridad la tesis gubernamental. El 35,3 % la rechaza o cuestiona y el 38,6 % no adopta una posición definida. En conjunto, el 73,9 % no expresa una convicción sólida de que Cuba constituya una amenaza.
Cuando se incluyen todas las repeticiones, la afirmación gubernamental asciende al 49,6 % del volumen. Esa diferencia de 23,5 puntos no demuestra que la opinión pública haya cambiado. Demuestra que el discurso oficial dispone de una mayor capacidad de reproducción.
La conclusión no es que todos los estadounidenses simpaticen con Cuba, apoyen a su Gobierno o rechacen cualquier preocupación de seguridad. La conclusión es más limitada y verificable: la mayoría de las voces diferenciadas no adopta por cuenta propia la caracterización extrema difundida por Rubio y la Administración Trump.
El Gobierno ha logrado imponer el tema y ocupar una parte sustancial del espacio informativo. Pero ocupar titulares no equivale a ganar la opinión. La narrativa de Cuba como amenaza es más visible que compartida, más repetida que razonada y más fuerte como dispositivo de amplificación que como convicción social autónoma.
Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate






















